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Mensaje  Aletta el Mar Sep 13, 2011 8:09 pm

Judaísmo


שְׁמַע יִשְׂרָאֵל, ה' אֱלֹהֵינוּ, ה' אֶחָד

“Oye, Israel, el señor es nuestro Dios, el señor es Uno”


Cae el sol, se cierras las puertas y se clausura toda entrada y salida que pueda quedar. Dentro de las verjas de hierro, a las que cubre la herrumbre del paso del tiempo, queda tan solo un laberintico entramado de estrechas calles. Cada esquina, cada rincón guarda un secreto, una historia, un momento que sólo queda grabado en las mentes de aquellos que allí habitan. Los Judíos.



Cuenta la historia que Yahvé, Dios de los judíos, habló a Abraham. Yahvé tenía un destino para él: sería el padre de un pueblo tan numeroso como las estrellas. Debía abandonar todo cuanto conocía o le pertenecía y dirigirse hacia la tierra prometida de Canaán, una tierra buena y amplia, una tierra en la que fluiría la leche y la miel. Prometió darle no sólo la tierra, sino también su Ley y su Palabra. Y así partió Ambraham de Ur, su ciudad, acompañado tan solo por su mujer, Saray, y por su sobrino Lot, y se dirigió al lugar que Yahvé le había mostrado. Allí asentó su pueblo y tuvo descendencia.

Pero no todo lo que aconteció a su estirpe fue dicha en la tierra prometida, pues la propia Canaán se vio asolada por grandes sequías y hambrunas. Los hijos de Abraham se vieron obligados a guiar a sus familias hasta un nuevo lugar, el delta del Nilo. Allí los elegidos prosperaron de nuevo. Pero el faraón de Egipto no vio con buenos ojos que un pueblo creciera ajeno a la cultura del dios sol, por lo que les sometió y convirtió en esclavos. Durante siglos el pueblo judío sufrió a manos de los tiránicos faraones, mas Yahvé eligió a Moisés y le dio los medios para liberarse, guiándolo a través de las mortales tierras del desierto. Bajo la guía de Dios, Moisés abrió las aguas y atravesó el Mar rojo. Después de esta dura prueba de Fe, Yahvé ungió a Moisés como líder y le entregó los 10 mandamientos y las 613 leyes para regir las vidas del pueblo elegido.

Descendientes de Moisés fueron los reyes de Israel, David y Salomón, tan importantes que sus nombres colmaron de ecos la historia de la humanidad. El famoso Templo erigido por Salomón aún perdura en las lejanas tierras de Jerusalén. De la misma línea de sangre desciende el profeta Jesús, hijo de José y María. Se dice que es de la misma sangre de la que descenderá el verdadero Mesías, aquel que mantendrá las naciones bajo una gobernación perfecta. Aquel a quien los judíos esperan y aguardan.

Pero aunque el reino de Israel creció mientras reyes justos se sentaron en el trono, con la llegada del cristianismo los judíos se vieron envueltos en graves problemas y constantes revueltas. Entre sus propias gentes la falta de Fe en la llegada de un nuevo profeta dividía a los israelitas, quitándoles aquello que les había permitido vencer todas las dificultades hasta entonces. Los romanos, que entonces regían las tierras de Jerusalén, aprovecharon la situación y enfrentaron a judíos y cristianos, dos corrientes de pensamiento que partían de un punto, que eran hermanas. Como buenos embaucadores, los romanos consiguieron su propósito y destruyeron todo vestigio judío de la ciudad sagrada de Jerusalén. Y los judíos fueron expulsados de la tierra que les pertenecía, que Yahvé les había otorgado.

Y así es como el pueblo israelita se vio obligado a esparcirse por el mundo. Un mundo que siempre les fue hostil y que en numerosas ocasiones les cerró sus puertas. Tratados de usureros y herejes, han conseguido sobrevivir e incluso asentarse y formar comunidades por todo el mundo conocido. Han demostrado su fuerza y su utilidad como consejeros. Se han vuelto un pueblo hermético y celoso de sus costumbres. Supervivientes y misteriosos, odiados por todos, los judíos, el pueblo que Yahvé eligió y marcó desde el inició de los tiempos.


Última edición por Aletta el Mar Sep 13, 2011 8:54 pm, editado 2 veces

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Mensaje  Aletta el Mar Sep 13, 2011 8:10 pm

Cristianismo

dicit ei Iesus ego sum via et veritas et vita nemo venit ad Patrem nisi per me

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.”

Durante siglos los judíos aguardaron la llegada del Mesías, descendiente de la sangre de Abrahán, Judá y David, aquel que debía portar la palabra de Dios, “el Ungido” que se alzaría sobre el pueblo de Israel y todas las naciones en una gobernación perfecta. Y en la época que el pueblo judío más lo necesitaba, cuando se hallaban bajo el cruel yugo romano, llegó él, Cristo.

Jesús llegó a las tierras de Israel con un mensaje de esperanza, desgraciadamente no el que los judíos querían oír. Ellos querían liberar a su pueblo y terminar con sus enemigos, mas Jesús decía: “pon la otra mejilla”; ellos querían un líder que hablase de tácticas de guerra, maneras de hacer política, pero Cristo decía: “ama a tu prójimo como a ti mismo”; los judíos quería revelarse contra la autoridad del César, y el Elegido decía: “ dadle al César lo que es del César, y dadle a Dios lo que es de Dios”; y cuando la ley era aplicada con total severidad, él decía “el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra” Su mensaje era de paz y amor. Una luz entre la crueldad de las duras tierras de Israel.



Jesús fue un judío nacido en Belén, concebido por obra Gracia del Espíritu Santo, pues aun siendo virgen, María trajo al mundo al “Elegido”. Su nacimiento fue anunciado por el arcángel Gabriel, y guardado de la vista de Herodes, que intentó acabar en el Mesías que había sido anunciado. De los primeros treinta años de la vida de Jesús poco a nada se conoce. Mas fue a los treinta cuando Cristo se bautizó en las aguas del río Jordán y a partir de ahí predicó la palabra del Dios y realizó grandes proezas y milagros. Junto a él, sus doce apóstoles le acompañaron en sus pasos y predicaron su fe, extendiéndola rápidamente por el pueblo de Israel.

Pero romanos y judíos no escucharon con atención el mensaje que traía consigo el Mesías y le acusaron de llamarse a sí mismo Dios, rey y atentar contra la autoridad del César. Llevar ante la justicia a Jesús no hubiera sido posible si uno de sus más cercanos aliados no lo hubiera traicionado. Judas traicionó y vendió al Hijo de Dios por treinta monedas de plata. Cristo fue apresado y ordenada su muerte mediante crucifixión. Él aceptó su destino y sacrificó su vida para perdonar los pecados que había cometido la humanidad. Pues rezan los textos sagrados que “Dios no envió a su hijo al mundo para que lo juzgara, sino para que el mundo se salvara por medio de él”. El Hijo ya había cumplido su misión, la palabra de Dios había sido escuchada. Tres días después de su muerte resucitó y ahora se encuentra sentado a la derecha del Señor.

Se había prendido una llama, y los apóstoles se encargaron de avivarla y llevar la palabra de Dios por el mundo. Pronto la fe de Cristo se extendió. Egipto, Italia y Grecia tuvieron fuertes comunidades cristianas. Los primeros cristianos fueron unos mártires, sometidos a las burlas y discriminaciones, sus vidas corrían constante peligro, los emperadores romanos se divirtieron entregando a los leones los fieles del Señor. Y aun con todo, su fe era inamovible y crecía cada día en seguidores, pues el Señor era misericordioso y todos eran iguales.

Pero el terrible destino que corrían los cristianos cambió de forma radical, cuando el emperador romano Constantino I, el Grande, tuvo un sueño antes de una importante batalla, en el que sólo si portaba el símbolo de Cristo como estandarte podía ganar. El Señor guió sus pasos durante la batalla y Constantino salió victorioso. Desde ese momento la religión Cristiana quedó completamente asentada y legalizada dentro de las fronteras del Imperio romano. Ese fue el punto de inflexión que cambió por completo a la comunidad cristiana, comenzaron a celebrase concilios y transcribirse las enseñanzas de Jesús y su vida, dando lugar a la Biblia.

Mas hubo tensiones y diferencias entre los miembros cristianos y finalmente la iglesia se fracturó entre católicos y ortodoxos, teniendo los católicos su centro de poder en Roma y los ortodoxos en Bizancio. Aun cuando estos fueron los desacuerdos más relevantes, es cierto que hubo pequeños grupos que profesaban una fe herética en el Señor, como los arrianos, que no reconocían en Cristo la figura de Dios. Aunque los arrianos cobraron fuerza en lugares como la Península Ibérica terminaron por ser sofocados, estableciendo la Iglesia católica de Roma una hegemonía en occidente.

Cuando la Iglesia comenzaba a tomar forma, fuerza y poder, aparecieron los musulmanes, alzándose con una nueva doctrina religiosa, que procesaba su devoción a un único dios y proclamaba a un nuevo profeta, Mahoma. Esta fe se extendió por todo el norte de África, y sus seguidores conquistaron en pocos años toda la Península Ibérica, expulsando a los visigodos que la habían habitado en los últimos siglos. Sólo pequeñas comunidades de cristianos convivieron en territorio musulmán conservando su religión, su lengua y sus leyes, aunque su situación llevaba aparejada grandes desventajas. Fueron los llamados mozárabes. Y sólo en las zonas montañosas de Asturias, que para los recién llegados árabes carecían de todo interés, un grupo de rebeldes se mantenía insumiso. Sin embargo, con los años y gracias a las influencias cristianas de más allá de los Pirineos, pronto los focos cristianos del norte se extendieron a la Marca Hispánica, y aquellos que se consideraban a sí mismos los herederos de los godos y, por tanto, legítimos poseedores de la tierra, comenzaron la llamada Reconquista.

Una por una comenzaron a caer las ciudades del norte de la Meseta de nuevo en manos cristianas, pasando a formar parte de los reinos recién formados de Navarra, León, Aragón y, más tarde, Castilla. En 1085, el rey de Castilla Alfonso VI conquistó la taifa de Toledo a los musulmanes. Y tal y como habían hecho los árabes, los reyes castellanos fueron benévolos, les permitieron profesar su fe en tierras cristianas, solo pidiendo de pago un tributo a la corona. Durante los últimos años la presencia islámica se ha visto muy afectada: Fernando III el Santo conquistó el reino de Sevilla, llevando de nuevo la palabra de Dios a sus territorios. La tensión entre estas dos culturas queda patente en casi todos los lugares de los reinos cristianos.

Pero alejados del conflicto peninsular, los cristianos también tomaron armas contra los moros en las conocidas cruzadas. Los musulmanes mancillaban los santos lugares de Jerusalén y la tierra sagrada de Israel. La Iglesia de Roma ya tenía un poder suficiente como para pugnar por recuperarlos. Y durante cuatro grandes campañas lucharon por la tierra en la que nació Jesús, mas sólo obtuvieron Jerusalén por cortos periodos de tiempo. Finalmente, la perdieron, pero conservan la esperanza de poder recuperarla, pues allí nació Cristo y el Señor guía sus pasos.

El Cristianismo es ahora más fuerte que nunca, toda Europa profesa su fe, los reyes se alzan nombrados por Dios. Sus luchas y consignas solo son dirigidas al único, al Creador. Dios protege a los cristianos y le aleja del mal camino y la herejía.



Última edición por Aletta el Mar Sep 13, 2011 8:12 pm, editado 1 vez

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Mensaje  Aletta el Mar Sep 13, 2011 8:11 pm

Islam

اشهد أَنَّ لا إله إلا ألله وأَن محمدا رسول الله

“Doy fe de que no hay más divinidad que Dios y Mahoma es el mensajero de Dios.”

En el inicio de los tiempos Dios dio forma al universo, trajo la luz y creó vida, y concibió al ser humano, que sería a su imagen y semejanza. De la misma fuente, nafs in wahidatin, surgieron el hombre y la mujer. Él, Insan, era la fuerza, cuerpo, mente y semilla. Ella, Hawwa, el recipiente y el alma. Por ello ambos se complementaban, la existencia de uno era real junto al otro. Insan debía guardar y proteger a su alma, al igual que ella debía pertenecer y complementar la mente y el cuerpo que la custodiaban.


Dios, el Único, Misericordioso, el Compasivo, Yavhé, Alá. Un único Dios de 99 nombres, omnipotente y omnipresente. Desde el inicio de los tiempo, Dios habló a Noé y le guió por el camino al que el Todopoderoso le había destinado. Tras él fueron Abraham, Moisés y Jesús, a todos ellos les otorgó su palabra, ayudó a cumplir con sus enseñanzas y guiar a su pueblo y nación. Por último se dirigió a Mahoma, aquel que debía transmitir la palabra de Dios al Mundo entero.

Mahoma nació en la Meca y creció huérfano, fue un hombre piadoso y justo, pero nada en él destacó hasta que un día, en la caverna de Hira, se apareció ante él un arcángel, Gabriel. Mahoma no respondió al llamado de Dios por tres veces, por lo que el enviado del Señor le tomó por la garganta y le obligó a recitar el mensaje que Alá le había mostrado. Gabriel permaneció a su lado durante más de veinte años, hasta el momento de su muerte, el Profeta aprendió a recitar al completo las sagradas palabras, de lo que posteriormente sería recopilado en el Corán. Mahoma, al igual que sus primeros seguidores, memorizó al completo la palabra de Dios y la transmitió en la Meca, donde pronto ganó apoyos, al igual que grandes enemigos.

Los árabes, que poblaban la Meca y que creía en falsos dioses, expulsaron a Mahoma y los suyos hacia mortales desiertos de Arabia. Mahoma juró recuperar su ciudad, la urbe que albergaba entre sus muros la Kaaba, el templo más antiguo y sagrado de la humanidad. Desterrados, él y sus seguidores caminaron hasta Medina, ciudad que les dio cobijo y que comprendió la verdadera fe que encerraban las palabras del Profeta. Los musulmanes se vieron obligados a tomar las armas para recuperar la Meca, y gracias al apoyo de Medina, la fuerza de los fieles que día a día se unían a sus filas y palabra de Dios, Mahoma y los suyos recuperaron la Meca, y devolvieron su esencia original a la Kaaba. El lugar sagrado que había sido profanado por falsas creencias. Tras esto comenzó un expansión que pronto superó las barreras de la península de Arabia.

El profeta murió poco después de recuperar la Meca, al no tener un hijo varón, la población se dividió. Los llamados Suníes pedían una sucesión electiva, por lo que pedían poder escoger a aquel que regiría los destinos de su recién creada nación. Por otro lado aparecieron los Chiitas que abogaban por la sangre del profeta, pues este había muerto sin varón alguno, mas su hija, Fátima, estaba casada y ya era madre de dos pequeños, Hasán y Husein. Todo ello desencadenó un gran número de luchas internas, mas ninguna de estas luchas logró minar el apoyo creciente que recibían los elegidos de Dios.

Pronto el Islam se convirtió en un imperio, una llama que ya nadie podría sofocar. Se expandieron abarcando en sus fronteras todo el norte de África, Persia, Turquía, Al-Andalus... Un vasto imperio que mantiene su época dorada desde el S. VIII. Pero su crecimiento no sólo habla de territorios, sino de un florecimiento de las ciencias, la literatura, el arte, la tecnología y la industria. Con la consigna de “La tinta de los científicos vale tanto como la sangre de los mártires” el conocimiento ha tomado un lugar muy relevante en la sociedad islámica.

El Imperio llego a su culmen con la conquista de las tierras de la península Ibérica, lugar que los musulmanes han tomado bajo su dominio por casi cinco siglos. Trasladaron su saber y cultura, respetaron a los cristianos que ya habitaban esas tierras y pronto, quizás demasiado pronto, se envueltos en una ardua batalla para mantener el gobierno sobre las bellas tierra hispánicas. Los fieros y barbaros reyes cristianos, portadores de sangre goda, se sublevaron, comenzando así la llamada reconquista.

Con largos periodos de estabilidad y grandes batallas, el territorio árabe ha quedado reducido a los reino nazarí de granada. Tras la conquista de Híspalis (Sevilla) hace tan solo seis años, los nazaríes se ven obligados a pagar un tributo que le permite mantener la paz y seguir viviendo en su querida Al- Ándalus. Están divididos, los que buscan la paz y vivir en comunión con los cristianos y aquellos que quieren seguir luchando por las tierras peninsulares.

Salidos de los desiertos, fuertes y fieros han hecho de la ciencia y la sabiduría su guía. Mahoma les dio la palabra de Dios, les mostró el camino que debían seguir, extender su fe al mundo entero, es su misión.

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