Crónicas de Sangre: Recuerdos

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Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Lun Jun 14, 2010 1:46 pm

Su voz me llamaba desde lo más profundo de la oscuridad. La primera vez que le oí no fui capaz de creerlo y caí aún más en el pozo de mi soledad, pero entonces el glorioso sonido volvió a repetirse. No había sido producto de mi imaginación. Hubiera llorado si mi sangre no se hubiera agotado hacía décadas. Había oído su fabuloso rugido. Como Ella me lo había prometido hacía siglos, el Dragón había venido a buscarme. Era capaz de escuchar el eco de sus poderosos pasos desde mi tumba sellada. Alabé a Gabrielle en silencio mientras mi prisión se tambaleaba y quebraba.

Nada era capaz de detener al Dragón. Por muy profundo que el León hubiera cavado, Él era capaz de llegar. En poco, estaba libre. La piedra había cedido bajo su terrible fuerza. El polvo levantado me cegaba casi por completo la visión, pero mis ojos fueron capaces de vislumbrar su silueta. El Dragón avanzó hacia mí sin dudar. Su cabello negro contrastaba terriblemente con su pálida piel. Poseía una constitución musculosa y hermosa, pero sus profundos ojos oscuros me hicieron arrodillarme ante él.

El Dragón no se detuvo ahí y me abrazó contra su poderoso pecho. Vestía ropajes oscuros que portaban la famosa librea, pero me percaté de un cambio.

- ¿Qué ha sucedido con tus hermosas cabezas?- le pregunté con alarma.

- El Rey Negro ha muerto- me confesó-. Ahora los dragones sólo tienen una cabeza.

Este hecho me dejó turbada, mas no hice otra cosa que contemplar lo que me había sido prometido.

- Bebe- dijo mientras tendía su muñeca hacia mí.

Lo hice de manera salvaje, como descendiente del León que soy y tan hambrienta por los siglos de ayuno y letargo. Clavé mis colmillos profundamente en su piel, pero Él ni se inmuto. Su sangre era dulce, probablemente la más dulce que jamás había probado. Mientras me saciaba con el elixir que el Dragón me ofrecía, recordé cual era mi misión. Él me la susurró en la oscuridad de mi tumba.

- El León debe morir.

- ¿Quién eres?- le pregunté, aunque sabía que era una imprudencia.

Sus antiguos ojos me contemplaron mientras apartaba de mí la sangre que era la fuente de su poder.

- ¿Acaso no me reconoces, descendiente de Gabrielle?- me dijo suavemente su voz en mi mente. Recordé las leyendas que contaban que algunos dragones eran capaces de hablar en las mentes de los demás.- Yo soy el príncipe prometido, de la sangre de Elsinor, señor de la vida y la muerte. Soy el paladín del Tiempo de Sangre y Fuego que está por llegar. ¿No ves mi poder, hija de Justine? ¿Piensas realmente que otros podrán enfrentarse a mí?

En ese momento lo contemplé en una visión, vislumbré el triunfo del Dragón sobre los demás. Le vi aplastando buitres, leones, lobos, serpientes e incluso otros dragones. Ninguno de ellos podía resistir su abrasador fuego ni su poderosa fuerza, pero entonces le contemplé enfrentándose contra un ser creado por el mismo fuego del infierno, una criatura cuyo poder no se aplacaba bajo su antigua furia. El ser se reía burlón mientras convocaba los poderes que le había proporcionado su malévolo amo.

La visión terminó con estrépito. Volví a encontrarme en el interior de la tumba. Ahora sabía por qué Gabrielle había planeado todo esto. Mi misión no solo era destruir al León. Debía acabar con la criatura de Satanás. El Dragón era el Esperado y sabía que debía acabar con sus enemigos. Yo sabía cuál era la manera de conseguirlo, la manera de vencer a los malvados que se oponían a su voluntad. Por ello, le seguí hacia la libertad de la superficie.

Wallachia debía de ser entregada a quien de verdad le pertenecía. Gracias a los Padres, me di cuenta de que Él no estaba sólo. Cuando contemplé de nuevo las estrellas también fui capaz de vislumbrar los miles que le seguían con sus grandes estandartes alzados. El fuego del Dragón purgaría las tierras malditas de Wallachia de la corrupción y daría comienzo el Tiempo de Sangre y Fuego.


Recuerdos de Pandora, la Santa.


Última edición por Arnath el Jue Ene 13, 2011 5:03 pm, editado 7 veces

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Re: Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Lun Jun 14, 2010 1:48 pm

Le oí decir una sola palabra, y todo lo que siguió fue un insoportable calor. Noté como las otras bestias menores se refugiaban como niños en la protección que les ofrecía la oscuridad. En el fondo me reí de ellas, deseando que se abrasaran en las oscuras llamas que Taliesin arrojó sobre el cuerpo de Magnus. No eran dignas siquiera de contemplarnos o admirarnos. Nunca hubiera pensado que aquel al que llamaba hermano tuviera semejante poder y, por primera vez desde que habíamos abandonado juntos el seno de nuestra madre, me inspiró miedo.

Pude ver como Magnus retrocedía de la misma forma que sus hijos ante las llamas, intentando en vano apagar el fuego que destrozaba su inmortal cuerpo, con el poder de su mente, pero noté la presión que Taliesin ejercía sobre su ser, haciéndole totalmente incapaz de apagar una sola vela. Siempre había pensado en el Guardián como un ser tan poderoso e indestructible como los divinos Padres y verle prendido en llamas me provocó una clara sensación de vulnerabilidad.

Me había sorprendido cuando Taliesin había retado a Magnus al que sería el primer Duelo de Sangre, pensando que nunca podría superar los antiguos poderes del hijo de Elsinor, pero mi gemelo siempre había sido un ser prodigioso.

Había pocas cosas capaces de destruir a uno de los nuestros, pero mi hermano conocía todas las existentes. La partida de la Madre le había enfurecido de una manera insospechada y no parecía estar de acuerdo en dejar a Magnus heredar el trono de nuestra madre oscura. En cambio, ¿qué podíamos hacer nosotros contra el pueblo que aclamaba el nombre de Magnus y esos hijos que había engendrado? Si Taliesin mataba al Guardián y se proclamaba rey solo nos quedaría un pueblo abatido por la muerte de su amado príncipe y unos vampiros jóvenes rencorosos y deseosos de nuestra sangre.

La figura de Taliesin era imponente y le contemplé como cuando me miro en un espejo. Conocía a la perfección cada centímetro de su cuerpo, gemelo del mío. Sus fuertes músculos y su rostro afilado le daban un aspecto terrible entre el fuego que había provocado. Llevaba el pelo negro corto, pues jamás hubiese permitido que este se hubiera interpuesto en su visión.

Los gritos del Guardián me llevaron a moverme, poniéndome entre mi hermano y aquel que debía ser rey para conservar la paz. Las grandes llamas se retiraron del cuerpo de Magnus, que cayó pesadamente contra el suelo. Sus hijos salieron a socorrerle. En ese momento contemplé los ojos de mi hermano, verdes y profundos, cargados de una profundo odio. Sabía que él había detenido las llamas por temor a destruirme, pues yo era la única persona en el mundo al cual nunca querría dañar.

- ¿Por qué me detienes, hermano?- me dijo- A mí, que soy más poderoso que cualquiera de los vampiros que pisa Wallachia.

No pude explicarle nada de lo que sentía mi corazón, y sabía que su alma se había cerrado para mí. Fue como si me arrebatasen lo más profundo que siempre había poseído. Me provocó un dolor que nunca iba a ser capaz de superar.

La mirada de Taliesin se volvió lentamente hacia Magnus y contemplé como uno de sus pálidos brazos se transformaba en una serpiente y mordía el cuello del Guardián. Desde ese momento, le apodaron la Serpiente. El profundo veneno de su mordedura entró en Magnus y, por primera vez en nuestra historia, se escuchó su maldición, que tantas veces sería repetida a lo largo de los siglos por los bardos y las leyendas.

- Escúchame, Magnus- comenzó la Serpiente, mientras la mandíbula seguía clavándose profundamente en el cuello del futuro rey. Este se esforzó para zafarse de lo que aparentemente era el brazo de Taliesin, pero fue inútil-. Tú que eres hijo del dios reencarnado. Amado y respetado por los tuyos. Contempla tu trono de cuerpos y llora, pues todos los que se sienten en él, morirán traicionados y sus vidas estarán cargadas de odio y desgracias. La tierra se pudrirá bajo tu reinado y sufrirás al verte traicionado por los tuyos- su terrible risa se extendió por las murallas del Castillo Negro-. Solo yo, que soy más poderoso de lo que puedas soñar, podré retirar este castigo.

Tras esto, el apéndice de serpiente que había surgido de él, volvió a formar su hermoso brazo y contemplé como se marchaba hacia la oscuridad de la noche. Tomó rumbo hacia el norte. Supuse que se dirigía hacia sus dominios en Moldavia. Ni siquiera se dignó a dirigirme una última mirada y lloré por primera vez como vampiro, derramando el único fluido que poseemos: sangre, mientras contemplaba su figura perdiéndose en el horizonte.

- Perseguidlo y matadlo- oí que decía en un murmullo la voz del débil Magnus.

- ¿De verdad piensas que alguno de nosotros puede acabar con él, Magnus?- le dije, indignado y decepcionado de su propia fuerza- ¿No has contemplado lo que su simple mirada ha hecho contigo?

Todas sus débiles creaciones me miraron con odio desde la oscuridad, viendo en mí el mismo rostro que acababa de vencer a su creador. Sabía que querían acabar con mi gemelo, pero su poder les causaba tal terror que no se atreverían ni a abandonar Darkeon en semanas. Yo sabía que Taliesin no había terminado. Mi intervención le había hecho retroceder y perdonar a Magnus, pero eso ya no volvería a pasar. Desde ahora en adelante, me dí cuenta de que solo yo podría detenerlo.


Recuerdos de Arturo, Primero de los Adamante.


Última edición por Arnath el Sáb Ago 28, 2010 1:10 pm, editado 1 vez

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Re: Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Sáb Ago 28, 2010 12:32 pm

Cuando la escolta de Vencedores Turcos abrió las puertas de la sala del trono, me encontré directamente con la mirada de Mannfred Dracul-Astaroth, su reina Leonora y la bruja que les sirve, Pandora. Él se hallaba sentado en un trono en forma de dragón, que me recordó de nuevo al señor que había traicionado. En su frente se encontraba una bella corona con esmeraldas y rubíes, de una hermosura tan grande como su traje verde y la larga capa real de color carmesí que le colgaba de sus hombros. Una espada descansaba sobre sus rodillas, y supe que aunque las dos mujeres que le rodeaban le amaban, él tenía primero una obligación con su verdadera dama: la guerra.

- ¿Por qué vienes a nosotros, Néstor?- me preguntó de manera inquisitiva Leonora. En mi nombre había puesto una entonación de pura maldad y resentimiento. Ella no era menos imponente que su rey. Iba coronada de manera similar y se sentaba en un trono de menor tamaño, pero llevaba un vestido dorado que le hacía resaltar y resplandecer como el olvidado sol.- Tu señor no sólo no nos ha jurado lealtad, sino que se ha arrodillado ante el Mestizo y la Cábala. ¡Le ha coronado rey!- me gritó encolerizada-. ¿Cómo ha podido atreverse? Ahora, los ejércitos de vuestro padre atacan nuestra frontera y han provocado la muerte de nuestro amado Johan…

- Sé lo que te ha traído hasta nosotros, Azazel. Cuéntale a mi señor lo que has hecho- la interrumpió Pandora. Mientras ella me decía estas palabras, uno de los Vencedores que me había acompañado se acercó a Mannfred y le susurró algo al oído. Sabía que le estaba hablando de los vampiros y soldados que había traído conmigo. Cuando contemplé bien al soldado en la luz de la sala, me percaté de que no era un humano. Había contemplado más de lo necesario las últimas semanas a un dhampiro, hasta el punto de reconocer fácilmente que este hombre era uno de ellos.

Una sensación extraña recorrió mi cuerpo, como esos escalofríos que me atravesaban la espalda cuando aún era humano. Sí, en Leonora había fuerza y pasión, pero en Pandora se encontraba la máxima capacidad de control que jamás había visto. Sus pensamientos parecían encontrarse mucho más allá de nuestra conversación, pero aún así, su mirada marchaba de su señor a Leonora, para volver posteriormente a mí, como si encontrara respuestas sólo con contemplarme.

- He venido ante usted, mi señor, para entregaros mi entera lealtad y mis tierras- le dije tranquilamente, arrodillándome ante él y esperando reacciones por parte de alguno de ellos, pero nadie me interrumpió-. Mi creador se ha convertido en un simple títere en manos de los nigromantes, pero yo no me arrodillé ante ese que se hace llamar el Rey Mestizo como un título de gran honor. No es más que una bestia malnacida de las entrañas de su traicionera madre.

“Levántate”, me dijo una voz en mi mente. Había estado los últimos meses sin oírla, pero nunca podría olvidar la potente voz del rey de Oltenia. Sabía que entraba en mis pensamientos para comprobar mi poder y la fuerza de mi mente.

- Acepto tu vasallaje, Néstor Dracul-Azazel- me dijo, en sus palabras había una fuerza y determinación que jamás había encontrado en ningún otro vampiro que hubiera conocido-. Y no sólo eso. A partir del día de hoy, te nombro Duque de Muntenia, pues esas tierras te pertenecen ahora que tu creador actúa en contra del verdadero rey. Cuando la guerra nos llevé hasta Héktor, te prometo su cabeza.

En realidad, temí por la vida de Héktor cuando Mannfred me dijo esas palabras, pero oculté tales pensamientos para todos, las encerré en lo más profundo de mí mismo. No debía sentir piedad de él. Siempre tendría que soportar que me hubiera otorgado todo lo que soy, aunque tampoco había de olvidar que es menos que nada al arrodillarse ante Menegil.

- ¿Le vas a aceptar así sin más y le vas a otorgar un título de duque?- le recriminó Leonora-. ¿De verdad piensas que éste traidor Azazel nos será más fiel de lo que le ha sido a su padre? Soy hasta capaz de oler la traición en él.

En ese momento, ella no se estaba percatando de que las palabras que acababa de decir a Mannfred me darían un nuevo nombre en Oltenia, ni yo mismo me percaté en ese momento, pero desde entonces me apodarían el “Traidor a los Azazel”.

- Ya basta, Leonora- le dijo Pandora, pero en su tono había inscrita la señal de una orden.

- ¡Como te atreves a mandarme callar! Yo soy tu reina, ¿acaso lo has…

Ninguna de las dos se estaba percatando de cómo los ojos de Mannfred se estaban inundando de sangre, llevados por la furia y el poder que iba a utilizar. Desde ese momento, temí cuando los ojos de mi rey se teñían de color rojo.

- ¡Dejad de discutir!- les ordenó su rey, pero no era una simple orden. Estaba utilizando el poder de su mente sobre ambas. No tuvieron más remedio que obedecer-. Ahora, acompañadme.

Nos condujo desde la sala del trono hasta el balcón más cercano, desde donde podíamos ver todos los alrededores y la fortaleza. Al principio no vi nada, sólo oía un ligero tronar constante a lo lejos, pero tras unos minutos, una polvareda empezó a levantarse y el gigantesco ejército fue iluminado por la luna. Los soldados vestían la librea verde y dorada de los Vencedores Turcos y portaban los estandartes con el dragón dorado de los Dracul-Astaroth. El sonido del trueno no era creado por una tormenta, sino por la precisión con la que los regimientos de soldados marchaban acompasados. No dudé de que fuera el ejército más disciplinado de Wallachia.

En ese momento escuché un susurro junto a mi oído.

- ¿Ves ese estandarte de ahí?- pude ver la señal que la reina me hacía para indicarme un gran tapiz con el escudo de Oltenia, con el Dragón y el León, que se encontraba justo encima de los tronos en los que la pareja real habían estado sentados anteriormente-. Fíjate muy bien el material con el que fue tejido, Néstor, porque como nos traiciones me aseguraré de que formes parte de él.

No me había dado cuenta hasta el momento en que me lo dijo, ya que lo habían tejido de manera perfecta, incluso sospeché que habían utilizado sangre de vampiro en su fabricación. Estaba formado por pieles de vampiros.


Recuerdos de Néstor, Traidor a los Azazel.

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Re: Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Mar Sep 07, 2010 4:30 pm

Estaba delante de mí, tan hermoso como había sido el día que le conocí, como si jamás me hubiera traicionado con la Puta, como si jamás hubiera muerto, como si jamás me hubiera despertado en las tinieblas para encontrármelo con una estaca atravesándole el corazón. Aunque esa estaca había atravesado mi corazón de una manera mucho más profunda que el suyo, él ya jamás podría saberlo.

Puso su fuerte mano sobre las mías, pues una sola de las suyas podía sostenerlas con facilidad. Contemplé su piel pálida y esos dedos recios que habían causado la muerte de miles, que habían empuñado cientos de espadas, cuyo acero se había mellado y oxidado mientras él seguía tan perfecto como hacía cientos de años. En uno de esos dedos se encontraba la sortija que a muchos nos había dado tantos problemas poco tiempo atrás.

- ¿Lo recuerdas?- me susurró.

Lo hacía. Podía vislumbrar aquel día en que nos conocimos, aquella noche en la que me salvó de la muerte.

- Hasta los propios vientos me llevaron tu nombre esa noche. Y eras tan hermosa, la joya más gloriosa que nunca pude haber deseado.

Recordaba ese momento a la perfección. Otro de los suyos había intentado matarme, yo sólo contaba con siete años, pero él lo empaló delante de mí y dejó que se consumiera bajo la luz del amanecer. Me había enseñado a superar mis miedos, a creer en mí misma y en mi poder. A no temerle a nada, ni siquiera a la muerte.

- Contemplé cada día con orgullo como aprendías y te transformabas en una dama, para pasar a ser una noble, para convertirte en una reina.

Su voz era tan fuerte, con un carácter frío y tan pasmosamente regio como recordaba. Me causaba pánico volver a oírle de esta manera. Y me hizo acordarme de cada lección cuando estaba viva. Cuando me reñía duramente al no descubrir sus engaños o intenciones, cuando no era capaz de atravesar el pensamiento de sus súbditos, cuando no era digna de ser considerada su predilecta…

- Nunca olvides quién eres realmente, pues si lo haces me estarás dando la espalda a mí y a todos los nuestros. Recuerda que nuestro linaje ha gobernado estas tierras durante siglos con nuestro poder, surgido del acero y nuestra mente.

Le miré directamente a la cara. Contemplé esas facciones oscuras. Sus ojos me miraban profundamente, en sus labios se encontraba toda la sonrisa que era capaz de dar.

¿Podría olvidarte alguna vez? ¿Acaso piensas que lo hago sólo por ti, únicamente por la intención de traer la justicia por tu muerte? Ahora ya no puedo negar lo que soy, o me haré desaparecer a mí misma.

Y todo comenzó a cambiar a nuestro alrededor, a tomar forma. Nos encontramos en el día de nuestra boda, con todos aquellos aduladores rodeándonos. Estábamos ante la marquesa Nereida, que sostenía el cáliz entre sus manos y nos hacía derramar nuestra sangre dentro de él. La memoria me trajo sus promesas de fidelidad eterna que no fueron más que meras fábulas, nuestros sueños de amor y conquista. Me percaté de que aunque habían pasado las décadas desde ese día, aún le seguía amando.

- No te rindas cuando los problemas te superen. No debes mostrar debilidad. No debes mostrar tu dolor. Eres una reina.

Marchábamos por la ciudad en un carro tirado por robustos sementales. El pueblo estaba completamente iluminado por los fuegos como si fuera casi de día. Los habitantes de Darkeon arrojaban sobre nosotros lluvias de pétalos de rosa con color carmesí, que él sabía que siempre fueron mis preferidas.

- Aunque muchos de nuestros vampiros te digan lo contrario, la verdadera razón por la que domino sobre estas tierras es porque poseo las almas de nuestro pueblo.

Y seguimos avanzando por la memoria, recordando cada una de sus lecciones, como si fuera un adoctrinamiento del que me hubiera olvidado y necesitara recordar. Viajamos por nuestros momentos privados. Por los días de nubes negras en los que salíamos al patio a entrenar con las armas durante el día, sin que nuestros siervos se enteraran de nada de esto. Por los momentos en los que castigaba a sus enemigos y le acompañaba como señal de respeto por los vencidos. Recorrimos todos una y otra vez.

- ¿Por qué me muestras esto?- le pregunté. Su mirada se encendió, como si se emocionara por volver a oír el sonido de mi voz.

- Porque te he amado y enseñado para que fueras capaz de gobernar. Mientras no lo hagas, no podré descansar en paz. Tú has de ser el vampiro que gobierne sobre Wallachia.

Era eso lo que había deseado que me dijera durante toda mi existencia. Lo único que nunca habría podido pedirle. Aquello que debía haber estado escrito en su maldito testamento.

Me desperté del sueño. Por mis mejillas resbalaban lágrimas de sangre. Había amado a Marius Dracul y, por todo el amor que le había profesado, me alzaría de nuevo en el Trono de Cuerpos, pero esta vez, reinaría como legítima señora de Wallachia, no como consorte de ningún rey.


Recuerdos de Elizabeth.


Última edición por Arnath el Mar Mar 01, 2011 5:15 pm, editado 3 veces

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Re: Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Keira el Mar Sep 28, 2010 5:27 pm

“Tus pasos pausados, de forma innata e inconsciente seductores, te guiaban por el empedrado de los estrechos callejones de Linar. Te seguía una pequeña escolta de damas de compañía. Todas las cabezas se giraban tras la estela que dejabas. Tu belleza y el hecho de ser la madre del actual rey de Muntenia, provocaba curiosidad y especulaciones de todo tipo. Sentías el calor del sol, el cual pasaba el rato jugueteando con sus rayos sobre la piedra de los edificios, creando formas de lo más variopintas. La brisa cálida y el cielo despejado salpicado de algodonosas nubes te hacían sonreír. Sobre todo porque en ese momento del día, el mundo estaba libre de la presencia de alimañas. Caminabas segura de que no ibas a tropezarte con ningún rostro indeseado, frío…

Llegaste a tu destino. El mercado. Aunque no tenías porque ocuparte de aquellos menesteres, lo llevabas a cabo una vez al mes como mero entretenimiento, para conocer las necesidades del pueblo, tú pueblo… y el de tu hijo. No es que te importase como malgastaban sus tristes vidas, pero como buena estratega, sabías que sin el apoyo y el contento de todos, vuestro mandato podía irse a pique.

Arracimados contra las paredes, pequeños puestos alzados desordenadamente, lucían sus productos, bajo toldos de miles de colores. El aroma a especias, fruta fresca, cuero, y en algunos lugares, a productos dedicados al bruñido y mantenimiento de las armas, revoloteaba por doquier, provocándote una sensación de humana normalidad. El barullo de los regateos y las conversaciones complementaba el efecto de todo aquello.

Varios pilluelos se deslizaban entre el gentío, buscando víctimas o el descuido de algún vendedor para agenciarse algo que llevarse a sus vacíos estómagos. Tu mirada se detuvo. Algo había captado tu atención. Un hombre alto, que ocultaba su cuerpo bajo una raída capa, se encontraba delante de uno de los puestos de fruta, y acababa de deslizar con pericia una ciruela ofreciéndosela con disimulo a uno de los zarrapastrosos niños. Pero lo más extraño es que una máscara, con intrincados dibujos que formaban llamas, le cubría el rostro.

Al instante, el tendero se percató de que aquel mocoso salía corriendo con su “trofeo” en las manos. No tardó en darle alcance. El pequeño no podía hacer nada más que alzar sus escuálidos y sucios brazos, en un vano intento por defenderse de los golpes que le llegaban de todos lados. Con asombro, observaste que un brillo de maligna diversión destellaba en los ojos del enmascarado

<<¿Acaso ha sido a propósito? >> te preguntaste desconcertada sin apartar la vista de él. Al parecer el hombre se percató de tu intenso escrutinio, pues lentamente se giró hacía donde te encontrabas, ladeando la cabeza, e incluso habrías jurado, que sonriéndote…

* * *


Varios días habían pasado desde el incidente en el mercado y de nuevo, el extraño enmascarado se encontraba ante ti. La idea de que el destino te lo había puesto en el camino cruzó fugazmente por tu mente, pues… incluso los dibujos de su máscara parecían una llamada.

Esta noche habías salido sola en dirección al bosque. Normalmente acudías con tu hermano Kadon para practicar con aquella nueva magia que habíais descubierto, pero hoy… te encontrabas sola, observando, tras la seguridad de un árbol y de las sombras que ofrecía, como el hombre se bañaba en las aguas de aquel lago.

Ajeno a tu presencia, dejaba correr el cristalino líquido por su bien formado cuerpo. Tus ojos no se perdieron detalle, incluso le costó apartar la mirada de su musculoso abdomen y de…. bueno, de aquello que se alzaba en todo su esplendor.

Sin poder contener tu deseo por más tiempo, saliste de tu escondrijo y te acercaste con pasos cadenciosos, incitantes, anhelantes… demostrando que es lo que querías en ese momento. Él levantó la cabeza al verte y ni siquiera intento ocultar su desnudez. Sólo esperó a que llegaras a su altura para rodearte con sus brazos, para saciarte con sus besos y caricias... No dijo nada, pues en ese momento, sobraban las palabras."

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Re: Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Sáb Dic 11, 2010 12:42 pm

“Cuando llegó el aviso de que Pandora había vuelto a Barelia, me dirigí lo más velozmente que pude hacia la Puerta Norte, pero lo que mis ojos se encontraron fue la escena más trágica y dolorosa que jamás habían presenciado.

Los Vencedores Turcos derramaban las lágrimas mientras portaban el cadáver de su caído rey al interior de la ciudad, vestido con su armadura dorada y ropajes verdes, aún llevaba la espada entre las manos muertas. Me percaté de que ésta no estaba manchada con la sangre de sus enemigos, de que había muerto desarmado, posiblemente por el golpe de la traición. Aquel maravilloso ser que había sido se había transformado en un cadáver raquítico. Cientos pudieron contemplar la sangre que manchaba sus ropas y las grandes heridas abiertas que habían acabado con su existencia. Algunos incluso gritaron de consternación al darse cuenta de los gusanos que empezaban a aflorar en aquella carne.

Siguieron pasando hombres durante varios minutos, pude alcanzar a ver Lhunara entre sus soldados. Me percaté de que había recibido el Don Oscuro, pero no pude acercarme a ella porque un extraño ser de tamaño exorbitante vestido con una gran armadura me cerró el paso. En lo más profundo de su mirada había un fuego propio de la furia.

- ¿Dónde está Pandora?- le grité a Lhunara, pero no me escuchó y continúo hacia el interior de la ciudad.

No conseguía localizar a Pandora entre los hombres y empecé a temer que hubiera caído con el rey, pero de reojo llegué a ver un par de figuras de ropajes rojizos y me dirigí hacia ellas. Mientras me cruzaba con aquellos Vencedores pude oír el nombre de la traición, Leonora, y la furia llenó mi corazón de vampiro de la misma manera que la muerte de Helena lo había hecho en el pasado.

La Santa se apoyaba en los brazos de una mujer, una vampiro que nunca antes había contemplado. Lágrimas de sangre descendían por sus mejillas y emitía pequeños lamentos inarticulados. Nunca nadie la había contemplado en un estado tan lamentable, ni siquiera yo.

- Tú- dijo mientras me señalaba-. Ayúdame.

No lo dudé por ningún instante, había un claro poder que le rodeaba. Le ayudé a cargar de mi señora. Mantenía a Pandora entre sus brazos, como si fuera una simple niña, y la conducía a lo largo de la ciudad.

- ¿Dónde se encuentra el templo más cercano?- me preguntó.

La miré con desconfianza, intentando averiguar lo que pretendía hacer. No terminaba de fiarme de alguien que no conocía, pero me dejé llevar por el instinto.

- Sobre la segunda colina, en la ciudad interior- le respondí.

A su mínima orden, los Vencedores Turcos respondieron y dirigieron una escolta hacia la dirección que deseaba. Mientras avanzábamos, hablaba con Pandora en susurros que no era capaz de escuchar. Fue en ese momento cuando escuché su nombre de los labios de mi señora, Amelia.

- Traed... el cuerpo...- oí que gritaba Pandora entre sollozos. Al principio lo hizo de manera entrecortada, para después dar paso a unos gritos que no cesaron hasta que pudo tocar la carne de Mannfred, hasta besar la boca de Mannfred. Tuve ganas de abrazarla y consolarla, pero sabía que nada de lo que hiciera aliviaría su dolor.

Cuando llegamos a las puertas del templo, Amelia ordenó a todos los que estaban en su interior que se marcharan. No fue amable y delicada con la gente que había allí. Si hubiera sido necesario les hubiera echado a patadas. En cuanto despejó por completo el edificio, ordenó que cerraran las puertas.

- Encárgate de proteger esta puerta- me dijo-. No dejes que nadie la cruce hasta que se vuelva a abrir dentro de dos noches. Confío en ti, Ícaro.

Aún no sé la razón exacta por la que decidí obedecer y mantener esa puerta a salvo, pero lo hice. ¿Le había dicho mi nombre?

Los días que estaban por llegar fueron un espectáculo temible. Esa misma noche, cada habitante de Barelia creó un fuego delante de su hogar, al que no dejó de alimentar durante los días consiguientes. El humo cubrió la ciudad como si de nubes se tratara y ni siquiera tuve necesidad de ocultarme en las sombras durante el día.

En la noche se sucedían actos espeluznantes. No eran disturbios a lo largo de la ciudad, ni mucho menos. La gente se encontraba en pleno llanto por la muerte de su rey y comenzaron a desarrollar espectáculos extraños como introducir manos en los fuegos. Incluso algunos Vencedores Turcos se arrojaron a las hogueras y murieron calcinados, sin emitir el menor grito mientas eran reducidos a cenizas. Querían morir con Él.

Yo escuchaba atemorizado desde la oscuridad como venía la palabra “Dragón” susurrada por el pueblo, esa gente fanática que Mannfred y Pandora habían creado con la Profecía del Tiempo de Sangre y Fuego. ¿Qué sería ahora de nosotros? ¿No era caso Mannfred el Mesías que esperábamos?

Durante la primera noche, los soldados que habían permanecido conmigo de guardia me respetaron y no se unieron a los rituales del pueblo, pero cuando llevábamos casi dos días detenidos ante aquella puerta de piedra sin oír ningún sonido, comenzaron a hacer pequeños fuegos ellos también. Al principio, arrojaban lo que tenían a los alrededores para mantenerlos vivos. Cuando se acabó cualquier objeto combustible que nos rodeara, empezaron a arrojar sus propias pertenencias, sus ropajes, incluso uno de estos Vencedores Turcos se arrojó al fuego.

Cuando llegó el momento en que la puerta debía de abrirse, los fuegos de la ciudad se habían extinguido. Habían arrojado incluso partes de los edificios, pero las construcciones de piedra de Barelia no proporcionaban mucho combustible.

La gente se había acercado al templo a lo largo del día, esperando a que algo pasara. Yo había castigado duramente a cualquiera que se hubiera acercado demasiado a la puerta. Entonces, contemplé en persona como las mujeres derramaban lágrimas en el pecho de sus maridos y como estos deseaban dejar de sentir ese dolor que les acongojaba. Por ello, todos me empezaron a gritar y exigían saber qué iba a hacer Pandora.

Fue en aquel momento cuando las puertas se abrieron.

- Vencedores Turcos, a mí- fue la orden de la Santa.

Segundos después, Pandora y Amelia salieron de la oscuridad del templo. Pude ver el agotamiento en la segunda, pero Pandora estaba esplendorosa, recién nacida de nuevo. Tras ellas, los soldados que habían entrado salieron cargando un trono de hierro. En él, se encontraba sentada la figura de Mannfred, pero su cuerpo ya no era un cadáver. Había recuperado la belleza que había poseído, su piel se había vuelto dorada, le habían lavado y cambiado sus ropajes y, ahora, sus ojos volvían a estar abiertos. Quedaba patente que no podía moverse, era una estatua que vivía entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

El pueblo cayó a los pies de su amo, que había renacido como lo que ellos consideraban un dios. Los fuegos que se habían apagado en la ciudad volvieron a arder de manera mágica y misteriosa, sin necesidad de combustible alguno. Del interior de aquellos en los que se había arrojado un Vencedor Turco, resurgió un ser con facciones draconianas, nacido del muerto. Estas criaturas marcharon para mantenerse cerca de su señor. Andaban a dos patas, pero poseían garras y escamas. En sus ojos había un fuego abrasador.

- El milagro ha sucedido- proclamó Pandora-. Ha llegado el momento del Tiempo de Sangre y Fuego. Nosotros lo hemos despertado.

El pueblo estalló en vítores y oraciones, frases que jamás se habían escuchado antes en Wallachia dirigido a otro ser distinto de los Padres, pero que ahora resonaban a lo largo de las calles de Barelia para Mannfred Dracul-Astaroth.

- Acompáñame, Ícaro- me susurró Amelia-. Ha llegado el momento de que los casemos y la coronemos. Estoy agotada y creo que necesito tu ayuda.

- No volveré a dudar de vos, mi señora- y lo dije de verdad, como un juramento nacido del alma.”


Recuerdos de Ícaro, de los Cáradune-Astaroth.

_________________
La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Re: Crónicas de Sangre: Recuerdos

Mensaje  Norunil el Sáb Ene 15, 2011 1:42 am

"Recuerdo la expresión de aquellos rostros atenazados por el miedo, esas caras desencajadas por el pavor. No era el mundo que yo deseaba para mi hijo.
Los cinco Caradune habían sorprendido a las dos familias humanas que caminaban bajo el amparo de la noche hacia las tierras de Dacia, y se disponían a saciar su apetito de sangre. Los estaban acobardando. Les hablaban de los dioses vampiros, de la fe verdadera, de que el Jesucristo al que adorábamos no era más que un simple humano, un esclavo, un deshecho; comida.
Pero si algo aprendí de mi pobre madre es que nunca se ha de jugar con la comida. Cuando salí de la linde del bosque al camino, encapuchada, vestida de negro, los vampiros me miraron, nerviosos, al menos hasta que se dieron cuenta de que yo no era más que una mujer. Una mujer humana.
Les ordené que dejaran paso libre a los campesinos. Se mofaron de mí. Pero entonces las flechas silbaron en el aire y cayeron todos al suelo, abatidos por las puntas de plata. Uno se intentó reincorporar, pero mi espada le atravesó de parte a parte.

Los campesinos miraban incrédulos a sus salvadores.
- Señora, ¿quién sois?
- Mi nombre es Eveline.
- Sois vos aquella de quien se oye hablar en las aldeas y en las iglesias…
- Soy.
- ¿Cómo nos encontrasteis?
- Nosotros también íbamos a Dacia. Llevamos en esta encrucijada varios días, pues un asunto ha postergado nuestra marcha. Vengan y se lo mostraré, pero dejen a los niños con los soldados.

Los conduje a la antigua iglesia. El pórtico románico estaba coronado por nuestros símbolos, pero ninguna de aquellas humildes personas podía reconocerlos. Al adentrarse, algunos gritaron de espanto. La sangre de Crisson aún manchaba las paredes por allí donde el bastardo de Alexander Caradune había restregado su cuerpo hecho trizas. Por suerte para las delicadas sensibilidades de los campesinos, al menos los pedazos del cuerpo habían sido recogidos. Se decidió dejar ahí la sangre en muestra de la crueldad infame de la iglesia vampírica.
En el lugar donde antaño hubo altar estaba la tumba donde descansaban los restos del gran rebelde. “Crisson Galean, mártir por la libertad”, rezaba la inscripción. Había habido ya demasiados mártires…

En pocos días llegó él con el resto de los caballeros. Estaban imponentes aquellos jinetes con sus armaduras aquella mañana. Nos fundimos en un abrazo, y no pude evitar que dos lágrimas humedeciesen mis mejillas. Su muerte aún dolía tanto… Sé que Iván no lloró porque ya no le quedaban lágrimas que derramar.

Partimos de inmediato. Recuerdo gratamente las miradas de incredulidad de aquellos campesinos que salvamos cuando contemplaron las nuevas tierras. Era un milagro.
Aquellas tierras yermas habían sido cultivadas con el tesón de las miles de familias que huían de los demás reinos de Wallachia buscando tierra y libertad. Cuántos lloraron de alegría, pensando que jamás tendrían que ofrecer a ningún hijo más como tributo a los vampiros, jamás volverían a trabajar de sol a sol para que los Caradune les despojaran de todos sus bienes a veces para venderlos, otras sólo para recordarles cuál era su sitio en el mundo.
Cabalgamos hasta el centro de la nueva ciudad, y entramos a caballo en el templo que acababa de ser construido. Los veinte caballeros hicimos la señal de la cruz sobre nuestros pechos a la misma vez. Los fieles nos miraban con orgullo. Algunos caballeros más estaban vestidos de paisano entre el público. Pude reconocer a Aigner, nuestro nuevo lider.

Desmonté y corrí al altar, ajena a todas las miradas que pudieron dirigirse a mí, y por fin, después de tanto tiempo, pude llorar sobre la marmórea tumba de mi marido.
“Aquí yace Damon Galean el que dando su vida obró el milagro.”

Me levanté y por primera vez me dirigí a todos los que respetuosamente guardaban silencio.

- Soy viuda, amigos míos. Soy viuda, pero si bien estoy transida de dolor, soy feliz, porque la muerte de Damon no fue en vano. Él dio su vida por aquello en lo que creía. Dio su vida para darnos la oportunidad de vivir a todos nosotros. Se sacrificó para que su muerte detuviera al diablo que venía al mundo. Lo dio todo, como tantos otros que han muerto para que hoy en día tengamos lo que tenemos en esta nueva patria.
Amigos, durante siglos nos esclavizaron, nos torturaron, nos violaron y nos trataron como a animales. Hoy, aquí, somos libres. Y sé que no miento cuando os digo, ¡que a un pueblo que ha probado el sabor de la libertad ya nadie se la puede arrebatar! ¡Que antes que volver a ser esclavos, moriremos! Porque si hemos decidido algo en esta vida, es que nadie volverá jamás a pisotearnos. El día de mañana es gris; está lleno de penas, ¡pero también de victorias! Millones de hermanos nuestros siguen presos en las oscuras tierras de los vampiros, ¡liberémoslos!
Yo lucharé por terminar lo que mi marido empezó, quién esté dispuesto, que me siga.

El pueblo se alzó en vítores, en gritos de júbilo, de libertad, de venganza.
Después la salmodia dedicada al salvador Damon se reanudó con gran fervor."


Recuerdos de Eveline, líder del nuevo culto, viuda de Damon.
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