Capítulo de Daenerys "A Dance With Dragons"

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Capítulo de Daenerys "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:31 am

Vale, esta traducción va con trampa: ya existe traducción oficial, y se encuentra en un librito de esos que Gigamesh regala tan amablemente cada 23 de Abril (Día Mundial del Libro y además una festividad muy importante en Cataluña, Sant Jordi, donde era tradición que ellos regalasen a ellas rosas y que ellas regalasen a ellos libros, y donde ahora ellas reciben rosas y libros y nosotros recibimos, pues, libros). Éste en cuestión se llama Dominio de Dragones e incluye los que probablemente serán los tres primeros capítulos de Daenerys en Danza de Dragones.

Espero que lo disfrutéis... ya hace un año que Martin colgó su última actualización sobre cómo llevaba lo de escribir el quinto libro, y aquí seguimos, esperando recibir noticias sobre un libro que ya estaba "casi acabado" cuando lo empezó...

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Re: Capítulo de Daenerys "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:32 am

Daenerys

Oyó al hombre muerto acercándose. Los pasos lentos y acompasados lo precedían escaleras arriba, haciendo eco entre los pilares del salón de mármol morado.

—Alteza —dijo ser Barristan Selmy, Lord Comandante de la Guardia de la Reina—, no hay necesidad de que paséis por esto.

—Sí que la hay. —La voz de Dani era firme.— Murió por mí. —Se arrebujó en la piel de león que vestía. Debajo, una túnica de lino blanco fino la cubría sólo hasta la mitad del muslo. Había estado soñando cuando Missandei la despertó, soñando una casa blanca con una puerta roja, y no tuvo tiempo de vestirse.

—Khaleesi —dijo su doncella Irri—, no toques al muerto. Da mala suerte tocar a los muertos.

—A menos que los hayas matado tú mismo —dijo Jiqui, su otra doncella. Era más corpulenta que Irri, con caderas anchas y grandes pechos—. Todo el mundo lo sabe.

—Todo el mundo lo sabe —asintió Irri.

Dany no les hizo casi. Los dothrakis eran sabios en lo referente a los caballos, pero podían ser unos completos estúpidos en otras cosas. Son sólo muchachas, además. Sus doncellas tenían la misma edad que ella, parecían mujeres con su cabello negro, piel cobriza y ojos almendrados, pero eran niñas al fin y al cabo. Khal Drogo, su sol y estrellas, se las había regalado. Drogo le había dado la piel también, la cabeza y la piel de un hrakkar, el león blanco del mar de los dothraki. Le iba grande y olía a rancio, pero la hacía sentir como si Drogo aún estuviese con ella.

Gusano Gris apareció primero, subiendo los escalones con una antorcha en la mano. Su casco de capitán estaba coronado por tres picas. Tras él iban cuatro de sus Inmaculados llevando al hombre muerto sobre los hombros. Bajo los cascos dorados, sus caras eran tan inexpresivas que parecían también esculpidas en bronce.

Daenerys Targaryen los esperó sentada en el banco de ébano que era su trono. Tenía los ojos medio cerrados por el sueño y el cabello plateado y dorado revuelto. Soy de la sangre del dragón, se recordó a sí misma, y los dragones no conocen el miedo. Dejaron el cadáver a sus pies. Ser Barristan retiró el sudario manchado de sangre. Gusano Gris acercó la antorcha, para que pudiese verlo.

El hombre muerto no había sido mayor de veinte. El rostro era suave e imberbe, aunque le habían abierto las mejillas de oreja a oreja. Era un hombre alto, guapo, con ojos azul claro. Algún muchacho de Lys o la vieja Volantis, pensó, secuestrado por corsarios y vendido como esclavo en la roja Astapor. Aunque tenía los ojos abiertos, lo que lloraba eran sus heridas. Tenía más de las que pudo contar. Dany lo había visto antes, aunque no recordaba si había hablado con él.

—Alteza —dijo ser Barristan—, había una arpía tirada sobre las baldosas en el callejón donde fue encontrado...

—...tirado sobre su propia sangre —Daenerys ya conocía la historia. Los Hijos de la Arpía hacían sus carnicerias de noche, y cerca de cada asesinato dejaban su marca. —Gusano Gris, ¿por qué este hombre estaba solo? ¿No tenía compañero? —Cuando los Inmaculados patrullaban por las calles, siempre iban en parejas.

—Graciosa reina —respondió el capitán Inmaculado—, vuestro servidor Escudo Incondicional no tenía trabajo esta noche. Había ido a... a cierto lugar... a beber, y tener compañía.

—¿A cierto lugar? ¿Qué lugar? ¿Qué queréis decir?

—Una casa de placer, Alteza. —Bajo el casco con la pica de bronza, la cara de Gusano Gris parecía esculpida en piedra.

Un burdel. La mitad de sus libertos eran de Yunkai, donde los Sabios Amos eran famosos por preparar esclavos de cama. El camino de los siete suspiros. No era ninguna sorpresa que los burdeles hubiesen brotado como setas por toda Mereen. Es lo único que conocen. Luchan por sobrevivir. La comida se volvía más cara cada día mientras la carne se volvía más barata. En los distritos más pobres entre las pirámides escalonadas de la nobleza esclavista de Meeren había burdeles que abastecían cada deseo erótico concebible, pero aún así...

—No lo entiendo. Era un eunuco. —Todos sus Inmaculados eran eunucos. —¿Por qué querría un eunuco visitar un burdel?

—Incluso los que carecen de las partes de un hombre pueden tener el corzón de un hombre —dijo Gusano Gris— A uno le han dicho que vuestro sirviente Escudo Incondicional a veces pagaba a las mujeres de los burdeles para que yaciesen con él y lo abrazasen.

La sangre del dragón no llora.

—Escudo Incondicional. ¿Ése era su nombre?

—Si le place a Su Majestad.

—Sí. Es un nombre adecuado. —Los Amos Bondadosos de Astapor no permitían a sus soldados esclavos ni tener nombres. Algunos de sus Inmaculados reclamaron sus nombres de nacimiento cuando los liberó; otros escogieron nombres de su propia elección. —¿Se sabe cuántos atacantes cayeron sobre Escudo Incondicional?

—Uno no lo sabe. Muchos.

—Seis o más, diría —añadió ser Barristan. —Por la pinta de sus heridas, lo rodearon por todas partes. No encontraron su espada corta, aunque la vaina estaba vacía. Puede ser que hiriera a algunos de sus atacantes.

—Esperemos que lo hiciera. —Dany rezó porque en algun lugar uno de ellos agonizase entonces, apretándose las entrañas y retorciéndose de dolor. —¿Por qué le abrieron las mejillas así?

—Graciosa reina —dijo Gusano Gris—, los asesinos han metido los genitales de una cabra por la garganta de vuestro sirviente Escudo Incondicional. Uno los quitó antes de traerlo aquí.

No pudieron meterle sus popios genitales, pensó Dany. Los de Astapor no le dejaron nada, ni raíz ni tallo. "Los Hijos se vuelven más osados —observó. Hasta ahora, se habían limitado a atacar a libertos desarmados, apuñalándolos por las calles o entrando en sus casas al amparo de la noche para matarlos en sus prpias camas. —Éste es el primero de mis soldados que matan.

—El primero —la avisó ser Barristan—, pero no el último.

Aún estoy en guerra, se dio cuenta Dany, sólo que ahora lucho contra sombras. Ese pensamiento la hizo sentir cansada. Había esperado poder descansar de la matanza, un tiempo para construir y curarse.

Se quitó la piel y se arrodilló sobre el mármol, junto al cadáver. Jhiqui dio un respingo cuando Dany cerró delicadamente los ojos del hombre muerto.

—Escudo Incondicional no será olvidado, os lo prometo. Lavadlo y vestidlo para la batalla, y enterradlo con su casco y escudo y lanzas.

—Como su alteza ordene —dijo Gusano Gris.

—Cuando tus hombres salgan a patrullar hoy, envíalos a las casas de los sanadores, que pregunten por cualquier hombre que buscase tratamiento para una herida de espada. Que busquen también la espada de Escudo Incondicional, y averigüen qué carniceros o personas pueden haber castrado cabras últimamente. —Mereen estaba llena de cabras, y cerdos, y perros, pero no perdían nada por preguntar—. De ahora en adelante, que ninguno de mis hombres camine solo por la noche, esté o no cumpliendo con su deber.

—Uno obedecerá.

Dany se retiró el cabello. —Encontradme a esos cobardes —dijo fieramente— Encontradlos para que pueda enseñarle a los Hijos de la Arpía qué significa despertar al dragón.

—Los encontraremos, Alteza —Gusano Gris saludó. Los otros Inmaculados cubrieron el cadáver con el sudario de nuevo, se cargaron al hombre muerto sobre los hombros y se lo llevaron del salón.

Ser Barristan Selmy se quedó tras ella. Su pelo era blanco, y había patas de cuervo en el rabillo de sus ojos azul pálido. Pero aún tenía la espalda recta, y los años no le habían quitado su habilidad con las armas.

—Alteza —dijo—, me temo que vuestros eunucos no están capacitados para las tareas que les encomendáis.

Dany se sentó en el banco y se puso la piel sobre los hombres de nuevo.

—Los Inmaculados son mis mejores guerreros.

—Soldados, no guerreros, si su Alteza me permite. Fueron hechos para el campo de batalla, para permanecer hombro con hombro tras sus escudos, con las lanzas preparadas ante ellos. Su entrenamiento los enseña a obedecer sin miedo, perfectamente, sin pensar ni dudar... no a desvelar secretos o hacer preguntar.

—¿Me servirían mejor los caballeros? —Selmy estaba entrenando caballeros para ella, enseñando a los hijos de esclavos a luchar con lanza y espada larga a la manera de Poniente...¿pero de qué servirían las lanzas, contra cobardes que mataban desde las sombras?

—No en esto —admitió el viejo hombre— Y Su Majestad no tiene caballeros, salvo yo. Pasarán años antes de que los niños estén listos.

—¿Entonces quién, si no los Inmaculados? No los dothraki.

—No —dijo ser Barristan, decaído.

—No —asintió Dany. Su khalasar era pequeño, formado sobre todo por niños aún verdes y hombres viejos. Y los dothraki luchaban montados a caballo, lo que no les serviría de nada en las calles y callejones de la ciudad. —Además, mis jinetes son necesarios fuera de la ciudad.

Más allá de los muros de baldosas de colores de Mereen, su dominio era débil en el mejor de los casos. Miles de esclavos trabajaban duro en las grandes plantaciones de las colinas, cosechando grano y olvias, pastando cabras y ovejas y obteniendo sal y cobre de las minas. Por ahora los graneros y despensas de Mereen aún tenían amplios suministros de grano, aceite, oliva, frutos secos y carne salada, pero la ciudad estaba llena de bocas hambrientas, y llegaba poca comida.

Por eso Daenerys había enviado a Aggo, Jhogo y Rakkharo a ganarse las tierras de alrededor, mientras que Ben Plumm el Moreno se llevó a los Segundos Hijos al sur para protegerlos de las incursiones yunkias. Al galante Daario Naharis le encargó la tarea más importante. Más allá de las colinas del este había una pradera rodeada de montañas de arena y piedra, el Paso de Khysai, y Lhazar. Si Daario podía convencer a los Lhazarenos para reabrir esa ruta comercial, podrían traer grano río abajo o sobre las colinas cuando lo necesitasen... pero los Hombres Cordero no tenían motivos para amar a Meeren. Daario los convencerá, si alguien puede hacerlo. El capitán de los mercenarios era el hombre más galante y elocuente que Daenerys Targaryen había conocido.

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Re: Capítulo de Daenerys "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:33 am

—Tal vez cuando Daario regrese podré usar sus Cuervos de la Tormenta en las calles —le dijo a ser Barristan—, pero hasta entonces, sólo tengo a los Inmaculados. —Se levantó—. Debéis excusarme, ser. Los que desean ver a la reina se estarán acumulando ante las puertas. Necesito ponerme mis orejas alargadas y convertirme en su reina de nuevo. Llamad a Reznak y al Afeitado, los veré cuando esté vestida.

—Como su alteza ordene —Selmy hizo una reverencia.

La Gran Pirámide de Mereen medía ochocientos pies desde su inmensa base de ladrillo hasta la elegante cumbre donde la reina tenía sus estancias privadas, rodeadas de verdor y estanques fragantes. Un amanecer azul oscuro inundaba la ciudad mientras Dany caminaba hacia la terraza. La luz del sol llameó sobre las bóvedas doradas del Templo de las Gracias al oeste y dibujó sombras alargadas detrás de las pirámides escalonadas. En algunas de esas pirámides, los Hijos de la Arpía están planeando otros asesinatos ahora mismo, pensó sombría.

Viseryion sentía su inquietud. El dragón blanco yacía enroscado alrededor de un peral, la cabeza descansando sobre la cola mientras la luz del día lo empapaba. Cuando Dany pasó, sus ojos se abrieron, dos estanques de oro fundido. Los cuernos eran también de oro, como las escamas que le corrían por el cuello arqueado, la espalda y la larga cola.

—Eres perezoso —le dijo, rascándole bajo la mandíbula. Las escamas estaban calientes al tacto, como una armadura puesta a cocer demasiado bajo el sol. Los dragones son fuego hecho carne. Había leído eso en uno de los libros que ser Jorah le había dado como regalo de boda—. Tendrías que estar cazando con tus hermanos. ¿Has estado luchando con Drogon otra vez? —Sus dragones se habían vuelto salvajes ultimamente. Rhaegal había intentado morder a Irri, Viserion había quemado el tokar de Reznak la última vez que el senescal había gritado. Les he dejado demasiado para sí mismos, se recriminó, ¿pero dónde voy a sacar tiempo para ellos?

Viserion dio un latigazo con la cola y golpeó el tronco del árbol tan fuerte que una pera cayó rodando a los pies de Dany. Desplegó las alas y medio voló medio saltó hasta la balconada. Está creciendo, pensó mientras lo veía aletear tres veces y lanzarse hacia el cielo, los tres están creciendo. Pronto serán lo bastante grandes para llevarme. Entonces volaría como Aegon y sus hermanas habían volado antes, hasta que Mereen fuese tan pequeña ahí abajo que pudiese taparla con el puño.

Contempló a Viserion elevándose en circulos cada vez más amplios, hasta que al final lo perdió de vista más allá de las aguas turbias del Skahazadhan. Sólo entonces Dany volvió a la pirámide, donde Irri y Jhiqui la esperaban para cepillarle el pelo y prepararla como correspondía a la Reina de Mereen, en un tokar ghiscario.

La prenda era algo engorroso, una sábana larga y hogada, sin forma, que tenía que enrollarse alrededor de las caderas y bajo un brazo y sobre un hombro, con los flecos que colgaban cuidadosamente dispuestos. Demasiado holgada, y podía caerse; demasiado apretada, formaría una maraña, se enredaría y la atraparía. Incluso bien puesto, el tokar requería del que lo vestía que lo mantuviese en su lugar con la mano izquierda, para evitar que resbalase. Caminar con el tokar exigía pasos pequeños, lentos y medidos y un equilibrio exquisito, para no pisar alguno de los pesados flecos que arrastraba. No era una prenda para los que debían trabajar en el campo o en una casa de ladrillos. La ley de los ghiscarios prohibía a los esclavos y libertos vestir el tokar, y eran demasiado caros para los que habían nacido en libertad pero pobres. El tokar ghiscario era una prenda para los amos, un signo de riqueza y poder.

Dany quiso prohibir el tokar cuando tomó Mereen, pero su consejo la había convencido para no hacerlo.

—La Madre de Dragones debe vestir el tokar o será siempre odiada —la alertó la Gracia Verde, Galazza Galare—. Con lanas de Poniente o un vestido de encaje Myriano, Su Radiantez siempre será una extranjera grotesca entre nosotros, una conquistadora bárbara. La reina de Mereen tiene que ser una dama de la antigua Ghis.

Ben Plumm el moreno, el capitán de los Segundos Hijos, se lo había explicado más claramante.

—Quien quiera ser rey de los conejos, que se ponga un par de orejas alargadas.

Las orejas alargadas que escogió ese día estaban hechas de lino blanco con flecos de borlas doradas. Con la ayuda de Jhiqui, se enrolló el tokar al tercer intento, mientras Irri le sostenía la corona en forma de dragón de tres cabezas que representaba a su casa. La cola del dragón era de oro, las alas brillaban plateadas, las tres cabezas eran marfil, ónice y jade verde. Antes de terminar el día tendría el cuello y la espalda tiesos y rígidos por el peso, pero una corona nunca debía ser cómoda sobre la cabeza de un rey. Eso había dicho uno de sus antepasados. El rey Aegon. Fue un Aegon, ¿pero cuál? Cinco Aegones habían reinado sobre Poniente, y habría habido un sexto si los perros del Usurpador no hubiesen matado al hijo de su hermano Rheagar mientras era un bebé de pecho. Si hubiese vivido me habría casado con él, pensó. Aegon habría estado más cerca de mi edad que Viserys.

Aunque no servía de nada soñar. Aegon y su hermana habían sido asesinados antes de que ella naciese junto con su madre, Elia de Dorne. El príncipe Rhaegar pereció incluso antes, asesinado por el Usurpador en el Tridente, y Viserys murió gritando en Vaes Dothrak, con una corona de oro fundido sobre su cabeza. También me matarán a mí, si lo permito, se recordó a sí misma. Los cuchillos que mataron a Escudo Incondicional querían matarme a mí.

No había olvidado los niños esclavos que los Grandes Amos habían atado a lo largo del camino de Yunkai. Nunca los olvidaría. Hubo ciento sesenta y tres, un niño a cada milla, atados a los mojones con un brazo indicándole el camino. Cuando Mereen cayó, Dany ató el mismo número de Grandes Amos. Enjambres de moscas los acompañaron en su lento agonizar, y el hedor había tardado en desaparecer de la plaza. Pero a veces temía no haber ido lo suficiente lejos. Los mereenianos eran un pueblo astuto y testarudo que se le resistía a cada paso. Habían liberado a sus esclavos, sí... sólo para contratarlos de nuevo como sirvientes por un precio tan bajo que muchos a duras penas podían comer. Los libertos demasiado jóvenes o viejos para ser usado habían quedado tirados en la calle junto a los débiles y los tullidos. E incluso así los Grandes Amos se reunían en lo alto de sus pirámides para compadecerse de cómo la reina dragón había llenado su noble ciudad con hordas de mendigos sucios, ladrones y putas.

Para gobernar Mereen tengo que ser Meereniana, se dijo a sí misma, por mucho que los odie.

—Estoy preparada —le dijo a Irri.

Reznak mo Reznak y Skahaz mo Kandaq la esperaban a lo alto de los amplios escalones de mármol.

—Magnificencia —dijo Reznak—, estáis tan radiante hoy que temo miraros.

El senescal llevaba un tokar de seda granate con un fleco dorado que contribuía poco a disimular su cuerpo gordo y fofo. Un hombre pequeño, sudoroso, obsequioso, Reznak olía como si se bañase en perfume. Como todos los mereenianos, hablaba un dialecto del Alto Valyrio corrompido y condimentado por los continuos rugidos del ghiscario.

—Sois muy amable —respondió Dany en una forma más pura de la misma lengua.

—Mi reina —gruñó Skahaz, de cabeza calva. El pelo de los ghiscarios crecía denso, grueso y espeso; durante largo tiempo los hombres de las ciudades esclavistas lo habían llevado en forma de cuernos, pinchos o alas. Afeitándose, Skahaz había abandonado la vieja Mereen tras él para aceptar lo nuevo. Sus parientes Kandaq hicieron lo mismo tras su ejemplo. Otros lo siguieron, aunque si por miedo, moda o ambición, Dany no podía decirlo; los afeitados, los llamaban. Skahaz era el Afeitado... y el peor traidor para los Hijos de la Arpía y sus semejantes. —Nos han explicado lo del eunuco.

—Su nombre era Escudo Incondicional.

—Morirán más, a menos que los asesinos sean castigados. —Incluso con el cráneo limpio de pelo, Skahaz tenía un rostro feo; frente de escarabajo, ojos pequeños con grandes bolsas debajo, una nariz rota muchas veces oscurecida por puntos negros, piel aceitosa que parecía más amarilla que el habitual ámbar de los Ghiscarios. Era un rostro brusco, brutal, enfadado. Sólo podía rezar porque al menos fuese un hombre honesto.

—¿Cómo puedo castigarlos si no sé quiénes son? —les preguntó Dany—. Explicádmelo, bravo Skahaz.

—No os faltan enemigos, Su Majestad. Podéis ver sus pirámides des de vuestra terraza. Zhak, Hazkar, Ghazeen, Merreq, Loraq, todas las viejas familias esclavistas. Pahl. Pahl, sobre todo. Una casa de mujeres, ahora. Mujeres viejas amargadas con ansia de sangre. Las mujeres no olvidan. Las mujeres no perdonan.

No, pensó Dany, y eso los perros del Usurpador lo aprenderán algún día, cuando vuelva a Poniente. Era verdad que había sangre entre ella y la casa de Pahl. Oznak zo Pahl fue el héroe de Mereen hasta qu Belwas el Fuerte lo mató bajo los muros de la ciudad. El padre de Oznak, comandante de la guardia de Mereen, murió defendiendo las puertas de la ciudad cuando la Polla de Joso las convirtió en astillas y los Inmaculados entraron como un enjambre por la brecha. El tío de Oznak fue uno entre los ciento sesenta y tres de la plaza. Dany se giró hacia Reznak.

—¿Cuánto oro hemos ofrecido por información sobre los Hijos de la Arpía?

—Cien honores, si le place a su Radiantez.

—Mil honores nos placería más. Hacedlo.

—Su Majestad no ha pedido mi consejo —dijo Skahaz—. La sangre debe pagar por la sangre. Coged a un hombre de cada una de las familias que he nombrado y matadlo. La siguiente vez que uno de los vuestros muera, coged dos y matadlos. No habrá un tercer asesinato.

Reznak chilló de angustia. —Nooo... gentil reina, esa salvajada traería las iras de los dioses sobre nosotros. Encontraremos a los culpables, os lo prometo, y cuando lo hagamos veréis que son basura pobre, no nobles, ya lo veréis.

El senescal se secó la cabeza. Era tan calvo como Skahaz, aunque no se afeitaba.

—No me consideréis desleal porque no me he afeitado la cabeza —le garantizó cuando lo convirtió en su consejero— Si algún cabello es tan insolente de aparecer, mi barbero estará preparado con la cuchilla.

Pese a todas sus garantías, a Dany le gustaba poco y confiaba aún menos en él. No había olvidado a la maegi Mirri Maz Duur, que le había devuelto su amabilidad con la traición.

—Skahaz —dijo—, os agradezo el consejo. Reznak, aseguraos de que sean mil honores.

Ciñéndose el tokar, Daenerys los adelantó al bajar la amplia escalera de mármol. Con pasos lentos, no fuese a pisarse uno de los flecos y tropezar y caer rodando de cabeza ante la corte.

Missandei la anunció. La pequeña escriba tenía una voz dulce y fuerte.

—Todos arrodillados ante Daenerys de la Tormenta, La Que No Arde, Reina de Mereen, Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres, Khaalesi del Gran Mar de Hierba, Liberadora de Grilletes y Madre de Dragones —gritó mientras Dany bajaba lentamente.

El salón estaba lleno. Los Inmaculados permanecían de espaldas a los pilares, sosteniendo sus escudos y lanzas, las picas en sus cascos sobresaliendo hacia arriba como una hilera de cuchillos. Los mereenianos se habían acumulado bajo las ventanas del este, en una multitud de cabezas afeitadas y cuernos dobles y manos y espirales. Sus libertos permanecían lejos de sus antiguos amos. Hasta que estén juntos, Mereen no tendrá paz.

—Levantaos.

Dany se sentó en su banco. La multitud se levantó. Eso al menos lo hacen juntos, pensó.

Reznak mo Reznak tenía una lista, como siempre. Y como siempre, el protocolo exigía que la reina empezase con el emisario de Astapor, un antiguo esclavo que se había empezado a llamar a sí mismo Lord Ghael, aunque nadia sabía de qué era señor.

Lord Ghael tenía la boca llena de dientes rotos y marrones y el rostro amarillento y puntiagudo de una comadreja. También tenía un regalo.

—Cleon el Grande envía estas sandalias, como señal de su amor por Daenerys de la Tormenta, la Madre de Dragones —anunció.

Dany hizo un gesto con la cabeza a Irri, que le trajo las sandalias y se las puso en los pies. Estaban hechas de cuero dorado y decoradas con perlas verdes de agua dulce. ¿Cree el rey carnicero que un par de sandalias bonitas le ganarán mi mano?

—El rey Cleon es muy generoso —dijo—. Debéis darle las gracias de mi parte. Son encantadoras.

Encantadoras, pero hechas para una niña. Dany tenía los pies pequeños, pero las sandalies le aplastaban los pies.

—Cleon el Grande se sentirá complacido al saber que os han complacido —dijo Ghael—. Su Maginificencia me envía para que os diga también que está preparado para defender a la Madre de Dragones de todos sus enemigos. —Si me propone que me case con Cleon otra vez, le tiraré las sandalias a la cabeza, pensó Dany, pero por una vez el emisario astapori no mencionó el matrimonio. En vez de eso, dijo—: Ha llegado el momento de que Astapor y Mereen acaben con el reino salvaje de los Sabios Amos de Yunkai, enemigos jurados de todos aquellos que viven en libertad. Cleon el Grande me invita a deciros que él y sus nuevos Inmaculados pronto marcharán.

Sus nuevos Inmaculados son una broma obscena. Dany mantuvo el gesto inexpresivo.

—El rey Cleon sería sabio si atendie sus propios jardines y deja que Yunkai atienda los suyos. —No es que tuviese ningún aprecio por Yunkai. Cada vez más se arrepentía de haber abandonado la Ciudad Amarilla sin tomarla después de vencer a su ejército en el campo de batalla. Los Sabios Amos habían vuelto a la esclavitud en cuanto ella se fue y estaban ocupados aumentando los impuestos, contratando a mercenarios y haciendo alianzas contra ella. Cleon autodenominado el Grande no era mucho mejor, sin embargo. El Rey Carnicero había devuelto la esclavitud a Astapor en cuanto tomó el poder, con la única diferencia de que los antiguos esclavos eran ahora los amos y los antiguos amos eran los esclavos. Daenerys no deseaba una alianza con él más de lo que deseaba una boda... pero tampoco quería verlo caer. Cuando Cleon fuese vencido, nada impediría a los yunkios volver los ojos hacia el norte, hacia Mereen—. Soy sólo una niña pequeña y sé poco de guerra —Dany alertó a Ghael—, pero se dice que Astapor se muere de hambre. Dejad que el rey Cleon alimente a su pueblo antes de guiarlos a la batalla. —Hizo un gesto de rechazo y el emisario se arrodilló y partió.

—Magnificencia —apuntó Reznak mo Reznak—, ¿oiréis al noble Hizdahr zo Loraq?

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Re: Capítulo de Daenerys "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:36 am

¿Otra vez? Ahogando un gemido, Dany asintió, y Hizdar avanzó; un hombre alto, muy esbelto, con piel de color ámbar. Cuando se arrodilló, la parte superior de su cabeza rozó el mármol morado del suelo donde Escudo Incondicional había yacido muerto no hacía mucho. Necesito a este hombre, se recordó Dany. Hizdar tenía muchos amigos en Mereen, y otros más allá de los mares. Había visitado Volantis, Lys y Qarth, tenía familiares en Tolos y Elyria y se decía que ejercía gran influencia en Nueva Ghis, donde los yunkios intentaban sembrar la enemistad contra Dany y su reinado.

Y es rico. Famosa y fabulosamente rico... y se hará mucho más rico, si le concedo lo que pide. Cuando Dany cerró las arenas de combate, el valor de sus cotizaciones cayó en picado. Hizdar zo Loraq se había lanzado con las manos llenas, y ahora era dueño de la mayoría de arenas de Mereen.

Hizdar tenía alas de cabello que le brotaban de las sienes como si su cabeza fuese a levantar el vuelo. El largo rostro se alargaba todavía más por la barba de pelo rojo y negro puntiagudo que se recogía con anillos de oro. Su tokar morado tenía flecos con amatistas y perlas.

—Su Radiantez ya conoce la razón por la que estoy aquí.

—Porque —dijo ella— debe ser porque no tenéis otro motivo que asolarme. ¿Cuántas veces os he rechazado?

—Cinco veces, Su Magnificencia.

—Y ahora seis. No voy a permitir que se reabran las arenas.

—Si Su Majestad quiere oír mis argumentos...

—Los he oído. Cinco veces. ¿Habéis traído nuevos argumentos?

—Viejos argumentos —admitió Hizdar—, nuevas palabras. Bellas palabras, y corteses, más adecuadas para convencer a una reina.

—Es vuestra causa la que encuentro inadecuada, no vuestra cortesía. He oído vuestros argumentos tan a menudo que puedo presentar vuestro caso yo misma. ¿Lo hago? —Se adelantó—. Las arenas de combate han formado parte de Mereen desde que se fundó la ciudad. Los combates son un hecho de naturaleza religiosa, un sacrificio de sangre a los dioses de Ghis. El arte mortal de Ghis no es una carnicería, sino una muestra de coraje, habilidad y fuerza que complace a los dioses. Los luchadores victoriosos están bien alimentados, mimados y aclamados, y los caídos heroicamente son honrados y recordados. Reabriendo las arenas mostraría a la gente de Mereen que respeto sus tradiciones y costumbres. Las arenas son famosas en el mundo entero. Traerían comercio a Mereen y llenarían las arcas de la ciudad con monedas de los confines de la tierra. Todos los hombres tienen ansia de sangre, un ansia que las arenas podrían apagar. En ese sentido, volverán Mereen más pacífica. Para los criminales condenados a morir sobre la arena, las arenas de combate representan un juicio por combate, una última oportunidad para que un hombre demuestre su inocencia. —Dany sacudió la cabeza.— Ahí está. ¿Cómo lo he hecho?

—Su Radiantez ha presentado el caso mucho mejor de lo que yo lo habría hecho. Sois tan elocuente como bella. Yo estoy totalmente convencido.

Dany tuvo que reír.

—Muy bien... pero yo no.

—Su Magnificencia —susurró Reznak mo Reznad en su oreja—, permitidme que os recuerde que es costumbre de la ciudad reclamar un diez por ciento de todos los beneficios de las arenas de combate, después de los gastos, como impuesto. Ese dinero podría utilizarse para fines más nobles.

—Podría —asintió la reina—, aunque si fuésemos a reabrir las arenas, recaudaríamos el diez por ciento antes de los gastos. Soy sólo una niña pequeña y sé poco del comercio, pero viví con Xaro Xhoan Daxos lo suficiente para saber eso. No importa. Sois rápido y listo, Hizdar, y si pudieseis congregar ejércitos como lo hacéis con los argumentos, podríais conquistar el mundo... pero mi respuesta sigue siendo no. Por sexta vez.

Hizdar hizo otra reverencia, tan pronunciada como la anterior. Sus perlas y amatistas tintinearon suavemente contra el suelo de mármmol. Hizdar zo Loraq era un hombre muy ágil.

—La reina ha hablado.

Hasta podría ser guapo, sino fuese por ese ridículo pelo, juzgó Dany. Reznak y la Gracia Verde la habían instado para que se casase con un noble mereeniano, para reconciliar a la ciudad con su reina. Si llegaba a eso, Hizdar zo Loraq merecería tenerse en cuenta. Antes él que Skahaz. El Afeitado se había ofrecido para convertirla en su esposa, pero la sola idea la hizo estremecer. Hizdar al menos sabía sonreír, aunque cuando Dany trató de imaginarse cómo sería compartir la cama con él, casi se rió en voz alta.

—Magnificencia —dijo Reznak, consultando su lista—, el noble Grazdan zo Galare quiere dirigirse a vos. ¿Lo oiréis?

—Será un placer —dijo Dany, admirando el resplandor del oro y el brillo de las perlas verdes de las sandalias de Cleon mientras intentaba ignorar el dolor en los dedos de sus pies. Grazdan, la habían avisado, era primo de la Gracia Verde, cuyo consejo y apoyo Dany consideraba inapreciables. La sacerdotisa era una voz a favor de la paz, la aceptación y la obediencia a la autoridad legítima.

Debo escuchar respetuosamente a su primo, sea lo que sea lo que quiera.

Lo que quería resultó ser oro. Dany había rechazado compensar a los Grandes Amos por el valor de los esclavos que había liberado, pero los mereenianos seguían buscando otras maneras de intentar sacarle dinero. El noble Grazdan era uno más. Tiempo atrás tenía una mujer esclava experta en tejer, le explicó; lo que conseguía con su telar era muy valorado, no sólo en Mereen sino también en Nueva Ghis y Astapor y Qarth. Cuando esa mujer se volvió vieja, Grazdan compró media docena de muchachas jóvenes y ordenó a la anciana que las instruyese en los secretos de su oficio. La vieja mujer había muerto. Las jóvenes, liberadas, habían abierto una tienda cerca del puerta para vender sus tejidos. Grazdan zo Galare pedía una porción de sus ingresos.

—Me deben sus habilidades —insistió—. Yo las compré en bloque en una subasta y les di ese telar.

Dany lo escuchó atentatemente, el rostre inexpresivo. Cuando acabó, dijo:

—¿Cuál era el nombre de la vieja tejedora?

—¿La esclava? —Grazdan se balanceó, frunciendo el ceño—. Se llamaba... Elza, tal vez. O Ella. Murió hace seis años. He tenido muchos esclavos, Su Majestad.

—Digamos Elza. —Dany alzó una mano—. Éste es nuestro veredicto. De las muchachas, no obtendréis nada. Fue Elza quien las enseñó a tejer, no vos. De vos, las muchachas tendrán un nuevo tejedor, el mejor que el dinero pueda comprar. Eso por olvidar el nombre de la vieja mujer. Podéis retiraros.

Reznak había llamado a otro idiota con tokar, pero la reina insitió en que llamase a uno de los libertos. Desde entonces, alternó peticiones de los antiguos esclavistas y de los antiguos esclavos. Muchos de los asuntos que trajeron ante ella se referían a reparaciones. Mereen había sido saqueada salvajemente tras su caída. Las pirámides escalonadas de los nobles se habían ahorrado los peores estragos, pero las zonas poderosas de la ciudad habían sufrido oleadas de saqueos y asesinatos en cuanto los esclavos se alzaron y las hordas hambrientas que la habían seguido desde Yunkay y Astapor entraron corriendo por las puertas rotas. Sus Inmaculados habían conseguido restaurar el orden, pero los saqueos habían dejado una plaga de problemas tras su estela, y nadie estaba seguro de qué leyes aún eran válidas. Y venían a ver a la reina.

Vino una vieja mujer rica, cuyo marido e hijos habían muerto defendiendo los muros de la ciudad. Se había trasladado a casa de su hermano por miedo. Luego, cuando volvió, se encontró con que su casa se había convertido en un burdel. Las putas se habían adornado con sus joyas y sus vestidos. Quería que le devolviesen su casa, y sus joyas.

—Pueden quedarse las ropas —concedió. Dany le devolvió las joyas, pero decretó que la casa había quedado abandonada cuando la abandonó.

Vino un antiguo esclavo, para acusar a cierto noble de los Zhak. El hombre acababa de casarse con una liberta que había sido la esclava de cama de un noble antes de que la ciudad cayese. El noble había tomado su virginidad, la había usado a placer y la había dejado embarazada. El nuevo marido quería que el noble fuese castrado por el crimen de violación, y también una bolsa de oro para poder criar al bastardo del noble como su propio hijo. Dany le concedió el oro, pero no la castración.

—Cuando se acostó con ella, vuestra mujer era su propiedad y podía hacer con ella lo que quisiera. Por ley, no hubo violación.

Su decisión no lo satisfizo, pudo verlo, pero si castraba a todos los hombres que habían forzado a esclavas de cama, reinaría sobre una ciudad de eunucos.

Vino un muchacho, más joven que Dany, delgado y con cicatrices, vestido en un tokar gris deshilachado arrastrando flecos plateados. Se le quebró la voz cuando explicó cómo dos de los esclavos de la casa de su padre se habían rebelado la noche que las puertas se rompieron. Uno había matado a su padre, el otro a su hermano mayor. Ambos violaron a su madre antes de matarla también. El muchacho había escapado sólo con la cicatriz de su rostro, pero uno de los asesinos aún vivía en la casa de su padre, y el otro se había unido a los soldados de la reina como uno de los Hombres de la Madre. Quería que ambos fuesen colgados.

Soy la reina de una ciudad construida sobre polvo y muerte. Dany no tuvo más opción que negárselo. Había declarado un perdón general por todos los crímenes cometidos durante el saqueo. Tampoco castigaría a esclavos por rebelarse contra sus amos.

Cuando se lo dijo, el muchacho estuvo a punto de precipitarse sobre ella, pero el pie se le enredó en el tokar antes de que diese dos pasos, y quedó extendido sobre el mármol dorado. Belwas el Fuerte se lanzó sobre él. El eunuco enorme y moreno lo levantó hasta dejarlo arrodillado y lo sacudió como un mastín a una rata.

—Suficiente, Belwas —gritó Dany—. Suéltalo. —Al muchacho, le dijo—: Atesora ese tokar, porque te ha salvado la vida. Si nos hubieses tocado en tu rabia, habrías perdido la mano. Eres sólo un muchacho, así que olvidaremos lo que ha sucedido aquí. Mejor que hagas lo mismo. —Pero mientras se marchaba, el muchacho se giró y cuando Dany le vio los ojos pensó, la arpía tiene otro hijo.

El día fue avanzando lentamente, tedioso o terrorífico por momentos. A mediodía, Daenerys sentía el peso de la corona sobre su cabeza y la dureza del banco. Con tantos aún esperando, no paró para comer. En vez de eso, envió a Jhiqui a las cocinas a por un plato de pan, olivas, higos y queso. Los mordisqueó mientras escuchaba, y daba sorbos de una copa de vino aguado. Los higos estaban buenos, las olivas incluso mejores, pero el vino le dejó un regusto metálico en la boca. Las uvas pequeñas, amarillas y pálidas de esas regiones producían un vino de calidad notablemente inferior. No tendremos comercio de vino, supo Dany mientras bebía. Además, los Grandes Amos habían quemado las mejores cepas junto con las oliveras.

Por la tarde un famoso escultor afeitado se presentó ante ella, pidiendo permiso para reemplazar la cabeza de la gran arpía de bronce de la Plaza de la Purificación por una hecha a imagen de Dany. Se lo denegó con tanta cortesía como pudo reunir, intentando no estremecerse. Habían capturado un pez de tamaño sin precedente en el Skahazadhan, y el pescador que lo capturó quería entregarlo a la reina. Admiró el pez de forma extravagante, recompensó al pescador con una gran bolsa de plata y envió el pez a las cocinas. Un joven herrero del cobre le había confeccionado un traje dorado de anillos pulidos para vestir en la guerra. Lo aceptó con un agradecimiento exagerado; era maravilloso para tenerlo, y todo ese bronce pulido seguramente luciría precioso al sol, aunque si la amenazaba alguna batalla preferiría ir vestida de acero. Hasta una niña pequeña que no sabía nada de la guerra sabía eso.

Las sandalias que le había enviado el Rey Carnicero ya se habían vuelto incómodas. Dany se las quitó y se sentó con un pie desnudo doblado bajo ella y el otro balanceándose adelante y atrás. No era una postura muy majestuosa, lo sabía, pero estaba cansada de ser majestuosa. La corona le había provocado dolor de cabeza, y las nalgas se le estaban empezando a dormir.

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Re: Capítulo de Daenerys "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:37 am

—Ser Barristan —lo llamó—, ya sé qué cualidad un rey necesita por encima de todo.

—¿Coraje? —dijo el viejo hombre.

—No —bromeó ella—, nalgas de hierro. Todo lo que hago es sentarme.

—Su Alteza se encarga de demasiado. Deberíais dejar a vuestros consejeros llevar algunas de vuestras cargas.

—Tengo demasiados consejeros. Lo que necesito son almohadas. —Dany se giró hacia Reznak—. ¿Cuántos más?

—Veintitrés, si complace a su Magnificencia. Con sendas peticiones. —El senescal consultó algunos papeles—. Un ternero y tres cabras. El resto serán ovejas o corderos, no hay duda.

—Veintitrés —repitió Dany, incrédula—. Mis dragones han desarrollado un prodigioso gusto por el ganado desde que empezamos a pagar a los pastores lo que les comían. ¿Sus peticiones han sido comprobadas?

Reznak se inclinó.

—Magnificencia, si un dragón baja del cielo y se come la oveja de un hombre, ¿cómo lo puede probar? Algunos hombres han traído huesos quemados.

—Los hombres hacen fuego —apuntó Dany—. Los hombres comen ovejas. Huesos quemados no significan nada. Ben Plumm el Moreno dice que aún hay lobos rojos en las montañas de fuera de la ciudad, y chacales y perros salvajes. ¿Debemos pagar por cada cordero que se pierda entre Yunkai y el Skahazadhan?

—No, Magnificencia. —Hizo otra reverencia, ésta más profunda—. ¿Debo enviar a estos granujas fuera, o queréis que sean azotados?

—¿Azotados? —Daenerys rebulló en su asiento. El ébano se notaba duro bajo ella—. Ningún hombre debe temer venir a verme. Pagadles. —Algunas de las peticiones eran falsas, no lo dudaba, pero seguramente más eran auténticas. Sus dragones se habían vuelto demasiado grandes para alimentarse de ratas y perros y gatos, como antes hacían. Mientras más coman más crecerán, la había advertido ser Barristan, y mientras más crezcan, más necesitarán comer. Sobre todo Drogon, que era el que iba más lejos a cazar, y Dany no dudaba que devorase una oveja por día—. Pagadles por el valor de sus animales —le dijo a Reznak—, pero de ahora en adelante cualquier peticionario debe presentarse en el Templo de las Gracias y hacer un juramento sagrado ante los dioses de Ghis.

—Así se hará —Reznak se giró para encararse a los peticionarios que quedaban—. Su Magnificencia la Reina ha concedido compensaros por cada animal que hayaís perdido —les dijo en la lengua Ghiscaria, la única lengua que la mayoría de ellos entendía—. Presentaos a mis ayudantes por la mañana y os pagarán en moneda o especias, como prefiráis.

El anuncio fue recibido con un hosco silencio. Tendrían que estar contentos, pensó Dany, preocupada. Tienen lo que han venido a buscar. ¿No hay manera de contentar a esta gente?

Un hombre se quedó detrás mientras el resto se iban; un hombre rechoncho con el rostro curtido y pobremente vestido. Su pelo era un casco rojo y negro de alambre corto sobre sus orejas, y en una mano llevaba un saco hecho de un mantel ruinoso. Se quedó con la cabeza gacha, mirando el suelo de mármol como si hubiese olvidado dónde estaba. ¿Y éste qué quiere?, se preguntó Dany frunciendo el ceño.

—Arrodillaos todos ante Daenerys de la Tormenta, La Que No Arde, Reina de Mereen, Reina de los Ándalos y los Rhoynar y los Primeros Hombres, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Liberadora de Grilletes y Madre de Dragones —clamó Missandei en su potente dulce voz.

El tokar de Dany empezó a deslizarse. Lo cogió y lo puso en su lugar.

—Tú, el del saco —gritó—, ¿deseas hablar con nosotros? Puedes acercarte.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban rojos y ásperos, como irritados. Dany entrevió a ser Barristan acercándose, una sombra blanca a su lado. El hombre se acercó arrastrando los pies, un paso, luego otro, arrastrando su saco. ¿Está enfermo o borracho?, se preguntó. Tenía suciedad bajo las uñas amarillentas y agrietadas.

—¿Qué es? —le preguntó—. ¿Tienes alguna queja que presentar, alguna petición? ¿Qué deseas de nosotros?

Se lamió los labios resecos, nervioso.

—He... he traído...

—¿Huesos? —dijo ella, impaciente—. ¿Huesos quemados?

Levantó el saco y desparramó el contenido sobre el mármol.

Eran huesos, huesos rotos y ennegrecidos. Los más largos los habían partido en busca del tuétano.

—Fue el negro —dijo el hombre en un áspero rugido ghiscario— La sombra alada. Bajó del cielo y... y...

Drogon, pensó Dany. No, no, oh no.

—¿Eres sordo, idiota? —le gritó Reznak mo Reznak— ¿No has oído mi proclama? Acude a mis ayudantes por la mañana y te pagarán por tu oveja.

—Reznak —dijo ser Barristan con voz ronca—, cierra la boca y abre los ojos. No son los huesos de una oveja.

No, pensó Dany, son los huesos de un niño.

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