Capítulo de Hediondo "A Dance With Dragons"

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Capítulo de Hediondo "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:41 am

En fin, aquí está. Es cortito, es tan vulgarmente fácil adivinar de quién se trata que no sé por qué no lo escribe al principio de la primera línea, no da prácticamente ninguna información que no supiésemos ya, se limita a añadir ruido de fondo al panorama general... Como toda Danza sea por el estilo, ay cómo sufriremos...

Hala, un saludo a todos. A menos que haya novedades como ésta, parece que la próxima vez que nos veamos ya será con el libro entre las manos. Y no, ése, cuando salga, si sigo vivo (porque al fin y al cabo la vida de los mortales es finita, por mucho que a veces el señor Martin parezca pensar de otro modo).

PD: felicidades a kosak01 por las traducciones de los capítulos. Mil gracias.

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La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Re: Capítulo de Hediondo "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:43 am

Hediondo

La rata chilló mientras la mordía, revolviéndose salvajemente en sus manos. La parte más tierna era el vientre. Resolló al notar la carne dulce, la sangre caliente corríendole por los labios. Estaba tan buena que se le saltaron las lágrimas. Le sonaron las tripas y tragó. Al tercer mordisco, la rata había dejado de forcejear y él se sentía casi satisfecho.

Entonces oyó ruido de voces en el exterior del calabozo.

Al principio se quedó quieto, con miedo incluso de masticar. Tenía la boca llena de sangre, pelo y carne, pero no se atrevía a tragar. Escuchó aterrorizado el ruido de unas botas y el tintineo de las llaves de hierro. No, pensó, por favor dioses, ahora no. Le había llevado tanto tiempo capturar a la rata... Si me atrapan con ella me la quitarán, y luego Lord Ramsay me hará daño.

Sabía que debía esconder la rata, pero tenía tanta hambre... Llevaba dos días sin comer, puede que hasta tres. Ahí abajo en la oscuridad era difícil saberlo. Aunque tenía los brazos y las piernas delgados como juncos, el vientre estaba hinchado y vacío, y le dolía tanto que a menudo se acordaba de lady Hornwood. Después de su boda, Lord Ramsay la había encerrado en una torre y la había dejado morir de hambre. Al final se había comido sus propios dedos.

Se agachó en una esquina de la celda, apretando el premio entre las manos. Le corría sangre por la comisura de los labios mientras desgarraba la rata con los dientes, tratando de engullir tanta carne como pudiese. Estaba llena de fibras, pero tan rica que pensó que podría estar enfermo. Mordía y tragaba, notando los huesos pequeños crujiendo entre los dientes.

Los ruidos se hicieron más fuertes. Por favor, dioses, que no venga a por mí. Había otras celdas, otros prisioneros. A veces hasta los oía chillar a través de los gruesos muros de piedra. Las mujeres siempre son las que chillan más alto. Sorbió la carne cruda y trató de escupir el hueso de la pierna, pero le goteó sobre el labio inferior y se le enredó en la barba. Vete, suplicó, vete, pasa de largo, por favor, por favor.

Pero el ruido de pasos se paró cuando más alto se oían y las llaves repiquetearon justo ante su puerta. La rata se cayó de entre sus dedos. Los talones de sus pies escarbaron entre la paja mientras intentaba empujarse hacia la esquina.

El ruido de la cerradura al girar fue lo peor. Cuando la luz le golpeó en la cara, soltó un alarido.

—No es él—dijo la voz de un niño—. Míralo. Nos hemos equivocado de celda.

—La última celda de la derecha —contestó otro niño—. Esta es la última celda de la derecha, ¿no?

—Sí. —Una pausa.— ¿Qué dice?

—Creo que no le gusta la luz.

—¿Te gustaría a ti, si tuvieses esa pinta? —El niño carraspeó y escupió.—Y además apesta, es como para ahogarse.

—Ha estado comiendo ratas —dijo el segundo niño—. Mira.

—Sí que lo ha hecho —se rió el primer niño—, qué gracioso.

Tuve que hacerlo, pensó. Las ratas lo mordían cuando dormía , royéndole los dedos de los pies y de las manos, incluso la cara, así que cuando cazó a una no lo dudó. Las únicas opciones habían sido comer o ser comido.

—Lo hice —masculló—, lo hice, lo hice, me las comí, ellas me hacían lo mismo, por favor...

Los niños se acercaron, haciendo crujir la paja bajo sus pies.

—Habla —dijo uno de ellos. El más pequeño, una niño delgado pero listo—. Dime tu nombre.

Mi nombre. Un grito atascado en su garganta. Le habían enseñado su nombre, se lo habían enseñado, pero hacía tanto que lo había olvidado. Si me equivoco se llevará otro dedo, o peor, él me...

—Por favor —graznó con un hilillo de voz. Sonaba como si tuviese cien años. Tal vez los tenía. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Hediondo —dijo el mayor de los muchachos—. Tu nombre es Hediondo, ¿lo recuerdas?

Era el que llevaba la antorcha. El pequeño tenía el anillo de las llaves.

¿Hediondo? Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Lo recuerdo, sí, lo recuerdo. —Su boca se abría y cerraba—. Mi nombre es Hediondo. Rima con hondo. *

En la oscuridad no necesitaba un nombre, así que era fácil olvidarlo. Hediondo, Hediondo, me llamo Hediondo. No había nacido con ese nombre. En otra vida había sido otra persona, pero aquí y ahora se llamaba Hediondo. Lo recordaba.

También recordaba a los niños. Llevaban jubones de lana a juego, plata gris con ribetes azul oscuro. Los dos eran escuderos, los dos tenían ocho años y los dos eran Walder Frey. Walder el Mayor y Walder el Pequeño, sí. Sólo que el Mayor era pequeño, y el Pequeño era mayor, lo que divertía a los muchachos y confundía al resto de la gente.

—Os reconozco —susurró a través de labios agrietados—, sé vuestros nombres.

—Vas a venir con nosotros —dijo Walder el Pequeño.

—Su señoría te necesita —dijo Walder el Mayor.

El miedo le recorrió el cuerpo. Son sólo críos, pensó. Dos niños de ocho años. Seguramente podía vencer a dos niños de ocho años. Incluso tan débil como estaba, podía coger la antorcha, coger las llaves, coger la daga envainada de la cadera de Walder el Pequeño, escapar. No, es demasiado fácil. Es una trampa. Si me escapa, se me llevará otro dedo, se me llevará más dientes.

"Sirve y obedece y recuerda quién eres, y no recibirás más dolor". Lo había prometido, su señoría lo había prometido. Aunque hubiese querido resistirse, no era lo bastante fuerte. Lo había azotado, lo había dejado sin comida, lo había desollado. Cuando Walder el Mayor lo levantó y Walder el Pequeño agitó la antorcha ante él para sacarlo de la celda, los siguió como un perro faldero; si hubiese tenido rabo, lo habría llevado entre las piernas.

Afuera en el patio se estaba haciendo de noche en Fuerte Terror y la luna llena se levantaba sobre los muros orientales del castillo. La pálida luz lanzaba la sombra de las altas almenas triangulares sobre el suelo helado, una línea de dientes negros afilados. El aire era frío, húmedo y estaba lleno de olores medio olvidados. El mundo, se dijo Hediondo a sí mismo, así es como huele el mundo. No sabía cuánto tiempo había estado encerrado en el calabozo, pero al menos había sido medio año. ¿Y si han pasado cinco años, o diez, o veinte? ¿Llegaría a saberlo? ¿Y si me hubiese vuelto loco ahí abajo, y ya ha pasado la mitad de mi vida? Pero no, eso era una locura. Los niños aún eran niños. Si hubiesen pasado diez años, se habrían convertido en hombres. Debía recordarlo. No puedo permitirles volverme loco. Puede llevarse mis dedos, puede sacarme los ojos y cortarme las orejas, pero no puede quitarme el juicio a menos que se lo permita.

Walder el Pequeño dirigía el camino con una antorcha en la mano, Hediondo le seguía mansamente, con Walder el Mayor justo tras él. Los perros de la perrera ladraron mientras pasaban. El viento soplaba por el patio, atravesando la tela de los harapos que llevaba y poniéndole la piel de gallina. El aire nocturno era frío y húmedo, pero no había ni rastro de nieve, pese a que seguramente el invierno estaba a la vuelta de la esquina. Hediondo se preguntó si seguiría vivo para ver llegar las nieves. ¿Cuántos dedos tendré aún en las manos?, ¿y cuántos en los pies? Cuando alzó una mano, se sorprendió al ver lo blanca que estaba, lo descarnada. Tengo manos de viejo. ¿Se habría equivocado respecte a los muchachos? ¿Y si después de todo no eran Walder el Pequeño y Walder el Mayor sino sus hijos?

El vestíbulo principal estaba poco iluminado y lleno de humo. A derecha e izquierda ardían hileras de antorchas sostenidas por esqueletos de manos humanas que sobresalían de los muros. Sobre sus cabezas había vigas ennegrecidas por el humo y un techo en forma de bóveda que se perdía entre las sombras. El aire estaba tan lleno de olor a vino, cerveza y carne asada que el estómago de Hediondo rugió y la boca se le llenó de saliva.

Walder el Pequeño lo empujó a través de las largas mesas llenas de hombres de la guarnición comiendo. Hediondo podía notar sus miradas siguiéndolo. Los mejores lugares, junto al estrado, los ocupaban los favoritos de Ramsay. Pero también había extranjeros, caras que no conocía. Algunos arrugaron la nariz cuando pasó, otros se rieron al verlo.

En la mesa principal estaba el Bastardo de Bolton, sentado en el sitio de su padre, bebiendo de la copa de su padre. Dos hombres viejos compartían su mesa, y Hediondo supo al echarles un vistazo que ambos eran señores. Uno era descarnado y de ojos de piedra, larga barba blanca y una cara tan dura como el frío del invierno. Llevaba la piel raída de un oso como chaleco, gastada y grasienta. Debajo llevaba un peto de malla, incluso sentado a la mesa. El otro lord también estaba delgado, pero tan torcido como recto el primero. Uno de sus hombros era mucho más alto que el otro, y se inclinaba sobre la mesa como un buitre sobre la carroña. Tenía ojos grises y avariciosos, dientes amarillos, una barba enmarañada hecha de nudos de nieve y plata. Sólo le quedaban unos cuantos mechones de pelo blanco en la cabeza, pero la capa que vestía era suave y elegante, lana gris ribeteada de piel de marta y con una filigrana en el hombro, un sol tejido en plata batida.

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Re: Capítulo de Hediondo "A Dance With Dragons"

Mensaje  Arnath el Vie Jul 24, 2009 11:44 am

Ramsay iba de negro y rosa: botas negras, cinturón y vaina negras, chaleco negro de cuero sobre un jubón rosa con cuchilladas en un rojo oscuro satinado. En la oreja derecha brillaba un granate en forma de gota de sangre. Pero a pesar del esplendor de su vestimenta, seguía siendo un hombre feo, de huesos grandes y espalda encorvada, con tal flacidez en las carnes que probablemente al envejecer se volvería gordura. Tenía una piel rosada y llena de manchas, la nariz ancha, la boca pequeña, el pelo largo, oscuro y seco. Los labios eran grandes y carnosos, pero lo primero en que uno reparaba al mirarlo eran los ojos. Tenía los ojos de su padre: pequeños, muy juntos, increíblemente pálidos. Gris fantasmal, lo llamaban algunos hombres, pero en el fondo eran unos ojos incoloros, como dos esquirlas de hielo sucio.

Sonrió al ver a Hediondo.

—Aquí estás. Mi viejo amigo amargado.—A los hombres que tenía a su alrededor les dijo—: Hediondo ha estado conmigo desde que era un niño. Su padre me lo entregó como muestra de amor.

Los dos lores intercambiaron una mirada.

—Había oído que vuestro sirviente estaba muerto —dijo el del hombro encorvado—. Asesinado por los Stark, se decía.

Lord Ramsay se rió.

—Los hombres del hierro dirían que lo que está muerto no puede morir, se alza de nuevo, más duro y más fuerte. Como Hediondo. Aunque huele como un cadáver, eso lo reconozco.

—Huele a abono y a vómito rancio.—El viejo lord cargado de espaldas soltó el hueso que había estado mordisqueando y se limpió los dedos con el mantel de la mesa.—¿Hay alguna razón por la que debáis tenerlo aquí mientras comemos?

El lord con el peto de mallas estudió a Hediondo con ojos de piedra.

—Vuelve a mirarlo—incitó al otro lord—. El pelo se le ha puesto blanco y pesa veinte quilos menos, pero no es ningún sirviente. ¿Lo has olvidado?

El lord encorvado miró de nuevo y bufó de repente.

—¿Él? ¿Es posible? El pupilo de los Stark. Sonreía; siempre sonreía.

—Ya no sonríe tanto —admitió Lord Ramsay—. Puede que le haya roto unos cuantos de esos dientes tan blancos.

—Habríais hecho mejor cortándole la garganta—dijo el lord de la cota de mallas—. Cuando un perro traiciona a su amo la única opción es despellejarlo.

—Oh, ya ha sido despellejado, aquí y allá.

—Sí, mi señor, fui malo, mi señor. Insolente y... —Se lamió los labios, intentando recordar qué más había hecho. Sirve y obedece, se dijo a sí mismo, y te dejará vivir, y quedarte con las partes que aún tienes. Sirve y obedece y recuerda tu nombre. Hediondo, Hediondo, rima con blando. **

—Tienes sangre en la boca —observó Ramsay—. ¿Has estado mordisqueándote los dedos otra vez, Hediondo?

—No. No, mi señor, lo juro. —Hediondo había intentado arrancarse el dedo una vez, para que dejase de doler después de que le hubiesen arrancado la piel. Lord Ramsay nunca se limitaba a cortarle el dedo a alguien. Prefería desollarlo y dejar que la carne expuesta se secase y agrietase y ulcerase. Lo habían azotado, lo habían puesto en el potro de tortura, lo habían cortado, pero ningún dolor era tan atroz como el que llegaba después de ser desollado. Era el tipo de dolor que volvía locos a los hombres, y era imposible soportarlo mucho tiempo. Tarde o temprano la víctima gritaba: “Por favor, ya basta, que deje de doler, córtamelo”, y sólo entonces Lord Ramsay cedería. Ése era el juego y Hediondo ya había aprendido las reglas, pero la única vez que las había olvidado e intentado acabar con el dolor con sus dientes, Ramsay se disgustó mucho, y la ofensa le costó a Hediondo perder otro dedo del pie.

—Me he comido una rata —murmuró.

—¿Una rata? —La luz de las antorchas se reflejaba en los pálidos ojos de Ramsay.— Todas las ratas de Fuerte Terror pertenecen a mi padre. ¿Como te atreves a comerte una de ellas sin mi permiso?

Hediondo no supo qué contestar, así que no dijo nada. Una palabra equivocada podía costarle otro dedo del pie, incluso de la mano. Hasta entonces había perdido dos dedos de la mano derecha y otro de la izquierda, y sólo el dedo pequeño del pie derecho en comparación con los tres del izquierdo. A veces Ramsay bromeaba sobre equilibrar las cosas. No quiere hacerme daño, me lo dijo, sólo lo hace cuando me lo merezco. Habría tenido que desollarle la cara por algunas de las cosas que Hediondo había dicho antes de aprender su verdadero nombre y su lugar.

Lord Ramsay se llenó la copa de cerveza.

—Hediondo, tengo buenas noticias para ti. Voy a casarme. Mi padre me traerá una niña Stark. La hija de lord Eddard, Arya. Recuerdas a la pequeña Arya, ¿no es así?

Arya-entre-los-pies, casi lo dijo. Arya Caracaballo. La hermana pequeña de Robb, con el pelo castaño, la cara larga, delgada como un palo, siempre sucia. Sansa era la guapa. Se acordaba de un tiempo en que pensaba que Lord Eddard lo casaría con Sansa y lo aceptaría como a un hijo, pero eso sólo fueron los sueños de un crío. Arya, sin embargo...

—La recuerdo. Arya.

—Será la señora de Invernalia, y yo su señor.

Sólo es una niña.

—Sí, mi señor. Enhorabuena.

—¿Asistirás a mi boda, Hediondo?

Hediondo dudó.

—Si es lo que deseáis, mi señor.

—Oh, lo deseo.

Dudó de nuevo, pensando si no sería alguna trampa cruel.

—Sí, mi señor. Si a vos os parece bien, me sentiré muy honrado.

—Tenemos que sacarte de esa mazmorra asquerosa, entonces. Lavarte toda esa porquería, darte unas ropas limpias, algo para comer. Tengo un pequeño trabajo para ti, y necesitas recobrar las fuerzas si tienes que servirme. Porque quieres servirme, no lo dudo.

—Sí, mi señor. Más que nada. —Un escalofrío lo recorrió.— Soy vuestro Hediondo. Por favor, permitidme serviros. Por favor.

—Puesto que lo pides tan amablemente, ¿cómo podría negarme? —Ramsay Bolton sonrió—. Cabalgo a la guerra, Hediondo. Y vendrás conmigo para ayudarme a traer a casa a mi doncella.

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