La Ciudad de Neravia

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La Ciudad de Neravia

Mensaje  Arnath el Mar Mar 29, 2011 5:10 pm

Es un puntiagudo castillo. Altas torres se levantan hacia el cielo, tan estrechas que parece que cualquier soplo de viento puede derribarlas. Serpientes se despliegan en torno a la estructura, como si de hojas en una rama se trataran. Miles y miles de ellas le dan un aspecto que podría ser considerado grotesco, una construcción ideada por la mente enferma de un loco, pero si se contempla con ojos precisos, pueden verse formas claras. Dragón, león y lobo, estrangulados por una gigantesca serpiente y su camada. Sólo un pequeño animal se escapa de su abrazo, un halcón de tamaño tan minúsculo al que los ojos normales no alcanzan a contemplar. Se posa en la cúspide de la torre más alta del palacio.

La sala del trono presenta un aspecto tan grotesco como el exterior. Ha sido decorada de la misma manera con cientos de pequeñas serpientes que reptan del suelo al techo, extendiéndose sobre animales a los que devoran. Decenas de cadelabros quedan sujetos entre ellas, iluminando con una extraña luz bruja de color púrpura la sala. Algunos símbolos mágicos y estandartes de los Teukairon relucen de manera antinatural, hechizados por la magia de los vampiros.

En la zona apuesta a la entrada, se encuentra un trono. Claramente representa una versión burda de otro que antes tomó su lugar durante los siglos, el del Áspid, pero que los moldavos trasladaron a Darkeon por orden de Taliesin. Este no es tan imponente, pero la gran serpiente que al auténtico daba forma aún puedo contemplarse, tallado en madera de roble.

Entre las sombras de la sala, figuras de ojos brillantes se mantienen vigilantes, vampiros y humanos poseedores del don mágico. No son otra cosa que hechiceros que sirven como guardias del Marqués, moldavos atraídos por la magia que se acumula en las ciudades de Moldavia. Como bien aprendió este pueblo de Taliesin, todas sus fortalezas son edificadas sobre puntos de poder arcano. La ciudad de Neravia no es una excepción.

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La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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Re: La Ciudad de Neravia

Mensaje  Arnath el Jue Abr 14, 2011 9:47 pm

En la sala reina un incesante murmullo a la espera de que de comienzo la sesión del día. Los muchos habitantes del reino se encuentran arracimados, atentos, al acecho para poder ser los primeros en exponer sus peticiones ante el marqués.

Con paso solemne, el chambelán se adelanta para, con dos golpes secos de su bastón, dar comienzo. De entre el gentío, un rostro destaca en demasía. El cabello desaliñado y la barba incipiente. Mirada excitada y movimientos nerviosos. Sus ropajes muestran el polvo adherido de sus muchos días de viaje.

Al no poder dejar la duda en el aire, se le da la palabra. Raro es que alguien de tan baja ralea tenga redaños para presentarse ante el regente del reino. Los asistentes comienzan a separarse para abrirle camino. El extranjero, alzando la cabeza con orgullo, como si de un noble se tratara, comienza a acercarse al trono entonando lo que parece ser una salmodia.

"Ví un Halcón Azul alzando nuevamente el vuelo.
Un Diamante que se contagia como una enfermedad.
Veo al León con alas de dragón, de sus fauces surge un fuego abrasador.
La Serpiente se retuerce atrapada entre tres coronas.
Veo un León cubierto de sangre y oscuridad.
Al Lobo muerto y el Dragón con una cabeza amputada.
Veré un Ser de ojos rojos y máscara dorada.
Y las llamas que nunca se apagan abrasarán toda la Tierra.

Su sombra alcanzará todas las tierras, Él reinará con mano oscura.
El acero será su piel y el fuego su sangre, y su odio conquistará todo lo que se alce ante Él.
Un cometa de fuego marcará el día, abrirá caminos antes cerrados.
Los rayos del Sol se posarán por primera vez sobre la Ciudad.
Un niño nacido en una noche sin estrellas, de las llamas, se enfrentará con Él.
De su lucha se decidirá el dominio de la Tierra y Cielo.
Sólo uno de ellos podrá vivir, las llamas de uno consumirán las del otro.
Y la gloria del verdadero dios se extenderá por toda la Tierra."

El silencio cayó de golpe tras la elevada entonación de los últimos versos. Nadie parecía tener respuesta para aquello que acababan de presenciar. Con tono más neutro, el Profeta volvió a tomar la palabra

- Y vos habéis de elegir el bando, señor- De sus labios brotaban las palabras sin vergüenza, como si estuviera hablando en una plaza pública y no ante un monarca. Incluso uno de sus dedos se alzó y señaló a cada uno de los nobles de aquella sala-. La Oscuridad se cierne sobre todos nosotros. Hemos de dejar de lados las antiguos rencores, los añejos odios. Olvidar quienes fuimos y decidir quienes somos.

Los señores se irritaban con cada una de sus palabras. Algunos de ellos comenzaron a acercarse al hombre con intención de hacerlo callar, pero el marqués les hizo una señal para que se detuvieran.

- Esta tierra está maldita, podrida y condenada- prosiguió-. Sólo la muerte habitará en vuestros hermosos palacios. El Ser de ojos rojos regresará, portador de la muerte como lo fue antaño. Su fuego devorará cada pasto. Cada vida será sesgada por su poder, el verdadero poder de la muerte. Wallachia espera el comienzo de la guerra, de su Purga.

Parecía aterrorizado por sus palabras, como si el solo mencionar la llegada del Tiempo de Sangre y Fuego le causara terror, aunque era su sino el anunciarlo.

- Pero escuchadme, pues hay una esperanza. Una criatura dulce nacida en la noche sin estrellas, con el cometa de fuego atravesando el cielo. Ese niño es nuestra oportunidad de vivir- en los ojos del hombre había una extraña fuerza, de la misma forma que en su voz. Un peculiar poder que provocara que fuera escuchado-. Sé que mis palabras son confusas y nada creíbles para vuestras señorías. Aún así, habéis de acudir a la Ciudad Subterránea, a esas ruinas olvidadas por todos hace siglos, donde el cometa ha caído. Allí hallaréis respuestas, allí encontraréis la libertad, y la salvación que esta ofrece.

Después de decir la última de sus palabras, un enérgico viento pasó a través de la sala. El pelo y ropajes del hombre comenzaron a llevarse por él. Y sin que nadie pudiera llegar a explicarlo, el hombre desapareció, como si su propio cuerpo se desvaneciera dentro de la brisa.

El viento dejó la sala de manera tan repentina como había aparecido. En el castillo sólo quedaron gritos de discusión.

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