La Guerra de las Rosas: Recuerdos

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La Guerra de las Rosas: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Miér Feb 23, 2011 7:00 pm

Cada mínimo detalle había sido calculado con esmero durante la última semana. Los invitados de la boda se encontraban organizados en la iglesia de manera acorde a su nobleza, del más al menos importante en títulos, con mi familia y la de mi futuro esposo en primeras líneas. Derechos de asistir a la boda de un hijo. En el mismo instante que me adentré en esa instancia, me dí cuenta que la familia de Richard ocupaba más de diez filas de diez asientos. La mía entraba de sobra en una sola de ellas. Ese Ralph Neville realmente había sido un maldito conejo.

Un zigzagueante rayo iluminó el lugar y proyectó sombras nudosas sobre los presentes. El trueno resonó un segundo después y las vibraciones recorrieron los duros muros de esa iglesia de Egremont. La lluvia azotaba el cristal sobre el que las gotas se estrellaban para correr luego, como lágrimas. El lugar más perfecto para casarse, estas tierras del norte.

Detrás del asiento de cada invitado se encontraba un escudo de su Casa. En algunos me fijé que incluso se veía su heráldica personal, un detalle bastante único y difícil de conseguir. Todo estaba presentado de manera que ninguno de nuestros ilustres invitados se sintiera ofendido. Así, las rosas blancas de York estaban colocadas en la zona derecha, donde se sentaban las familias yorkistas, mientras que las rojas de Lancaster se habían colocado en la izquierda, encabezadas por mi hermano Henry, Cecily y los suyos.

Y así llegó mi momento, todos los rostros se volvieron con indiscreción y me miraron fijamente. En algunos de ellos observé profunda envidia, y me alegré por dentro de ello. Ese era mi día y estaba grandiosa.

Lentamente, me fui acercando hacia el altar. Paso a paso observé a ese hombre que me esperaba frente al sacerdote. Era embrujadoramente apuesto y su capa tenía oscurecida la parte de los hombros, donde se había empapado por la lluvia. Mi rostro se iluminó en un sencillo elogio y de sus labios manó una sonrisa ladeada. Me acerqué un poco más, hasta alcanzar a verle bien sus ojos. ¡Y que ojos tenía! Eran de una intensidad animal, me sentí devorada por ellos. Richard Neville tenía poder y no era reacio a explotarlo. Una sensación sutil que me atraía hacia él, como una fuerza.

Cuando alcancé mi lugar a su lado nos arrodillamos ante la presencia de Dios Todopoderoso y la ceremonia empezó. No había dicho el sacerdote más de cinco palabras cuando comenzó a suceder el desastre. Una piedra del tamaño de una manzana atravesó la ventana más cercana, directa contra la cabeza del hombre de Dios. Otro rayo hendió en el horizonte. La tormenta empeoraba por momentos. Oí el trueno retumbar en torno a las cumbres cercanas, al mismo tiempo que los invitados comenzaban a reaccionar de malas maneras. Potentes sonidos se sumaban unos a otros hasta convertirse en un estruendo. Supe de manera instintiva lo que eran, los había oído cientos de veces a lo largo de mi vida. Cuernos de guerra.

Traedme mi espada- dijo el novio.

Se marchó pidiendo en pleno grito su arma. John Neville salió detrás de él por la gran puerta de madera. Y no sólo ellos, decenas de caballeros los siguieron a la batalla. De las palabras del que iba a ser mi suegro comprendí el problema. Percy.

Derramé una sola lágrima y mi hermano estaba en el instante siguiente junto a mí. Creo que fue la persona más enfurecida de toda la sala, incluso contándome a mí. Me dejé gobernar en los siguientes instantes. Sólo contemplé los rayos que caían en los alrededores y prestaba atención a los cuernos de guerra. El pánico cundió y la mayor parte de los invitados huyó bajo la lluvia.

¿Quieres que cancele la boda?- me preguntó Henry.

Pero no era lo que deseaba. Yo quería esta boda, sellar el trato que mi familia había acordado con los Neville. Dignos a nuestra palabra, que era lo más importante.

Voy a casarme, Henry- le grité, creo que para convencerme a mí misma-. Quiero que despiertes a ese sacerdote.

Y cuando habían pasado las horas, y ya no tenía ninguna mínima esperanza de que la boda se celebrase, mi novio volvió a entrar por esa puerta. Aún vestía su armadura plateada y llevaba la espada al cinto. La sangre manchaba por entero su cuerpo como si del cielo hubiera estado lloviendo. No quedaban más de veinte invitados, pero observé que le dio lo mismo.

Me reuní con Richard ante aquella ventana rota por las piedras arrojadas por los hombres de Percy. Entrelacé los dedos de una mano con los de él, pegajosos con la sangre de los hombres que había matado. De no haber sido por la sangre, podría haberse confundido con un gesto íntimo. Por el contrario, dejé ver aquello que habitaba en mi corazón: al tomarle de la mano, reclamaba como mío a aquel hombre y la vida que me ofrecía, tanto como él me reclamaba a mí y el poder del que era heredera.

Un rayo cayó a lo lejos. El ojo de la tormenta había pasado ya por encima de nuestras cabezas, y ahora se alejaba. En el resplandor dejado por el rayo vi que seguía camino al sur.


Recuerdos de Anne Beauchamp, condesa de Warwick.

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Re: La Guerra de las Rosas: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Jue Ene 19, 2012 2:47 pm

Cada miembro de las familias leales al rey Lancaster había sido invitado al acontecimiento, desde los norteños Percy, cuya ausencia se había sabido con antelación, hasta la propia reina Margarita y los Beaufort.

Me encontraba colmado de felicidad y rodeado por los míos. Habían pasado los días en los que no poseíamos nada, esas noches en las que teníamos temor por lo que podría suceder al día siguiente, desconocedores de nuestro destino y llamados bastardos. Ahora, cuando el sol se alzaba me situaba sobre el trono de Londres y dirigía el destino de Inglaterra, tal como el Gran Consejo había decidido meses atrás.

John se ocupaba de recibir a cada uno de los señores y señalarles el lugar que se les había asignado en la celebración. Aquella acción daba a entender el lugar que los De la Pole ocupaban en la Corte de Londres, la mano derecha de los Tudor. Para mí era mucho más que eso, aquel hombre era mi amigo y hermano, aunque ni una sola gota de sangre común corriera por nuestras venas.

Mi padre y Jasper se mantenían junto a mí, testigos del milagro que Margarita sostenía entre sus brazos, nuestro hijo, y que nos había reunido a todos allí para su bautizo. Aún no podía creerme que esa pequeña y dulce criatura fuera mi hijo, pero podía ver mis ojos en los suyos. Era padre.

Aquel niño no sólo representaba el amor que sentía por mi esposa, era otra firme esperanza de la supervivencia de la sangre Lancaster, una criatura que se convertiría en un hombre fuerte y sano, no tenía ninguna duda de ello.

Y mi corazón sintió la alegría de tener a mi familia de nuevo reunida. Había ordenado que mi padre fuera liberado de prisión, tras años de cárcel indiscriminada por el hecho de haber amado a su esposa. Un leve pesar aún anidaba por el asesinato de Owen, mi pobre hermano que había sido encontrado muerto durante el Gran Consejo. Sentía que había fallado la promesa que le había hecho a mi madre muchos años atrás. “Protege a tus hermanos. Reclamad vuestros derechos, hijo mío”, me había dicho. Lo había hecho lo mejor que había podido, al menos habíamos recibido el lugar que nos correspondía.

Westminster había sido preparada con esmero para el momento en que el pequeño recibiera el sagrado sacramento. El arzobispo Thomas Bourchier se había encargado de que todo estuviera preparado para el día, aunque no podía sentirme extraño al no ver una sola rosa blanca en la iglesia.

Frente a nosotros fueron tomando asientos las Grandes Casas del reino. Lugares especiales habían sido reservados para la familia de Margarita, los Beaufort, con los que la Reina no había dudado en tomar asiento. Justo detrás de ellos, me había encargado que se situara la Casa Mowbray, pues los consejos del Duque de Norfolk se habían convertido en imprescindibles para el gobierno de Inglaterra. No existía en Inglaterra un señor que fuera más noble y justo que aquel hombre, de eso estaba seguro.

Los Butler, aquellos que mantenían a flote la irlanda lancasteriana, enfrentados frente a los vasallos que York tenía en la isla, fieles hombres que habían servido hacía décadas a los desaparecidos Mortimer, se sentaron justo detrás de los Mowbray. Junto a ellos se hallaban Jacquetta de Luxemburgo y algunos de sus hijos Woodville, más los pocos Stafford que habían acudido. Yo sabía que Buckingham y Exeter se hallaban en el norte, luchando contra los ejércitos yorkistas en nombre del Rey.

Pero por mucho que habíamos intentado llenar el lugar ni mucho menos lo habíamos logrado. Las grandes ausencias se hacían notables y presentes, primero por la desaparición de las rosas blancas que siempre se colocaban en las celebraciones, menos que rojas, pero las suficientes para calmar el orgullo de los York. En aquella ocasión no había ninguna dentro de los muros de Westminster.

Ningún miembro de la Casa de York había sido invitado al bautizo, de la misma forma que sus aliados Neville. ¿Y qué otra cosa podría haber hecho cuando Ricardo Plantagenet se había hecho coronar rey de Inglaterra? Miedo era lo que había sentido cuando mi hermano Enrique había asistido a la boda de Ana de York, sólo y sin protección en medio de todos los señores yorkistas, pero gracias a Dios había regresado a Londres sano y salvo. Por supuesto, no se nos escapó el detalle de que había “perdido” su corona en Warwick.

Entonces decidí que esos momentos en los que el Rey podía pasearse libremente habían terminado. Ni siquiera era capaz de mantener su propia seguridad, esa locura que llenaba su mente le convertía en poco más que un inválido. Y cómo me dolían los pocos momentos de lucidez que mi hermano tenía, lo destructor que era contemplarlo un segundo dándome claras instrucciones sobre el reino o preguntándome por su hijo, el príncipe Eduardo, para pasar segundos después a que no supiera decir quien era yo, su esposa o él mismo. Ni siquiera reconocía el nombre de Inglaterra, la patria a la que amaba incondicionalmente, más que a cualquier otra cosa.

La decisión de que el Rey tuviera que mantenerse encerrado y protegido en la Torre fue dura de tomar, pero incluso Norfolk dijo que pocas otras eras mis alternativas para mantenerle a salvo.

York y sus aliados se habían convertido en traidores al Rey, y por tanto a Inglaterra. Pero no, no podía culpar a los vasallos de seguir a su señor a la guerra, cuando yo hacía lo mismo que ellos con mi hermano Enrique.

Los minutos pasaron, los señores estaban todos en sus puestos.

¿Dónde estaba Woodville?, era la pregunta que no podía parar de repetirme. Tenía que haber llegado hacía casi una hora con el Rey, todos los invitados lo sabían y se encontraban espectantes. No dudé ni por un instante que los ojos inquisidores de Margarita de Anjou estaban posados sobre mí, pero intenté guardar la calma. Sabía que Enrique estaba a salvo en la Torre, protegido por las hábiles manos de Richard Woodville, ahora convertido en el Defensor del Rey y duque de Bedford.

En ese momento apareció Woodville. Su aspecto era desastroso, llegaba sudoroso por la carrera a caballo, su cara estaba pálida y su expresión era muerta.

- El Rey... un asesino- Woodville casi no podía reaccionar, sus rodillas se doblaron y cayó al suelo.

No, no podía ser. No podía estar muerto. Eso no, no, no...

Le alcé del suele y ordené que contara todo. En esos segundos en los que escuchaba sus explicaciones sentí unos deseos irrefrenables de gritar, de desenvainar la espada para castigar a aquel hombre que había fallado en su real cometido, de caer de rodillas contra el suelo y solamente llorar de pena ante el pensamiento de que él estaba muerto. Pero no moví un sólo músculo, ni siquiera mis labios se abrieron. Permanecí inmóvil como una estatua y mi rostro no desveló emoción alguna.

- Fue un milagro. Todos pensábamos que estaba muerto, que el asesino le clavaría el puñal en la espalda. Pero, sin ninguna razón aparente, el Rey se movió velozmente a un lado. Está a salvo. Prendimos al hombre justo después.

El alivio que sentimos todos los asistentes en ese momento terminó rápido.

- Exijo que mi marido me sea entregado ahora mismo- ordenó Margarita de Anjou.

El sonido del acero desenvainándose fue lo siguiente que se escuchó. Me encontré rodeado y protegido por los míos y los Stafford, de la misma forma que la Reina se hallaba entre sus fieles Beaufort y los Butler. Las espadas se alzaron entre lancasterianos por primera vez, mientras Thomas Bourchier exigía que no se empuñaran armas en la morada de Dios. Nadie le escuchó.

- ¿Quién es el maldito regente de este reino?- grité-. Es mi deber mantener al Rey a salvo y decidir en qué manos debe estar. Guardad el acero, ¡todos!

- Señores- sonó la voz de John de Mowbray, que se hallaba en el medio de todos sin siquiera haber desenvainado su arma-, obedeced al Lord Protector.

Gracias a Dios, bajaron las espadas.

- Edmond- reconocí la voz de mi mujer en medio de todas las que se alzaban en el lugar sagrado. El hecho de sólo oírla mencionar mi nombre me tranquilizó-, marcha junto al Rey. Yo me encargaré de todo.

Me retiré en búsqueda del Rey, seguido por Richard Woodville y los hombres que este había traído con él. Justo antes de salir de la Abadía, mi vista se volvió atrás para echar una última mirada. Esta vez no iba dirigida a ninguno de los señores allí reunidos, simplemente a un bebé recién nacido, Enrique. Cada día de mi vida lamentaría no haber visto el instante en que el arzobispo le entregaba su nombre.

Los días se sucedieron con las disputas y acusaciones entre los miembros de las familias lancasterianas. Nunca volveríamos al estado en el que habíamos vivido antes de aquel aciago acontecimiento.


Recuerdos de Edmond Tudor, Lord Protector de Inglaterra.

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Re: La Guerra de las Rosas: Recuerdos

Mensaje  Arnath el Lun Feb 13, 2012 4:36 pm

No podía creerlo cuando me hicieron llamar hasta la sala del trono y me dieron las noticias, no hasta que mis propios ojos vieron entrar a mi hermano Richard escoltado por los caballeros con la heráldica de los Beauchamp.

Verdaderamente lo había hecho, había abandonado el Muro, la gran fortaleza de la Marca Oeste que se alzaba en defensa de Escocia. Había dejado entrar a los salvajes en Inglaterra, vendido sus tierras... ¿Por qué? ¿Cobardía, locura? No podía comprenderlo. En mi corazón únicamente sentía la traición.

Observé a mi sobrino Warwick retorciéndose en el trono, sus dedos se cerraban fuertemente en torno al mango de la espada que se descansaba sobre su regazo. También me percaté de la manera en que la hábil mano de Anne Beauchamp tomaba la izquierda de él, antes de que empuñara verdaderamente el arma. En su otro brazo sostenía a su pequeña Isabella, que poco antes había estado a los pies de su padre, e imaginé que le susurraba tranquilizadoras palabras entre sus rizados cabellos dorados.

Me sitúe al lado de él, en la silla menor que estaba a su lado, donde normalmente tomaba asiento cuando mi esposo Ricardo se sentaba en el lugar donde ahora estaba Richard Neville. Ese era mi lugar como reina.

- Has roto tu juramento- comenzó Warwick-. Sobre ti Salisbury recaen los cargos de abandonar tus tierras y sus gentes ante los invasores escoceses, condenar a familias enteras a la muerte por arrebatarles tu protección y traerte a la totalidad de los ejércitos al sur. Has vendido tus tierras e Inglaterra a los salvajes...

- Pero el Rey me ordenó...

- El Rey me dijo que intentarías mentirme de esta forma, padre- le cortó su hijo. El tono de su voz se había congelado como el hielo.

Yo entendía cada detalle de la situación y me sentía atrapada. Ante mis ojos apareció mi antiguo hogar en Castillo Raby, ahora quemado y desolado por los salvajes. Las mujeres gritando y forzadas, sus niños muertos, los hombres desarmados destripados en el fango defendiendo a sus familias a costa de sus vidas. Pero todos ellos tenían caras conocidas para mí, rostros a los que había amado.

Y mi propio hermano Salisbury, como patriarca de los Neville, había pisoteado nuestro honor, vendido nuestra inamovible palabra que llevaba manteniéndose durante generaciones.

Pero el más desolado de todos era mi sobrino, me dí cuenta de lo atrapado que estaba. Si no empuñaba la ley en contra de su padre, aquellos miles de caballeros que habían bajado con Salisbury desde el norte se volverían en su contra, un mismísimo ejército a los puertas de Warwick formado por hombres con los que se había criado, buenos soldados a los que todos nuestros corazones apreciaban, hombres yorkistas. Y era comprensible, sus familias seguían en las tierras norteñas, desprotegidas.

- Tú perdiste el hogar de nuestros antepasados- prosiguió Warwick-, así que tendrás que marchar ante ellos a implorar clemencia... al infierno.

Los caballeros Beauchamp le prendieron y arrastraron, como criminal en el que se había convertido, causante de la muerte de cientos, de miles incluso. Le llevaron a lo largo del castillo hasta llegar al patio. Sus gritos de súplica llenaron mi alma, incluso me arrastré sin quererlo hasta los pies de mi sobrino para pedirle piedad por él, pues aún con todo lo que había pasado seguía siendo mi hermano.

Pero él me levantó y sostuvo entre sus brazos, me recordó todos aquellos hombres que estaban muriendo en el norte por su culpa.

- Por eso yo mismo debo empuñar esta espada- me susurró, y esta vez sentí su voz cargada de dolor en vez del frío que antes había mostrado-. Nadie podrá decir que dudé sobre si mi padre debía morir si yo mismo empuñé el acero que lo mató. Sólo esto podrá acallar las voces de todos los inocentes que han perecido.

No quise asomarme al patio mientras la condena se llevaba a cabo. Me quedé abrazada a Anne Beauchamp hasta que todo pasó.

Minutos después, cuando ya estaba hecho, Richard Neville desapareció en el interior de su hogar, no sin ordenar que recogieran los restos de su padre y les dieran digna sepultura. Sentí que su alma sangraba de dolor de la misma forma que la sangre de mi hermano se deslizaba por la espada que blandía.

Esa noche no obtuve descanso. Soñé con los ojos muertos de mi padre abriéndose en su tumba, cuencas vacías hacía años, y su cadáver comido por los gusanos se retorció bajo la piedra de su sepultura al sentir las pisadas de los escoceses sobre sus tierras. Su boca se abrió en un intento de exclamar un desgarrador grito que nunca llegó a escucharse y sus manos lucharon por salir de la tumba, para luchar en contra de los salvajes, sin éxito.

Al amanecer, todos nos levantamos al escuchar el sonido de los cuernos de guerra. Durante unos segundos temí de un posible ataque o revuelta, pero no fue así.

- Organizad a los ejércitos- ordenó Richard Neville en el patio de armas-, marchamos a Durham.

Nadie dudó de su palabra, él era ahora el patriarca de los Neville, la mano derecha del rey Ricardo. En sus manos se encontraban los ejércitos de Durham, Middleham, Raby, Salisbury, Warwick y Westmorland, el poder unido de los Beauchamp y Neville. Los gritos de los hombres estallaron a su alrededor y le rodearon, reconociéndole como su campeón y señor.

Muy posiblemente, en las manos de mi sobrino descansaba el mayor ejército de Inglaterra. Y me enorgullecí de llamarme a mí misma Neville y ver marchar a aquellos hombres, los norteños, los soldados mejor preparados del reino de vuelta a casa.

Cuando la hueste cruzó los campos contemplé los estandartes con los emblemas blancos, la cruz de los Neville y la rosa de los York. Recé a Dios Todopoderoso para que nos los devolviera a todos sanos y salvos.

Recuerdos de Cecilia Neville, reina de Inglaterra.

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