La Ciudad de Barelia

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La Ciudad de Barelia

Mensaje  Arnath el Miér Mar 02, 2011 5:53 pm

Nunca existe un solo segundo de silencio en la sala del trono. Las oraciones se repiten una y otra vez, ya sean realizadas por bocas de hombres, draconianos o vampiros, y acompañan en todo momento a su Señor, el Dios Renacido. El lugar se ha convertido casi en un santuario.

La estatua que ahora es Mannfred Dracul-Astaroth se alza sobre el trono con forma de dragón. Su hermosa piel de color dorado resplandece y hace palidecer a la silla donde se sienta. Todo en él es oro y fuego, pues sus ojos siempre están inyectados en unas llamas que nunca se apagan. Sobre sus rodillas, su espada ha sido colocada como él mismo siempre lo hacía.

A su lado, se encuentra el trono de su nueva reina, Pandora, esculpido como estatua de una leona con alas blancas. Pequeños dragones han sido esculpidos bajo sus piernas, amamantándose del animal.

Justo detrás, se puede observar el estandarte de Oltenia. Es una grotesca obra, con el escudo del reino formado por el Dragón y el León, tejido con manos hábiles a partir de pieles de vampiros. Siempre está listo para portarlo en batalla.

Un olor a quemado recorre el lugar, de la misma manera que en la ciudad. El olor de la destrucción sucedida hace apenas unas pocas semanas, en la cual las gentes de Oltenia habían arrojado al fuego casas, posesiones e incluso a sí mismos. Unos pequeños fuegos se encuentran colgantes de las paredes, iluminando un poco el lugar.

La sala es circular, sus paredes de fría piedra gris, sin ningún otro adorno o detalle que los mencionados. Barelia es una ciudad preparada para la guerra, una gigantesca fortaleza con hasta su último detalle preparado para la defensa.

Bajo la mirada ardiente de Mannfred una línea de soldados siempre se mantiene firme. La Guardia del Dragón, seres draconianos nacidos del sacrificio de Vencedores Turcos en los fuegos. Aparentan forma humana, pero en sus cuerpos hay escamas, grandes dientes en sus bocas y garras en sus manos y pies. Son una grotesca unión entre humano y dragón.

En el lomo derecho de la torre se encuentra un balcón, donde el rey solía salir a mirar a su pueblo. A través de él la luz de la luna se adentra en el interior de la construcción. Desde allí, se puede ver las montañas sobre las cuales se alza la ciudad, junto a las murallas que la rodean y los miles de Vencedores Turcos que la guardan. El ejército más imponente de Wallachia.

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La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Re: La Ciudad de Barelia

Mensaje  Arnath el Jue Abr 14, 2011 9:45 pm

En la sala reina un incesante murmullo a la espera de que de comienzo la sesión del día. Los muchos habitantes del reino se encuentran arracimados, atentos, al acecho para poder ser los primeros en exponer sus peticiones ante la reina.

Con paso solemne, el chambelán se adelanta para, con dos golpes secos de su bastón, dar comienzo. De entre el gentío, un rostro destaca en demasía. El cabello desaliñado y la barba incipiente. Mirada excitada y movimientos nerviosos. Sus ropajes muestran el polvo adherido de sus muchos días de viaje.

Al no poder dejar la duda en el aire, se le da la palabra. Raro es que alguien de tan baja ralea tenga redaños para presentarse ante el regente del reino. Los asistentes comienzan a separarse para abrirle camino. El extranjero, alzando la cabeza con orgullo, como si de un noble se tratara, comienza a acercarse al trono entonando lo que parece ser una salmodia.

"Ví un Halcón Azul alzando nuevamente el vuelo.
Un Diamante que se contagia como una enfermedad.
Veo al León con alas de dragón, de sus fauces surge un fuego abrasador.
La Serpiente se retuerce atrapada entre tres coronas.
Veo un León cubierto de sangre y oscuridad.
Al Lobo muerto y el Dragón con una cabeza amputada.
Veré un Ser de ojos rojos y máscara dorada.
Y las llamas que nunca se apagan abrasarán toda la Tierra.

Su sombra alcanzará todas las tierras, Él reinará con mano oscura.
El acero será su piel y el fuego su sangre, y su odio conquistará todo lo que se alce ante Él.
Un cometa de fuego marcará el día, abrirá caminos antes cerrados.
Los rayos del Sol se posarán por primera vez sobre la Ciudad.
Un niño nacido en una noche sin estrellas, de las llamas, se enfrentará con Él.
De su lucha se decidirá el dominio de la Tierra y Cielo.
Sólo uno de ellos podrá vivir, las llamas de uno consumirán las del otro.
Y la gloria del verdadero dios se extenderá por toda la Tierra."

El silencio cayó de golpe tras la elevada entonación de los últimos versos. Nadie parecía tener respuesta para aquello que acababan de presenciar. Con tono más neutro, el Profeta volvió a tomar la palabra

- Y vos habéis de elegir el bando, señora- De sus labios brotaban las palabras sin vergüenza, como si estuviera hablando en una plaza pública y no ante un monarca. Incluso uno de sus dedos se alzó y señaló a cada uno de los nobles de aquella sala-. La Oscuridad se cierne sobre todos nosotros. Hemos de dejar de lados las antiguos rencores, los añejos odios. Olvidar quienes fuimos y decidir quienes somos.

Los señores se irritaban con cada una de sus palabras. Algunos de ellos comenzaron a acercarse al hombre con intención de hacerlo callar, pero la reina les hizo una señal para que se detuvieran.

- Esta tierra está maldita, podrida y condenada- prosiguió-. Sólo la muerte habitará en vuestros hermosos palacios. El Ser de ojos rojos regresará, portador de la muerte como lo fue antaño. Su fuego devorará cada pasto. Cada vida será sesgada por su poder, el verdadero poder de la muerte. Wallachia espera el comienzo de la guerra, de su Purga.

Parecía aterrorizado por sus palabras, como si el solo mencionar la llegada del Tiempo de Sangre y Fuego le causara terror, aunque era su sino el anunciarlo.

- Pero escuchadme, pues hay una esperanza. Una criatura dulce nacida en la noche sin estrellas, con el cometa de fuego atravesando el cielo. Ese niño es nuestra oportunidad de vivir- en los ojos del hombre había una extraña fuerza, de la misma forma que en su voz. Un peculiar poder que provocara que fuera escuchado-. Sé que mis palabras son confusas y nada creíbles para vuestras señorías. Aún así, habéis de acudir a la Ciudad Subterránea, a esas ruinas olvidadas por todos hace siglos, donde el cometa ha caído. Allí hallaréis respuestas, allí encontraréis la libertad, y la salvación que esta ofrece.

Después de decir la última de sus palabras, un enérgico viento pasó a través de la sala. El pelo y ropajes del hombre comenzaron a llevarse por él. Y sin que nadie pudiera llegar a explicarlo, el hombre desapareció, como si su propio cuerpo se desvaneciera dentro de la brisa.

El viento dejó la sala de manera tan repentina como había aparecido. En el castillo sólo quedaron gritos de discusión.

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