La Ciudad de Dios

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La Ciudad de Dios

Mensaje  caugh el Lun Nov 17, 2008 10:21 pm

Jerusalén, año 1184
El rey cristiano Balduino IV de Jerusalén, conocido como el rey leproso se encuentra en un estado crítico de salud, sus generales y los mandatarios le incitan a traicionar sus principios y emprender la guerra santa contra Saladino, dirigente del pueblo Sarraceno.

La tensa situación se ve favorecida por las constantes presiones y abusos de poder de los templarios y bandidos con títulos nobiliarios como Reinaldo de Châtillon, el cual lleva en realizando en los últimos años incursiones a pequeñas ciudades sarracenas con ayuda de los templarios.

En Jerusalén el crisol de religiones y culturas produce a menudo acalorados debates sobre la presencia de reyes cristianos en territorio tradicionalmente musulmán, considerado santo por ambos bandos.
En contra de la guerra numerosos grupos ocultos y reducidos intentan evitar el estallido de esta, utilizando métodos de dudosa justificación.

………………………………………….


Un día radiante de sol en la cuidad santa casi como de costumbre, Ázanoch se dirigía al gremio, una importante reunión de tenientes había sido convocada, como uno de los mejores asesinos no podía faltar, al entrar reconoció a compañeros de entrenamiento en épocas pasadas pero nunca le había gustado trabajar acompañado y menos desde que perdió a Shefel, desde entonces solo quería ir solo, sin nadie que le estorbara. Al llegar, el maestro les estaba esperando.

-Maestro: tenemos noticias de la visita de Arnaldo de Tagore a la cuidad, ese cerdo maldito lleva presionando durante meses al rey para que emprenda la guerra santa y dicen que coopera con el mismísimo Reinaldo. Pero eso va a cambiar, le daremos una calida bienvenida a ese cerdo bastardo, nuestros hombres han estado espiando el recinto del castillo y han averiguado que la guardia se duplicara por la visita de Arnaldo.

-Yarom: ¿hemos establecido espías dentro de los guardias?

-Maestro: me temo que no ha sido posible además toda la guardia llegara con el. Un centenar de templarios entraran a la cuidad, falta una semana escasa para su visita, todo Jerusalén esta exaltado, piensen que la muerte de Arnaldo podría ser un duro golpe para la orden del temple y todos los dirigentes a favor de la guerra.

-Abeh: hemos de suponer que al no poder facilitar las cosas desde dentro tendremos que hacer el golpe a la vieja usanza. ¿Me equivoco?

-Maestro: en efecto por eso os he reunido aquí, sois los tenientes del gremio y casi todos disponéis de vuestros hombres, necesito que os hagáis cargo del golpe desde aquí, yo he de regresar a Masyaf para dirigir la orden.

-Yarom: confíemelo a mí y a mis hombres maestro ¡no le fallaremos!

Ázanoch le dirigió una mirada recelosa mientras susurraba:
Maldito Yarom siempre intentando destacar espero que esta vez lo maten no nos trae mas que desgracias.

-Maestro: ¡si nadie tiene nada que objetar que así sea!

Por supuesto Ázanoch era demasiado orgulloso para dirigir una operación con un grupo de asesinos, era una misión arriesgada y perfecta para hacerla solo pero no se lo permitirían así que decidió callar

-Maestro: entonces Yarom tu te harás cargo del golpe.

Tras esto el maestro salio a prisa hacia Masyaf mientras que Ázanoch, por curiosidad o por algún otro motivo decidió investigar asolas sobre la llegada del templario.

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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  Arnath el Mar Nov 18, 2008 8:39 am

Jerusalén era una ciudad hermosa bajo los colores del atardecer. Habían atravesado las murallas hacía unas pocas horas y había concedido un descanso a su escolta. Con algo de suerte, alguno de ellos encontraría el placer en la fría noche. La Ciudad de Dios no era precisamente lo que muchos decían. La pobreza de las calles y los enfrentamientos que se sucederían hasta el amanecer hacían que una enorme guardia patrullase las calles de la ciudad, una guardia formada por ateos para no tener favoritismos. La mañana siguiente debía presentarse en la corte de Balduino IV como embajador de Bizancio.

Avanzó por las calles en completo silencio, observando los templarios, guardias, monjes y pobres que se le cruzaban. Gritos en la noche le indicaron la dirección a seguir. La plaza estaba alumbrada por las antorchas portadas por un grupo de templarios. Grupos de cristianos se unían al espectáculo.

- Por favor.- suplicó el condenado a un fornido templario de gran bigote.- Yo no he hecho nada. Soy inocente.

- Estás condenado por hereje. Libros prohibidos han sido hayados en tu casa. El fuego purgará tu alma.

Templarios pensó Selios con frialdad. Ellos siempre tienen la razón. El condenado continuó con sus súplicas, pero el fornido templario lo dejó bien atado en la preparada hoguera. Los gritos del hombre aumentaron mientras la ira del pueblo llano se cebaba con él.

- En el nombre de Dios.- dijo el soldado templario mientras acercaba la antorcha hacia la hoguera.- Yo os condeno...

- ¡No!- sonó la voz de Selios más alta que ninguna otra mientras avanzaba un poco hacia la hoguera.- Lo condenáis vosotros. No pongáis el nombre de Dios en vuestros actos. Este hombre, hereje o no, merece un juicio justo en un tribunal. Además, ese derecho está decretado en las leyes de Jerusalén.

La mirada del joven y el templario se encontraron y, en ese momento, se arrepintió de haber dado un descanso a su escolta.

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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  caugh el Mar Nov 18, 2008 3:32 pm

Ya estaba anocheciendo y poco había averiguado sobre la llegada de Arnaldo, conocía perfectamente la ciudad pero hasta el había encontrado problemas para infiltrarse en la zona cristiana y para colmo una vez dentro solo era objeto de miradas recelosas.

Contó los guardias apostados en las puertas del barrio… dos más en cada puerta, y los que aumentarían después sobre seguro.

Estaba seguro de que Yarom seria incapaz de llevar a cabo el asesinato, siempre se frustraban sus planes y siempre conocían sus métodos. Parecía como si la sombra de la mala suerte se hubiese acomodado en el, Ázanoch no creía recordar que fuera tan entupido cuando los entrenaron.

Dejo de pensar en el exterior, acción que le resulto bastante cara, ya que al chocar con un tendero que portaba una canasta el contenido de esta se derramo

- ¡¡E tu!! Bramo el templario. Sin pensarlo un segundo hecho a correr, intentando huir cosa que…no le fue muy difícil…un solo templario persiguiéndole…además la guardia no solía ayudar a estos bastardos.

Subió a los tejados por los que recorrió gran parte del barrio hasta alcanzar de nuevo los barrios musulmanes y no creyentes. Se acerco a la plaza mayor ya era casi de noche pero en la calle principal que desembocaba en esta vio a un curioso personaje.

Un joven adolescente, aparentemente bien nutrido, por los ropajes no diría que era vagabundo, al contrario parecía incluso de buena cuna, no le recordaba a el cuando tenia esa edad en nada salvo en que andaba rápidamente, casi corriendo mirando constantemente atrás mientras parecía buscar algo.

Ázanoch observo detrás del muchacho…como se imaginaba media docena de fornidos hombres le perseguían con sus espadas desenvainadas

-…Templarios – pensó Ázanoch, no tenían suficiente con hombres adultos ni vagabundos ahora también perseguían ha adolescentes por robar alguna manzana… Jerusalén estaba muy cambiada.

Decidió ayudar al muchacho y bajo de la cornisa donde guardaba el equilibrio, espero, justo cuando vio al muchacho aparecer tiro de el hacia el callejón sin siquiera mirar siguió tirando y lo llevo fuera de la vista de los templarios pero uno de ellos le había visto.

Sabia que tenia que correr pero no poda abandonar al muchacho, preparo una daga, en el momento que entro el templario al callejón en guardia, Ázanoch miro al chaval… ¿donde coño esta?. Volvió la mirada al templario y lo vio atravesado por el sable curvo del joven…excepcional manejo de la espada pensó Ázanoch sobre todo si había sido capaz de superar en destreza a un templario.

Guardo su daga pero no bajó la guardia.

-¿Porque te perseguían? ¿Has robado?

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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  SilverEagle el Miér Nov 19, 2008 11:43 pm

“Los tiempos cambian, y los hombres olvidan”.
Alexandros recordaba lo que su Padre le había dicho hace tiempo, numerosas veces ya en su infancia, y tantas otras hasta su distanciamiento ya hace dos años, desde que partió de casa.
Jerusalén, la Ciudad Ungida, la Cuna del Cristianismo. Allí, el Hijo de Dios, señor Jesucristo, murió por los hombres, y ahora resultaba ser el escenario del paganismo y la infidelidad.
Pero Alexandros sabía bien que el problema no radicaba allí, en la metrópolis fronteriza donde coexistían las tres religiones más extendidas en medio mundo. El centro de expansión de la Verdadera Fe, Roma, se había dormido en su propia ventura, en occidente, las viejas tradiciones comenzaban a perderse y las constantes guerras entre reyes y nobles occitanos olvidaban lo que era más importante: la conversión a la religión de la Única, la Fe Cristiana.
Aquél objetivo era universal, la conversión del mundo, lo mayor que se podía otorgar al Salvador. Se llamaba Cruzada. Pero los planes de Dios eran inconcebibles, y sólo Él comprendía en la totalidad de sus propios designios.
Las Dos cruzadas, hace ya tiempo pasaron. Fue derrotas vanas, insuficientes e incompletas, pero peor aún, el número de nuevos conversos a la Fe no era mucho mayor que el de creyentes al servicio del Señor que habían sacrificado sus vidas por la causa.
Pero hubo una iluminación, que recibida al Espíritu de Hugo de Payns, dio una esperanza para la Guerra Santa por la toma de Jerusalén. Hacía 66 años que había nacido la Orden de los Templarios.
Por su venas corría la sangre de Cristo, eran los designados para transmitir a los infieles la noticia de perdón y salvación del Creador, eran sus Elegidos…O eso le habían enseñado al recién ordenado caballero.
Alexandros recapacitaba todo ello mientras reposaba en su dormitorio, en un Cuartel pegado a la muralla interior, en el Barrio Cristiano. Tras haberse confirmado en los votos y orado sus oraciones, dejo que el cansancio se apoderase de él. Aquel día de guardia en el mercado había sido agotador…
Estaba a punto de vencerle el sueño cuando llamaron a la puerta.
-¿Quién es?-preguntó escueto el caballero.
Nadie contestó. Con un impulso Alexandros levantó del lecho y con dos zancadas llegó a la puerta. Seguidamente la abrió. Fue su sorpresa encontrarse a un hombre diminuto, y cubierto bajo una capa tan negra como la misma penumbra, que clavó su mirada en el templario.
-¿Qué desea, hermano?-Alexandros preguntó con recelo, aquella mirada le inquietaba.
El individuo no contestó, simplemente entornó más los párpados, fijos los iris en los del caballero. Este no podía ver el rostro del sujeto. Para cuando Alexandros iba a preguntarle de nuevo si pensaba indicarle los motivos de su “visita”, el encapuchado levanto el brazo izquierdo.
Alexandros diferenció que la extremidad terminaba en un apéndice metálico, un garfio de hierro, que sostenía a su vez, un pergamino clavado en la afilada punta.
Alexandros la cogió dubitativo. Comenzó a desenrollarla y la leyó rápidamente.
Extrañado y sorprendido, dedujo en su brevedad el mensaje escrito: Debéis reuniros con Bernard du Morclers, Prior Comendador de La Temple, para recibir órdenes directas en servicio de la Orden. Se ha descubierto la presencia de brujería en la ciudad.
-¿Cuándo…?- Alexandros alzo la mirada del papel para preguntar al encapuchado, pero ya no estaba allí, había desaparecido. Recogió sus hábitos y las armas para ir a ver al Prior.-Que Dios me libre del sueño y la vagancia, producto del diablo…
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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  Arnath el Jue Nov 20, 2008 8:49 am

Selios observó al hombre de negro durante varios segundos, pero se apresuró a correr cuando oyó las voces de sus perseguidores a lo lejos. Remató al templario caído para asegurarse de que no sería capaz de volver a levantarse.

- Sígueme, chico. Conozco un lugar donde podremos ocultarnos.

Odiaba que le trataran como un niño indefenso, pero esta vez, tal vez, podría obtener beneficio de ello. Recorrieron varias calles estrechas y antiguas hasta llegar a una puerta que parecía conectar con un sótano. Puede que el hombre pretendiera robarle aunque ya podría haberlo intentado por el camino. Le siguió a través de la oscuridad, una oscuridad que le recordó que tenía hambre. La escalera terminaba en una amplia habitación, algo parecido a un refugio con ropas de repuesto y alimentos.

- No me has respondido. ¿Por qué te perseguían esos templarios?

Se pensó varias veces destripar al hombre y volver a buscar a su escolta, pero su instinto no le incitaba a ello. Envainó su sable manchado de sangre.

- Digamos que me metí donde no me llamaban. ¿La quema de falsos herejes es muy normal en Jerusalén?

- Ultimamente, sí.- respondió el hombre.

La sed podía con él. Sacó uno de sus frascos de su mochila y se lo bebió por completo. El sabor dulce y cálido cayó por su garganta. La energía volvió a su cuerpo después del duro trabajo físico.

- Gracias por tu... ayuda. Me llamo Selios. Provengo de Nicea.

- Yo soy Ázanoch. ¿Qué te ha traído a Jerusalén? Veo que estás hambriento. ¿Quieres algo de comer?

Pensó en la respuesta con cuidado. No sabía qué intenciones tendría el hombre.

- Soy el embajador de Bizancio. Necesito llegar al amanecer a palacio. Si puedes llevarme hasta allí, te aseguro una buena recompensa. En cuanto a lo de comer... No, gracias. Ya he tenido suficiente con esto.

Quedaban unas dos horas para el amanecer. Esperaba llegar a tiempo para reunirse con su escolta en las puertas de la corte. Andreas se enfadaría otra vez si volvía a retrasarse.

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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  caugh el Jue Nov 20, 2008 3:39 pm

-¿Al palacio?- pregunto Ázanoch incrédulo- ¿que motivos tiene un chaval de tu edad para ir a un sitio como ese?

-Ninguno importante, ¿puedes llevarme o no?

-Supongo que si puedo pero me gustaría evitar las aglomeraciones de gente así que te llevare y te las apañaras tu

Ázanoch no se podía permitir estar cuidando de un crió y menos con la inminente llegada de Arnaldo. Era tarde y tenia algo de hambre, cogió algo de la despensa y comenzó a comer mientras el muchacho lo miraba

-¿Seguro que no tienes hambre? Eso que has tomado debe alimentarte bien…

El muchacho no contesto y le siguió mirando con la mirada fija, como perdida

¿Has dicho que venias de Nicea verdad?...y eres embajador de Bizancio, sin duda alguna, no me equivoque cuando te vi en la calle

¿Equivocarte en que?-el muchacho levanto la mirada

En nada…tranquilo son cosas mías, por cierto tienes un buen manejo de la espada ¿Has sido entrenado allí, en Nicea?

-Donde si no, además esos templarios son muy torpes y lentos con esas armaduras, no es muy difícil matarlos

-yo voy a descansar un rato en una hora iremos al palacio, puedes dormir en ese lecho de hay

Ázanoch desapareció por la puerta y dejo al muchacho en aquella habitación, se pregunto si había echo bien en traerlo, alguien podría verlo pero luego se despreocupo, era la despensa y el sitio a donde le había llevado no era ningún secreto, se tumbó en la cama he intentó relajarse un poco.

……………………………………………………………………………


Se despertó, aun era de noche parece que no había pasado mucho tiempo alzo la cabeza y encontró al muchacho posado en la puerta mirándole.

-¿que haces aquí?

-ya era la hora de marcharnos y decidí buscarte, tranquilo no me ha visto nadie

-bien voy

Cogió sus armas y el cinturón de dagas y se pusieron en marcha, al salir de la casa Ázanoch miro al cielo estaba apunto de amanecer, y al muchacho puede que le gustara verlo.
-Selios ven tomaremos un camino diferente, algo que no todos lo turistas pueden ver

Subieron a los tejados y Selios se quedo mirando fijamente la vista maravillado

Durante diez minutos Ázanoch y Selios avanzaron por tejados andamios y balaustradas hasta que llegaron a una calle grande y decidieron bajar por uno de los callejones adyacentes a esta.

-Pues aquí lo tienes chaval eso es el palacio

Selios observo el edificio, era bastante alto casi como un torre de vigilancia parecía que necesitaba dar la impresión de grandeza, por complejo de su dueño supuso Selios, se volvió hacia Ázanoch

-Adiós, y gracias por tus servicios, recibirás una cuantiosa recompensa

-Encantado de poder ayudarlo embajador-contesto Ázanoch con una risa burlona- en cuanto a la recompensa, dudo mucho que sea necesario

Tras esto Ázanoch desapareció por una de los callejones mientras Selios continúo los sesenta metros de calle que faltaban hasta el palacio

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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  Gold Falcon el Jue Nov 20, 2008 11:03 pm

Todo se encontraba sumido en la oscuridad. Lo único que alcanzaba a oír era el sonido de sus pasos, cosa que cada vez le ponía más nervioso. Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuántas horas llevaba caminando por aquel laberinto de pasillos. "Tengo que encontrarlo sea como sea" se dijo Ciras al tiempo que hacía de tripas corazón y sacaba la poca fuerza que aun le quedaba.
Sin previo aviso, una luz iluminó todo el túnel, haciendo que el hombre cayera al suelo debido al mareo producido por la repentina aparición de esta. Tardó unos pocos segundos en recuperarse y, cuando logró volver a ponerse en pie pudo observar cómo era el sitio en el que se encontraba.
Era un pasadizo con muchas grietas en las paredes, las cuales estaban llenas de símbolos que no llegaba a comprender. Muchos dibujos estaban situados al lado de las inscripciones, mostrando una gran batalla entre demonios y ángeles. "Templarios y sarracenos" se dijo para sí. Tras observar los inscritos unos segundos más siguió hacia adelante.
Al cabo de lo que pareció una eternidad vislumbró una puerta al final del pasillo. Era de madera y parecía bastante desgastada por el paso de los años. Sin dudarlo dos veces sacó las dos dagas y avanzó con pasos lentos pero gráciles hacia la puerta. Apoyó la oreja en la puerta y, tras no escuchar nada, la empujó lentamente hasta dejar un pequeño hueco por el que pasar.
La sala tenía una mesa cuadrada donde había dos mendrugos de pan a medio comer y dos jarras con lo que parecía cerveza. No era una habitación muy amplia y, cuando entró dentro, se dio cuenta que no estaba solo. Gracias a sus grandes reflejos consiguió parar el primer golpe lanzado contra él. Se tiró al suelo y rodó para evitar los golpes del otro ser. Eran corpulentos y portaban una espada cada uno. Cuando se puso de nuevo en pie ya los tenía encima. "Será divertido" pensó a la vez que paraba los golpes de los enemigos. Comenzó a acribillar a uno de los dos con golpes rápidos con la intención de hacerle perder el equilibrio, pero al hacer eso el otro hombre tenía el camino libre para dañarle. En el momento justo logró apartarse por los pelos de un tajo dirigido a su cabeza, pero un movimiento del hombre al que atacaba lo desconcertó y consiguió darle en un brazo. Ciras dio un paso atrás y se miró la herida. No era grave. Su rostro se enrojeció de furia y atacó una y otra vez al que le había conseguido alcanzar. Los tres aceros chocaban unos contra otros hasta que a los cinco segundos el hombre cayó herido de muerte. El otro, al ver esto, se echó poco a poco hacia detrás con la espada por delante. En su mirada vio el miedo. Aquella sensación lo embriaga, era lo que más le gustaba, ver el miedo en los ojos de su rival. De un salto salvó la distancia que lo separaba de su enemigo, quien cargó contra él cuando aun estaba en el aire. Craso error. Ciras desvió la espada con un golpe fuerte y con el otro le cortó la garganta que rápidamente aferró el hombre con la intención de parar la hemorragia.
-Sufre bastardo. Espero que en la otra vida te espere el más profundo sufrimiento.- Ciras le escupió a la cara y le atravesó el corazón. El hombre cayó desplomado.
Miró al frente y vio la puerta. "Seguramente estás tras esa puerta" sonrió "Poco de vida te queda ya, y lo que te queda de ella te haré sufrir como si fueras un maldito cerdo".
Avanzó hasta la puerta y la abrió de una patada.
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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  Arnath el Sáb Nov 22, 2008 11:28 am

Avanzó hacia las puertas del palacio siempre a la sombra de algún edificio mientras se cubría por completo con sus ropajes y tapaba su cabeza con la capucha. Pudo sentir el calor del sol cuando avanzó hacia las puertas. Un grupo de guardias armados custodiaba la puerta, pero tambíen había cuatro hombres con hermosas armaduras doradas esperando. Su escolta de catafractos, dirigida por Andreas, parecían haber tenido una noche más tranquila que él.

- Vuelve a llegar tarde, mi señor.- comenzó Andreas.

- Esta vez llego puntual, Andreas. No estoy de humor para discusiones.- el tono cortante pareció hacer callar al viejo Andreas, pero Selios sabía bien que la bronca la tendría antes o depués. Sólo la había retrasado.- ¿Habéis descansado?

- Por supuesto. Estamos listos para el día que nos espera.

Enseñaron los documentos del emperador a los guardias de la entrada que corrieron a avisar y escoltar al embajador hasta la sala del trono. Jerusalén no era una ciudad esplendorosa, pero tenía grandes contrucciones que la hacían hermosa. Una de ellas era el enorme palacio. Tras varios minutos de aburrida marcha por jardines y salas llegaron a la sala del trono. Las cornetas sonaron cuando entraron en la ostentosa habitación.

- Se presenta Selios de Nicea, segundo hijo de Allius el Conquistador. Embajador de Isaac II Ángelo.

Selios odiaba las presentaciones diplomáticas y más aún a los diplomáticos. La sala del trono estaba llena de nobles cristianos, equipados con armas hasta los dientes. Estaba claro lo que pretendían la mayoría de ellos. Un gran trono plateado se alzaba en el extremo de la sala. Un hombre completamente cubierto con ropajes, al igual que él mismo, se sentaba en el trono. Una máscara de plata cubría su rostro. Muchos le habían hablado de Balduino IV, rey leproso de Jerusalén, pero nunca se había imaginado algo así. Hizo una amplia reverencia al soberano de la Ciudad de Dios mientras su escolta se arrodillaba.

- Bienvenido a Jerusalén.- sonó una voz que mostraba cierta fortaleza desde dentro de la máscara.- ¿Qué noticias traes de Contantinopla?

- El Emperador ha decidido que tendréis su apoyo si Saladino os declara la guerra. Todos nosotros somos cristianos fueron sus palabras textuales. Por lo demás, me reservo a los asuntos de estado como embajador y debo atender otros asuntos de tema personal.

El rey pareció sopesar sus palabras.

- En tal caso, se os proporcionará un hogar cerca de palacio. Si necesitáis algo no dudéis en pedirlo.

Selios hizo una reverencia y volvió sobre sus pasos hacia la salida, pero un escudo en uno de los caballeros le hizo recordar algo más.
Pensó en decir algo sobre el enfrentamiento con los templarios al rey, pero prefirió hacer algo por sí mismo más tarde. Había venido a Jerusalén por otros asuntos y no iba a entretenerse con política en ese momento. Abandonó el palacio, pasaron por su nueva morada y salió a la ciudad. Era hora de empezar a buscar información y pistas. El único problema era la luz del sol.

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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  SilverEagle el Jue Nov 27, 2008 6:36 pm

Alexandros había llegado al cuartel general de los Templarios en el ala oeste de la ciudad, donde sabía perfectamente residiría Bernard du Morclers. Ahora se encontraba frente al Prior Comendador.
Alto, muy delgado, con barba de varios días y grandes ojeras, el Prior no ofrecía un aspecto muy saludable. No obstante, Alexandro podía distinguir aquellos rasgos de que tanto hablaban sus hermanos del Ala Sur: poseía aquella mirada profunda y su postura rígida y altiva propia de los cristianos que poseían una fe perclara. Aquello hacía honor a las habladurías de ser un líder duro, el ejecutor de más de trescientos herejes en el fuego purificador. Sí, esa seguridad en sí mismo le producían a Alexandro admiración (y aunque quisiese ocultarlo, le intimidaba también.
A su llegada, Bernard había retirado a ls dos sirvientes que había en la sala del directorio militar, quedándose a solas con el caballero novicio. Únicamente le había ofrecido cortésmente una copa de vino, para seguidamente sentarse en la cabecera de la mesa de reuniones, y había permanecido varios minutos postrada su mirada en Alexandros.
El joven sabía que su superior le examinaba, no podía mostrar debilidad ni duda. Debía permanecer templado, pero reservado, nunca desafiante.
Al fin habló:
-¿Como está vuestro padre, Sir Alexandros?
-No he recibido noticias de él desde hace ocho meses. La última vez me contó el conflicto que se estaban planteando en las cortes de su Real Majestad en París, mi lord. ¿Le conocíais?
-Me han hablado de él. Sé que sir Basiliev du Brocaré tiene influencias en la Corte de su Majestad.
-Posee su favor desde hace dos años, pero francamente pienso que las cosas se quiebran para él.
-Lástima. Fue precisamente cuando os enviaron aquí, curioso.
-Sí. Lástima- Le ofendía profunadamente que le pusiese a prueba. Parece ser que el prior era otro de los que creía que el favor de su Majestad de la Francia había llegado hasta la decisión de enviarle allí en un buen puesto en la guerra.
- Cambiando de tema, no debemos retardar lo "verdaderamente importante". Os he mandado llamar para que obtengáis información acerca de un culto herético arraigado profundamente en las entrañas de la vieja ciudad.
A pesar de que la actitud del Prior le inquietaba sobremanera, Alexandros prefirió reservar las dudas para después. Le sobresaltaba que Bernard se hubiese mantenido tan locuaz al principio y ahora fuese tan directo.
-La Orden requiere vuestro apoyo para con la cruzada. Será un cometido fácil. “Sólo” debéis ir a hablar con Brandilo, un hombre al servicio de su Majestad Balduino IV, residente en palacio, el os proporcionará hombres para rescatar a nuestro único testigo de la presencia de un brujo, al parecer el líder del grupo hereje. Digo rescatar porque lamentablemente no pudimos recoger al testigo para obtener la información. Se encuentra encerrado en las Celdas de las murallas Exteriores. Parece que la guardia quiere silenciarle, suponemos que hay un espía de los propios herejes infiltrado en la propia guardia.
Piensan quemarle en la hoguera mañana al ponerse el sol.
-¿Sabe las razones que ha dado el rey para ejecutarle?
-La de ser otro de las decenas de individuos que profanan el apocalipsis. Pero este es diferente, nuestros hermanos dicen que cuando vieron detenerlo distinguieron una marca extraña grabada a fuego en su piel. La gente del pueblo lamentaba la locura que había invadido la mente de un joven frutero que llevaba sus días anteriores con una profunda parsimonia y tranquilidad.
-Entiendo. Sí, es extraño.-dijo Alexandros casi automáticamente mientras procesaba la información-Entonces mi cometido es contactar con ese tal Brandilo y unirme con sus hombres para liberar a sonsacarle toda información referente a ese culto. ¿Me equivoco?
-No, lo habéis comprendido a la perfección- Bernard esbozo un atisbo de sonrisa mordaz.-El os dará los detalles. Id armado, correrá sangre.
-¿Cómo?, dijiste que sería un cometido fácil.
-Lo será. De hecho, vos sólo tendréis que matar a una persona en caso de que la información deba sellarse en los oídos de la Temple.
-Decís…-a Alexandros no le agradaba su intuición.
-Que si realmente el testigo os cuenta cosas de importancia, debéis acabar con él.
Alexandros estaba a punto de replicar. Aquellos no eran los métodos de los fieles. Debía de haber otro modo…
Parece que el prior leyó sus pensamientos.
-Ahora no estáis en París, sir Alexandros. Esto es la Cruzada. Recordad que lo hacemos “en nombre de Dios”.
Alexandros levantó la mirada.
-Sí, claro. Por el Gran Maestre y la Orden y por el Cordero Ungido.
-Id con el Santísimo.
Alexandros salió del cuartel con las palabras grabadas a fuego en mente: “En nombre de Dios”...
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Re: La Ciudad de Dios

Mensaje  Arnath el Dom Dic 14, 2008 1:06 pm

Avancé por las calles de Jerusalén bajo la luz del Sol. Mis túnicas cubrían por completo cualquier zona de carne de su insoportable calor. No había venido a la ciudad únicamente para perder el tiempo en los problemas del Emperador y Marent, mucho menos en los de este último, pero si mi señor Marent me había enviado hasta aquí era para que encontrara las respuestas que tanto afligían mi mente. Marent era el líder de los míos. Nunca hacía nada que no tuviera totalmente premeditado anteriormente.
Necesitaba encontrar algo que llenase mi vacía existencia. Había oído hace muchos años hablar sobre la fundación de los templarios. Varios de ellos confesaron mediante tortura antes de morir que guardaban un secreto de tambalear las estructuras sociales, pero, más importante para mí, era que estaban relacionadas con la muerte de Cristo. Había muchas historias sobre cómo nació el primero de los míos. Varias de ellas, o las más lógicas para mí, se relacionaban con la muerte del Jesús cristiano.
Necesitaba encontrar a alguien capaz de reunir información sobre zonas claves de los templarios. Había sido una verdadera suerte encontrar a Ázanoch. Volví a retomar las calles que había recorrido anteriormente con él, para lo que tuve que usar mi don al límite ya que el hombre había sido astuto y me había dado muchas vueltas para que no volviera a encontrar su morada, hasta volver a su “refugio”. Volví a entrar en el lugar de forma sigilosa y su olor particular volvió a entrar en mi nariz. Lo memoricé mientras lo seguía a lo largo de la ciudad.
Al final, lo encontré en una plaza bastante concurrida mientras parecía mirar en todas direcciones, como buscando a alguien en particular. Atravesé la masa de gente abriéndome paso a codazos.
- Hola- le susurré.
Su aspecto era como lo recordaba aunque poseía unas ojeras aún más marcadas que la última vez que nos vimos.
- ¿Qué haces aquí?- inquirió bastante enfadado.
Pensé en el modo de planteárselo de forma suave, pero no se me ocurrió ninguna.
- Necesito información. No me importa lo que tenga que hacer para conseguirla. Llévame ante alguien superior a ti que pueda proporcionármela.
- ¿Qué buscas chico?
No creí que fuese el momento adecuado para ser sinceros. Aún no sabía ni quiénes eran ellos ni lo que buscaban.
- Busco algo que los templarios poseen- le dije.
Pude ver de forma automática como una sonrisa se tornaba en su rostro.
- Sígueme- me indicó.
Agarré el mango de mi sable derecho con fuerza, cosa que siempre me relajaba de mi tensión, mientras nos internábamos en el laberinto que era Jerusalén.

_________________
La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Arnath
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Re: La Ciudad de Dios

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