Capítulo de Jon "A Dance With Dragons"

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Capítulo de Jon "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:18 am

Y aquí tenéis el capítulo de Jon, que probablemente será el primer capítulo de este personaje del libro "Danza de Dragones". Se lo regalaréis a vuestros hijos cuando se casen, a este ritmo. En inglés, porque para entonces ya estaréis tan hartos que lo habréis aprendido. Y a los nietos les regalaréis la traducción al castellano.

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La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Re: Capítulo de Jon "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:19 am

Jon

Un lobo blanco avanzaba por un bosque negro, bajo un acantilado alto como el cielo. La luna corría con él, escondiéndose entre una maraña de ramas desnudas a lo alto, a través del cielo estrellado.

—Nieve —susurró la luna.

El lobo no respondió. La nieve crujía bajo sus pezuñas, el viento susurraba entre los árboles. Y a lo lejos podía oír a sus compañeros de camada llamándolo, de igual a igual.

También estaban cazando. Una lluvia salvaje caía sobre su hermano negro mientras desgarraba la carne de un macho cabrío enorme, lavándole la sangre del costado, donde el largo cuerno del macho lo había herido. En otro lugar, su hermana pequeña levantaba la cabeza aullando a la luna y un millar de primos grises y pequeños detenían su caza para aullar con ella. Las colinas allí eran más cálidas y llenas de ganado. A menudo la manada de su hermana se atiborraba con la carne de ovejas y vacas y caballos, las presas del hombre, y a veces hasta con la carne del propio hombre.

—Nieve—insistió la luna.

El lobo blanco siguió un camino abierto por el hombre bajo el acantilado de hielo. Tenía en la boca sabor a sangre, hueso y tendón, y en sus orejas sonaba la canción de un centenar de primos, pero había perdido a su otro hermano, el de pelaje gris y olor a verano. Al principio eran seis, cinco gimoteando ciegos en la nieve junto al cadáver de la madre y él solo, el albino, gateando hacia los árboles sobre piernas temblorosas mientras sus hermanos de camada mamaban leche fría de los pezones endurecidos por la muerte. . Ahora sólo quedaban cuatro de los seis nacidos ese día, y uno de ellos estaba perdido.

—Nieve—insistió la luna.

El lobo blanco huyó de ella, una flecha blanca volando más allá del hielo, corriendo hacia la caverna de noche donde el sol se había escondido, el aliento congelándose en el aire. En las noches sin estrellas el enorme acantilado era negro como la piedra, una alta torre de oscuridad a lo alto del ancho mundo, pero cuando salía la luna relucía pálido y helado como un arroyo helado. El pelaje del lobo era espeso y enmarañado, pero cuando el viento soplaba desde el hielo no había piel que pudiese alejar el frío. Y el lobo sentía que en el otro lado el viento era aún más frío. Allí estaba su hermano, el hermano gris que olía a verano.

—Nieve—un carámbano cayó de una rama. El lobo blanco se giró hacia el sonido y le enseñó los dientes.

—¡Nieve!

El pelaje se le erizó cuando el bosque se disolvió a su alrededor.

—Nieve nieve nieve.

Los gritos iban acompañados por un batir de alas. Un cuervo voló a través de la penumbra.

Se posó en el pecho de Jon con un chirrido de sus garras.

—¡Nieve!—le gritó en la cara, batiendo las alas.

—Ya te he oído.

La habitación estaba en penumbra, el jergón duro. Una luz grisácea se filtraba por los postigos con la promesa de otro lóbrego día frío. En los sueños de lobo siempre era de noche.

—¿Así es como despertabas a Mormont? Quítame las plumas de la cara.

Jon sacó un brazo de debajo de las mantas para espantar al cuervo. Era un pájaro grande, viejo, osado y desaliñado que ya no le tenía miedo.

—Nieve—graznó, aleteando hacia el poste de la cama—. Nieve, nieve.

Jon le lanzó una almohada, pero el cuervo se puso a volar. La almohada chocó contra la pared y se reventó, esparciendo el relleno por todas partes justo cuando Edd el Penas asomaba la cabeza por la puerta.

—Con permiso—dijo el mayordomo, ignorando el aleteo de las plumas—, ¿desea mi señor que le traiga algo para desayunar?

—Maíz—graznó el cuervo—. Maíz, maíz.

—Cuervo asado—sugirió Jon—. Y media pinta de cerveza.

—Tres de maíz y un cuervo asado—dijo Edd—. Muy bien, mi señor, sólo que esta mañana Hobb ha preparado huevos hervidos, morcilla y manzanas rellenas con ciruelas. Las manzanas rellenas con ciruelas son excelentes, excepto por las ciruelas. Yo nunca como ciruelas. Bueno, hubo una vez en que Hobb las picó con nueces y zanahorias y las escondió en una gallina. Nunca confiéis en un cocinero, mi señor. Os ciruelarán cuando menos lo esperéis.

—Luego.—El desayuno podía esperar; Stannis no.— ¿Algún problema en los calabozos esta noche?

—No desde que pusisteis guardias a los guardias, mi señor.

—Bien.

Habían situado a un millar de salvajes más allá del Muro, los prisioneros que Stannis Baratheon había tomado cuando sus caballeros aplastaron a la hueste de Mance Ryder. Muchos de los prisiones eran mujeres, y algunos de los guardas habían estado sacándolas a hurtadillas para que les calentasen el lecho. Hombres del rey, hombres de la reina, no importaba la diferencia; algunos hermanos negros habían intentado lo mismo. Los hombres eran hombres, y ésas eran las únicas mujeres en un millar de leguas.

—Dos salvajes más han venido para rendirse —siguió Edd—. Una madre con una niña subida a sus faldas. También llevaba un niño envuelto en pieles, pero estaba muerto.

—Muerto—dijo el cuervo del Viejo Oso. Era una de sus palabras preferidas.— Muerto, muerto, muerto.

Casi cada noche venía gente del pueblo libre, criaturas hambrientas y medio heladas que habían huido del combate bajo el Muro sólo para darse cuenta de que no tenían lugar al que huir.

—¿Se interrogó a la madre? —preguntó Jon. Stannis Baratheon había esparcido la hueste de Mance Rayder en trozos y capturado al Rey-más-allá-del-Muro... pero los salvajes aún estaban ahí fuera, el Llorón y Tormund Matagigantes y miles más.

—Sí, mi señor —dijo Edd—, pero todo lo que sabe es que huyó durante la batalla y que luego se escondió en los bosques. La llenamos de gachas y la enviamos a los corrales, y quemamos al crío.

Quemar niños muertos había dejado de preocupar a Jon Nieve; los vivos eran otro tema. Dos reyes para levantar al dragón, recordó. Primero el padre y luego el hijo, así ambos morirían siendo reyes. Uno de los hombres de la reina había murmurado esas palabras mientras el Maestre Aemon le limpiaba las heridas tras la batalla. Jon se había horrorizado cuando se las repitieron.

—Era la fiebre hablando por él—dijo, pero el Maestreo Aemon objetó.

—Hay poder en la sangre de un rey, Jon—le avisó—, y hombres mejores que Stannis han hecho cosas peores.

Puede que el rey fuese duro e incapaz de perdonar, sí, pero ¿un bebé que aún mamaba? Sólo un monstruo arrojaría a un niño vivo a las llamas.

Meó en la oscuridad, llenando la escudilla mientras el cuervo del Viejo Oso mascullaba quejas. Los sueños de lobo se habían vuelto más fuertes, y Jon se encontraba recordándolos incluso despierto. Fantasma sabía que Viento Gris estaba muerto. Robb había muerto en Los Gemelos, traicionado por hombres a los que consideraba amigos, y Viento Gris había muerto con él. Bran y Rickon también habían sido asesinados, decapitados por ese cambiacapas de Theon Greyjoy... pero si los sueños no mentían, sus lobos huargo habían escapado. En Cruce de la Reina, uno había salido de la oscuridad y le había salvado la vida a Jon. Verano, debía de ser. Su pelaje es gris, y el de Peludo es negro. Se preguntó si alguna parte de sus hermanos muertos viviría aún en sus lobos.

Jon llenó la pila con el jarrón de agua que había junto a la cama, se lavó la cara y las manos, se puso un conjunto de prendas de lana negras, se abrochó un chaleco negro y se puso un par de botas de buena calidad. El cuervo de Mormont miraba con ojos negros y atentos, luego revoloteó hasta la ventada.

—¿Te crees que soy tu esclavo?—le preguntó Jon.

Cuando abrió la ventana, con los gruesos paneles de cristal amarillo en forma de diamantes, el frío de la mañana le golpeó en la cara. Respiró hondo para quitarse las telarañas de la noche mientras el cuervo aleteaba. El pájaro es demasiado listo. Había sido el compañero del Viejo Oso durante muchos años, pero eso no le había impedido comerse la cara de Mormont cuando murió.

Fuera de su dormitorio un tramo de escalones descendía a una habitación mayor amueblada con madera de pino marcada y una docena de sillas de roble y cuero. Con Stannis en la Torre del Rey y la Torre del Comandante quemada hasta los cimientos, Jon se había establecido en las modestas habitaciones de Donal Noye tras la armería.

El pergamino que el rey le había traído para que lo firmase estaba en la mesa bajo una copa de plata que había pertenecido a Donal Noye. El herrero de un solo brazo había dejado pocos efectos personales: la copa, seis peniques y una estrella de cobre, un broche de níquel con el cierre roto y un brocado con el venado de Bastión de Tormentas que olía a humedad. Sus herramientas habían sido su tesoro, y las espadas y cuchillos que hizo. Su vida estaba en la forja. Jon apartó la copa y leyó el pergamino de nuevo. Si pongo mi sello en él, siempre seré recordado como el Lord Comandante que entregó el Muro, pensó, pero si me niego...

Stannis Barathen se estaba convirtiendo en un huésped irritable, y además incansable. Había cabalgado por el Camino Real al menos hasta Corona de la Reina, merodeado por los cobertizos vacíos de Mole's Town, inspeccionado los castillos en ruinas de Puerta de la Reina y Escudo de Roble. Cada noche caminaba por lo alto del Muro con Lady Melisandre, y durante el día visitaba los calabozos escogiendo prisioneros para que la mujer roja los interrogase. No le gusta que le desafíen. No va a ser una mañana agradable, se temía Jon.

De la armería llegaba el estruendo de escudos y espadas mientras los últimos chavales y reclutas novatos se armaban. Podía oír la voz de Férreo Emmet diciéndoles que se diesen prisa. A Cotter Pyke no le había gustado perderlo, pero el joven explorador tenía un don para entrenar hombres. Le encanta luchar, y hará que a esos chavales también les encante. O eso esperaba.

La capa de Jon colgaba de una clavija en la puerta, el cinturón de la espada de otra. Se abrochó las dos y salió de la armería. Vio que la alfombrilla sobre la que dormía Fantasma estaba vacía. Dos guardias permanecían junto a las puertas con capas negras, yelmos de hierro y lanzas en las manos.

—¿Desea mi señor una escolta? —preguntó Garse.

—Creo que puedo encontrar la Torre del Rey yo solo.

Jon odiaba tener guardias siguiéndolo dondequiera que fuese. Lo hacía sentir como una madre pato dirigiendo una procesión de patitos.

Los chavales de Férreo Emmet se estaban entrenando cuando Jon salió, espadas romas golpeando escudos y repicando unas contra otras. Jon se detuvo para contemplar un momento mientras Caballo hacía retroceder a Brincos Robin hacía el pozo. Caballo tenía las maneras de un buen guerrero, decidió. Era fuerte y se estaba volviendo más fuerte aún, y tenía el instinto afinado. Brincos Robin era otro tema. Su juego de pies ya era lo bastante malo, pero además tenía miedo de ser golpeado. Tal vez podamos convertirlo en un mayordomo. La batalla acabó de golpe, con Brincos Robin en el suelo.

—Buen combate—le dijo Jon a Caballo—, pero bajas demasiado el escudo cuando atacas. Más vale que lo corrijas, o hará que te maten.

—Sí, mi señor. Lo mantendré en alto la próxima vez.

Caballo levantó a Brincos Robin y el muchacho hizo una tosca reverencia.

Unos cuantos caballeros de Stannis también se estaban entrenando al otro lado del campo. Hombres del rey a un lado y hombres de la reina al otro, se dio cuenta Jon, pero sólo unos pocos. Hace demasiado frío para la mayoría de ellos. Mientras Jon pasaba a su lado, una voz potente gritó tras él.

—¡Muchacho! ¡Tú, ese de ahí! ¡Muchacho!

Muchacho no era lo peor que le habían dicho desde que fue elegido Lord Comandante. Lo ignoró.

—Nieve—insistió la voz—, Lord Comandante.

Esta vez se detuvo y se giró.

—¿Ser?

El caballero le sacaba seis pulgadas [NdT: unos 15 cm].

—Un hombre que lleva acero valyriano debería usarlo para algo más que rascarse el culo.

Jon había visto a éste por el castillo: un caballero de gran renombre, según él mismo contaba. Durante la batalla bajo el Muro, Ser Godry Farring había matado a un gigante que huía, corriendo tras él a caballo y clavándole la lanza por la espalda, luego desmontando para cortar la cabeza lastimosamente pequeña de la criatura. Los hombres de la reina habían empezado a llamarlo Godry el Matagigantes. Cada vez que lo oía, Jon recordaba a Ygrittete, gritando: “Soy el último de los gigantes”.

—Uso Garra cuando tengo que hacerlo, ser.

—¿Cómo de bien, sin embargo? —Ser Godry desenvainó su propia espada.— Enséñamelo. Prometo no herirte, muchacho.

Qué amable por tu parte, pensó Jon.

—Tal vez en otro momento. Me temo que debo atender otros asuntos ahora.

—Teméis. Eso lo veo. —Ser Godry miró a sus amigos sonriendo burlonamente—Se teme—repitió, para los más lentos.

—Si me excusáis —Jon le dio la espalda.

El Castillo Negro parecía un lugar lóbrego e inhóspito bajo la pálida luz del alba. Mi dominio, reflexionó tristemente Jon Nieve, tanto una ruina como una fortaleza. La Torre del Lord Comandante era un armazón, la Sala Común una pila de vigas ennegrecidas y la Torre de Hardin parecía a punto de ser derrumbada por la próxima ráfaga de viento... aunque lo había parecido durante muchos años. Tras ellas el Muro se elevaba enorme y pálido. Incluso a esta hora estaba atestado de hombres, constructores elevando una nueva escalera para unirla a lo que quedaba de la anterior. Othell Yarwyck había dado prioridad absoluta a la tarea, y trabajaban del alba al anochecer. Sin la escalera no había forma de alcanzar lo alto del Muro salvo por el cabestrante, y no serviría si los salvajes atacaban de nuevo.

Por encima de la Torre del Rey, el gran estandarte dorado de batalla de la Casa Baratheon ondeaba como un látigo sobre el tejado donde Jon Nieve había merodeado con un arco en la mano no hacía demasiado, matando thennos y gente del pueblo libre junto a Seda y Deaf Dick Follard. Dos hombres de la reina permanecían temblando en los escalones, las manos metidas en las pecheras y las lanzas apoyadas sobre las puertas.

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Re: Capítulo de Jon "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:21 am

—Esos guantes de ropa no os servirán—les dijo Jon—. Acudid a Bowen Marsh por la mañana y os dará a cada uno un par de guantes de cuero revestidos de piel.

—Lo haremos, mi señor, y gracias—dijo el mayor de los guardias.

—Eso si nuestras malditas manos no están congeladas—añadió el joven, su aliento una nube pálida—. Solía creer que hacía frío en las Marcas Dornianas. ¿Qué sabía yo?

Nada, pensó Jon, igual que yo.

A medio camino de los escalones encontró a Samwell Tarly, cabizbajo.

—¿Vienes de ver al Rey? —le preguntó Jon.

—El Maestre Aemon me envió con una carta—asintió Sam.

—Ya veo. —Algunos señores confiaban en sus maestres para leer las cartas y transmitirles las noticias, pero Stannis insistía en romper los sellos él mismo.— ¿Cómo se lo ha tomado Stannis?

—No estaba contento, por su cara. —Sam redujo la voz hasta un susurro.— Se supone que no debo hablar de ello.

—Entonces no lo hagas. —Jon se preguntó cuál de los hombres de su padre se habría negado a rendirle homenaje a Stannis esta vez. Se dio mucha prisa en hacer correr la voz cuando Karhold se declaró a su favor. —¿Cómo vais tú y tu arco?

—Encontré un buen libro sobre arquería—dijo el joven gordo—, pero hacerlo es más difícil. Me salen ampollas.

—Sigue con ello. Podríamos necesitar tu arco en el Muro si los Otros aparecen alguna noche oscura.

—Oh, espero que no—dijo Sam, estremeciéndose.

Jon encontró más guardias fuera del solar del rey.

—No se permiten armas en presencia de Su Majestad, mi señor—dijo su sargento—. Necesito que me deis esa espada. También vuestras dagas.

Jon sabía que no serviría de nada protestar. Les dio sus armas.

Dentro del solar el ambiente era más cálido. Lady Melisandre estaba sentada junto al fuego, su rubí brillando sobre la pálida piel de la garganta. Ygritte había sido besada por el fuego; la sacerdotisa roja era fuego, y su pelo sangre y llama. Stannis permanecía tras la basta mesa de piedra donde el Viejo Oso acostumbraba a sentarse para comer. Un mapa grande del norte pintado sobre un trozo de cuero arrugado cubría la mesa. Una vela de sebo sostenía una de sus puntas, un guantelete de acero la otra.

El rey vestía pantalones de montar de lana de cordero y un jubón acolchado, aunque de algún modo parecía tan rígido e incómodo como si llevase placas y cota de malla. Su piel era cuero pálido, su barba rasurada tan corta que parecía pintada. Todo lo que quedaba de su pelo negro era un flequillo sobre las sienes . En las manos tenía un pergamino con un sello roto de cera verde oscura.

Jon se arrodilló. El rey frunció el ceño ante él y arrugó el pergamino con ira.

—Alzaos. Decidme, ¿quién es Lyanna Mormont?

—Una de las hijas de Lady Maege. Señor. La más joven. La llamaron así por la hermana de mi padre.

—Para ganarse el favor de vuestro padre, no lo dudo. ¿Cuántos años tiene esa maldita criatura?

Jon tuvo que pensarlo unos instantes.

—Diez. O lo bastante cerca como para que no importe. ¿Puedo saber cómo os ha ofendido, Su Majestad?

Stannis leyó de la carta:

—“La Isla del oso no conoce a ningún rey salvo el Rey del Norte, cuyo nombre es Stark.” Una niña de diez años, decís, y presume de regañar a su legítimo rey. —Su barba tan rasurada parecía una sombra sobre sus mejillas.— Aseguraos de mantener esta corriente en silencio, Lord Nieve. Karhold está conmigo, eso es todo lo que la gente necesita saber. No quiero que vuestros hermanos intercambien cuentos sobre cómo esta niña me escupe.

—Como ordenéis, señor.

Maege Mormont había cabalgado al sur con Robb, Jon lo sabía. Su hija mayor también se había unido a la hueste del Joven Lobo. Incluso aunque ambas hubiesen muerto, sin embargo, Lady Maege tenía otras hijas, más jóvenes que Dacey pero mayores que Lyanna. No entendía por qué era la más joven de las Mormont quien escribía a Stannis, y parte de él no podía evitar plantearse si la respuesta de la niña hubiese sido diferente si la carta hubiese llevado el sello del lobo huargo en vez del venado coronado, y firmada por Jon Stark, Lord de Invernalia. Es demasiado tarde para esas dudas, se recordó a sí mismo. Hiciste tu elección.

—Se han enviado dos cuervos—se quejó amargamente el rey—, pero no obtenemos otra respuesta que silencio y desafío. Rendir homenaje es el deber de todo siervo leal debe para su rey. Pero los abanderados de vuestro padre me dan la espalda, salvo los Karstark. ¿Es Arnold Karstark el único hombre de honor en el norte?

Arnold Karstark era el tío del difunto Lord Rickard. Había sido nombrado castellano de Karhold cuando su sobrino y sus hijos fueron al sur con Robb, y había sido el primero en enviar un cuervo en respuesta a la petición de pleitesía de Stannis, declarando su alianza. Los Karstark no tenían otra opción, podía haber señalado Jon. Lord Rickard Karstark había traicionado al lobo huargo y derramado la sangre de los leones. El venado era la única esperanza de Karhold, y Stannis lo sabía tan bien como Jon.

—En tiempos tan confusos como éstos incluso los hombres de honor deben plantearse dónde está su deber. —le dijo al rey—. Su Majestad no es el único rey que pide obediencia.

—Decidme, Lord Nieve —dijo Lady Melisandre—, ¿dónde estaban esos otros reyes mientras los salvajes asediaban vuestro Muro?

—A un millar de leguas de aquí, y sordos a nuestra necesidad. No he olvidado eso. Ni lo haré. Pero los vasallos de mi padre tienen esposas e hijos que proteger, y un pueblo que morirá si se equivocan al escoger. Les pedís demasiado, señor. Dadles tiempo, y tendréis sus respuestas.

—¿Respuestas como ésta? —Stannis arrugó la carta de Lyanna en su puño.

—Hasta en el norte los hombre temen la ira de Tywin Lannister—dijo Jon—. Los Bolton también son un terrible enemigo. No es casualidad que dibujasen un hombre desollado en su estandarte. El norte cabalgó con Robb, sangró con él, murió por él. Han comido pena y muerte, y ahora llegáis vos a ofrecerles otro plato. ¿Los culpáis porque se echen atrás? Perdonadme, Alteza, pero algunos os mirarán y sólo verán otro maldito pretendiente.

—Si Su Majestad está condenado, vuestro reino también lo está —dijo Lady Melisandre—. Recordadlo, Lord Nieve. Es el único rey verdadero de Poniente quien se alza ante vos.

Jon convirtió su cara en una máscara.

—Como digáis, mi señora.

—Gastáis vuestras palabras como si cada una fuese un dragón dorado—resopló Stannis—. Me pregunto cuánto oro os queda.

—¿Oro? —Son ésos los dragones que la mujer roja pretende invocar? ¿Dragones de oro?—Los impuestos que recaudamos son en especies, Su Majestad. La Guardia es rica en nabos, pero pobre en monedas.

—Los nabos no contentarán a Salladhor Saan. Necesito oro o plata.

—Para eso necesitáis Puerto Blanco. La ciudad no puede compararse con Ciudadela o Desembarco del Rey, pero aun así es un puerto próspero. Lord Manderly es el más rico de los abanderados de mi padre.

—Lord-demasiado-gordo-para-montar-a-caballo.—La carta que Lord Wyman Manderly había enviado desde Puerto Blanco hablaba de su edad y su dolencia, y poco más. Stannis le había ordenado a Jon que tampoco hablase de eso.

—Tal vez al señor le apetecería como esposa una mujer salvaje —sugirió Lady Melisandre—. ¿Este hombre gordo está casado, Lord Nieve?

—Hace tiempo que su esposa murió. Lord Wyman tiene dos hijos adultos, y nietos por parte del mayor. Y está demasiado gordo para montar a caballo, treinta piedras al menos. [NdT: algo más de 190 kg] Val nunca lo tomará.

—Sólo por una vez podríais intentar darme una respuesta que me satisfaga, Lord Nieve—refunfuñó el rey.

—Espero que la verdad os satisfaga, señor. Vuestros hombres llaman a Val princesa, pero para el pueblo libre es sólo la hermana de la esposa muerta de su rey. Si la obligáis a casarse con un hombre que no le gusta probablemente le cortará la garganta en su noche de bodas, pero aunque acepte a su marido, eso no significa que los salvajes vayan a seguirle, o a vos. El único hombre que puede atarlos a vuestra causa es Mance Rayder.

—Eso ya lo sé—dijo Stannis con tristeza—. He pasado mucho rato hablando con ese hombre. Sabe mucho de nuestro verdadero enemigo, y hay fuerza en él, os lo aseguro. Aunque renunciase a su reinado, sin embargo, el hombre sigue siendo un perjuro. Si permito que un desertor viva, incitará a otros a desertar. No. Las leyes deben estar hechos de hierro, no de pudin. La vida de Mance Rayder está condenada por cada ley de los Siete Reinos.

—La ley termina en el Muro, Su Majestad. Podrías utilizar a Mance.

—Lo haré. Lo quemaré y mostraré al norte cómo trato a los cambiacapas y a los traidores. Tengo a otros hombres para dirigir a los salvajes. Y tengo al hijo de Rayder, no lo olvidéis. Cuando el padre muera, su cachorro será el Rey-más-allá-del-Muro.

—Su Majestad está en un error. —No sabes nada, Jon Nieve, solía decir Ygritte, pero había aprendido.—El bebé no es más príncipe que Val princesa. Uno no se convierte en Rey-más-allá-del-Muro porque su padre lo haya sido.

—Bien—dijo Stannis—, porque no voy a soportar otros reyes en Poniente. Ya basta de Rayder. ¿Has firmado la petición?

Y ahora llegaba. Jon cerró sus dedos quemados y los abrió de nuevo.

—No, Majestad. Pedís demasiado.

—¿Pedir? Os pedí que fueses Lord de Invernalia y Guardián del Norte. Os exijo esos castillos.

—Os hemos cedido el Fuerte de la Noche—dijo Jon Nieve.

—Ratas y ruinas. Es un regalo de pordiosero que no le cuesta nada a quien lo da. Vuestro propio hombre Yarwick dice que no se podrá vivir en el castillo antes de medio año.

—Los otros castillos no están mejor.

—Lo sé. No importa. Son todo lo que tenemos. Hay diecinueve a lo largo del Muro, y sólo tenéis hombres en tres de ellos. Quiero tenerlos todos guarnecidos de nuevo antes de que se acabe el año.

—No discrepo en eso, señor, pero también se comenta que pretendéis conceder esos castillos a vuestros caballeros y señores, para que sean sus propias sedes como vasallos de Su Majestad.

—Se espera de los reyes que sean generosos con sus seguidores. ¿Acaso no le enseñó Lord Eddard nada a su bastardo? Muchos de mis caballeros y señores han abandonado tierras ricas y castillos fuertes en el sur. ¿Su lealtad no debe ser recompensada?

—Si Su Alteza desea perder a todos los vasallos de mi padre, no hay mejor modo que entregando sedes norteñas a señores del sur.

—¿Cómo puedo perder hombres que no tengo? Intenté otorgarle Invernalia a un norteño, tal vez lo recordéis. Un hijo de Eddard Stark. Me lanzó esa oferta a la cara.

Stannis Baratheon ante una afrenta era como un mastín ante un hueso: lo roía hasta las astillas.

—Por derecho Invernalia le pertenece a mi hermana Sansa.

—¿Lady Lannister, queréis decir? ¿Tan ansioso estáis de ver al Gnomo sentarse en el trono de vuestro padre?

—No—dijo Jon.

—Bien. No sucederá mientras yo viva, Lord Nieve.

Jon sabía que no debía insistir en ese punto.

—Señor, algunos afirman que queréis conceder tierras y castillos a Casaca de Matraca y al Magnar de Thenn.

Los ojos del rey se volvieron dos piedras azules. Rechinó los dientes y dijo:

—¿Quién os ha dicho eso?

—¿Importa? —El rumor corría por todo el Castillo Negro. —Si queréis saberlo, oí la historia de Gilly.

—¿Quién es Gilly?—exigió saber el rey.

—La nodriza—dijo Lady Melisandre—. Su Majestad le concedió libertad dentro del castillo.

—No para esparcir rumores. Necesitamos sus tetas, no su lengua. Obtendré más leche de ella y menos mensajes.

—El Castillo Negro no necesita bocas inútiles—Jon estuvo de acuerdo—. Voy a enviar a Gilly al sur con el siguiente barco que parta de Guardaoriente.

Melisandre tocó el rubí de su cuello.

—Gilly da de mamar tanto al hijo de Dalla como al suyo. Parece una crueldad por vuestra parte que queráis separar a nuestro pequeño príncipe de su hermano de leche, mi señor.

Con cuidado ahora, con cuidado.

—La leche materna es todo lo que comparten. El hijo de Gilly es mayor y más robusto. Patea al príncipe y lo pellizca y lo empuja fura de la cuna. Su padre era Craster, un hombre cruel y avaricioso, y lleva su sangre.

Stannis frunció el ceño.

—Me dijeron que la nodriza era la esposa de ese tal Craster.

—Esposa e hija, ambas. Craster se casaba con todas sus hijas. El hijo de Gilly es el fruto de esa unión.

—¿Su propio padre le hizo un hijo? Nos libraremos de él, entonces. No toleraré esas abominaciones. Esto no es Desembarco del Rey.

—Puedo encontrar otra nodriza. Si no hay ninguna entre los salvajes, enviaré a buscarla a los clanes de la montaña. Hasta entonces, la leche de cabra bastará para el niño, si eso satisface a Su Majestad.

—Una comida pobre para un príncipe... pero mejor que la leche de una puta, sí.—Stannis tamborileó los dedos sobre el mapa.—Si podemos volver al tema de los castillos...

—Alteza—dijo Jon con gélida cortesía—, he acogido a vuestros hombres y los he alimentado a costa de nuestras reservas de invierno. Los he vestido para que no se congelen.

Stannis no se apaciguó.

—Sí, habéis compartido la sal y el cerdo y las gachas, y nos habéis arrojado algunos harapos negros para calentarnos. Harapos que los salvajes habrían arrancado de vuestros cadáveres si no hubiese venido al norte.

Jon ignoró eso.

—Os he dado forraje para vuestros caballos, y cuando la escalera esté terminada os prestaré constructores para que restauren el Castillo de la Noche. Incluso he accedido a que asentéis salvajes en el Agasajo, que fue entregado a la Guardia de la Noche a perpetuidad.

—Me ofrecéis tierras vacías y desoladas, pero me denegáis los castillos que necesito para recompensar a mis señores y vasallos.

—La Guardia de la Noche construyó esos castillos...

—Y la Guardia de la Noche los abandonó.

—...para defender el Muro—terminó Jon tercamente—, no como sedes para salvajes y señores sureños. El mortero para las piedras de esos castillos fue la sangre y los huesos de mis hermanos, muertos tiempo atrás. No puedo entregároslos.

—¿No podéis o no queréis?—Los cordones en el cuello del rey colgaban afilados como espadas.—Y pensar que os ofrecí un nombre.

—Tengo un nombre, Alteza.

—Nieve. ¿Hubo alguna vez un nombre con peores presagios?—Stannis se tocó la empuñadura de la espada.—¿Quién os creéis que sois?

—El guardián sobre los muros. La espada en la oscuridad.

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Re: Capítulo de Jon "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:22 am

—No me sermoneéis con vuestros votos.—Stannis sacó la espada que llamaba Portadora de la Luz.—Aquí tenéis la espada en la oscuridad.—La luz ondeó arriba y abajo por la hoja, ora roja, ora amarilla, ora naranja, pintando el rostro del rey con azules brillantes y ásperos.—Incluso un muchacho verde debería poder ver eso. ¿Estáis ciego?

—No, señor. Estoy de acuerdo en que los castillos deben ser guarnecidos...

—El niño comandante está de acuerdo. Qué afortunado.

—...por la Guardia de la Noche—terminó Jon.

—No tenéis hombres suficientes.

—Entonces dádmelos, señor. Os proporcionaré oficiales para cada uno de los castillos abandonados junto con hombres que conocen el muro y las tierras de más allá, que saben cómo sobrevivir al invierno que se acerca. A cambio de todo lo que os hemos dado, concededme hombres para llenar guarniciones. Hombres de armas, arqueros, novatos. Aceptaré incluso a los heridos y enfermos.

Stannis lo miró con incredulidad, luego soltó un estallido de risa.

—Sois valiente, Nieve, lo admito, pero estáis loco si creéis que mis hombre vestirán el negro.

—Pueden vestir capas del color que quieran mientras obedezcan a mis oficiales como lo harían con los vuestros.

El rey se mantuvo impasible.

—Tengo caballeros y señores a mi servicio, vástagos de casas nobles y antiguas. No podéis pretender que sirvan junto a cazadores furtivos, campesinos y asesinos.

¿O bastardos, señor?

—Vuestra propia Mano es un contrabandista.

—Era un contrabandista. Le acorté los dedos por eso. Me han dicho que sois el novecientos noventa y ocho comandante de la Guardia de la Noche, Lord Nieve. Me pregunto qué diría el novecientos noventa y nueve sobre esos castillos. La visión de vuestra cabeza en una pica puede inducirle a ser más servicial.—El rey dejó su brillante espada sobre el mapa, a lo largo del Muro, el acero rielando como rayos del sol sobre el agua.—Sólo sois Lord Comandante porque lo permito. Haríais bien en recordarlo.

—Soy el Lord Comandante porque mis hermanos me escogieron.

—¿Lo hicieron?—El mapa yacía entre ambos como un campo de batalla empapado por los colores de la espada encendida.—Alliser Thorne se queja por la forma en que fuisteis elegido, y no puedo decir que no tenga razones. El recuento lo hizo un hombre ciego con vuestro gordo amigo a su lado. Y Slynt os llama cambiacapas.

¿Y quién reconocería a uno mejor que Slynt?

—Un cambiacapas os diría lo que deseáis oír y luego os traicionaría. Su Majestad sabe que fui elegido legalmente. Mi padre siempre dijo que erais un hombre justo.—Justo pero severo, fueron las palabras exactas de Lord Eddard, pero Jon no consideraba que fuese sabio compartirlas ahora.

—Lord Eddard no era mi amigo, pero no le faltaba cierto sentido común—dijo Stannis—. Él me hubiese dado esos castillos.

Nunca.

—No puedo decir qué habría hecho mi padre. Hice un juramente, Alteza. El Muro está en mis manos.

—Por ahora. Ya veremos cómo lo mantienes.—Stannis lo señaló—. Quedaos vuestras ruinas, ya que significan tanto para vos. Os prometo, sin embargo, que si alguna permanece vacía cuando se acabe el año, las tomaré con o sin vuestro permiso. Y si una sola de ellas cae ante el enemigo, vuestra cabeza la seguirá pronto. Ahora marchaos.

Lady Melisandre se levantó de su lugar junto a la chimenea.

—Con vuestro permiso, señor, acompañaré a Lord Nieve de vuelta a sus estancias.

—¿Por qué? Conoce el camino.—Stannis les hizo un gesto de rechazo con la mano—. Haced lo que queráis. Devan, comida. Huevos hervidos y limonada.

Tras la calidez del solar del rey, el frío de la escalera calaba hasta los huesos.

—Se está levantando viento, mi señora—el sargento advirtió a Melisandre mientras le devolvía las armas a Jon—. Podrías necesitar una capa más cálida.

—Mi fe me calienta.—La mujer roja bajó los escalones junto a Jon.—Su Majestad os está cogiendo cariño.

—Ya lo he notado. Sólo ha amenazado con decapitarme dos veces.

Melisandre rió.

—Son sus silencios lo que debéis temer, no sus palabras.

Mientras salían al patio, el viento hizo ondear la capa de Jon y la lanzó sobre ella. La sacerdotisa roja apartó la lana negra a un lado y deslizó su brazo con él de él.—Puede que no os equivoquéis sobre el rey salvaje. Miraré entre las llamas y rezaré para que el Señor de la Luz me guíe. Mis fuegos me muestran mucho, Jon Nieve. Puedo ver a través de la piedra y la tierra, y hallar la verdad en la oscuridad de las almas de los hombres. Puedo hablar con reyes que murieron hace tiempo y con niños que aún no han nacido, y contemplar como un parpadeo el paso de los años y las estaciones hasta el final de los días.

—¿Vuestros fuegos nunca se equivocan?

—Nunca... aunque los sacerdotes somos mortales y a veces confundimos lo que debe suceder con lo que puede suceder.

Jon notaba su calor, incluso a través de la lana y el cuero. La visión de ellos cogidos del brazo atraía miradas curiosas. Habría susurros en las barracas por la noche.

—Si de veras podéis ver el porvenir en vuestras llamas, decidme cuándo y dónde será el siguiente ataque de los salvaje—dijo, liberándose de su brazo.

—R'hllor nos envía las visiones que quiere, pero buscaré a ese tal Tormund en las llamas—los labios rojos de Melisandre se curvaron en una sonrisa—. Os he visto en mis fuegos, Jon Nieve.

—¿Es una amenaza, mi señora? ¿También pretendéis quemarme?

—Malinterpretáis mis palabras.—Se rió.—Me temo que os inquieto, Lord Nieve.

Jon no lo negó.

—El Muro no es lugar para una mujer.

—Os equivocáis. He soñado con vuestro Muro, Jon Nieve. Grande fue la sabiduría que lo construyó, y grandes los hechizos encerrados bajo su hielo. Caminamos junto a uno de los ejes del mundo.—Melisandre miró hacia lo alto con ternura, su aliento una cálida nube húmeda en el aire.—Éste es mi lugar así como el vuestro; pronto tendréis gran necesidad de mi. No rechacéis mi amistad, Jon. Os he visto en la tormenta, rodeado, con enemigos a cada lado. Tenéis tanto enemigos. ¿Debo deciros sus nombres?

—Ya sé sus nombres.

—No estéis tan seguros.—El rubí en la garganta de Melisandre lanzó un destello rojo.—No debéis temer a los enemigos que os maldicen a la cara, sino a los que sonríen cuando miráis y afilan los cuchillos cuando les dais la espalda. Harías bien en mantener a vuestro lobo cerca. Veo hielo, y dagas en la oscuridad. Sangre helada roja y dura, y acero desnudo. Hacía mucho frío.

—Siempre hace frío en el Muro.

—¿Eso creéis?

—Lo sé, mi señora.

—Entonces no sabes nada, Jon Nieve —susurró.

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La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Re: Capítulo de Jon "A Dance With Dragons"

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