Dríacas: La fortaleza del Dragón

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Dríacas: La fortaleza del Dragón

Mensaje  Aletta el Jue Mar 31, 2011 4:21 pm

Entre las escarpadas sombras que vigilan el valle del Olt, se alza imponente la fortaleza de Dríacas. Antaño un bastión que ejemplificaba la fuerza que era impuesta bajo el mando de los señores que allí habitaban. Más ahora solo quedan en ella los vestigios de tiempos mejores. Entre las negras sombras que se entretejen a su alrededor, los susurros del viento hacen mella en los corazones de aquellos que la contemplan, intentado reunir el valor para acercarse a semejante lugar.

Sus puertas de hierro negro y sus gruesas murallas aún se conservan intactas, pero al traspasar los primeros muros, el abandono y el deterioro del tiempo lo invade todo. Despoblado y sin apenas vida mortal que habite entre sus defensas, la corrosión ha hecho mella del lugar, como el óxido lo hace en una espada. Los únicos que ahora quedan son los soldados que defienden y protegen lo único que importa de la fortaleza, sus murallas.

Las pocas zonas que aún se conservan son las habitadas por los soldados y los señores del castillo. La torre del homenaje se alza entre las ruinas, negra, recubierta aún de estatuas y gárgolas. De entre sus almenas surgen picas y púas de metal. Adentrándote en sus entrañas lo único que descubres es una patina de polvo que lo recubre todo, inundando sus corredores con los recuerdos de momentos que no volverán. Y entre todos los vestigios de un pasado, hay un futuro. Una sala espaciosa, iluminada por las tenues luces de las llamas que surgen del cálido hogar.

Figuras draconianas surcan las paredes, dejando entrever sus afilados colmillos y brillantes ojos. El lugar es aterrador y a la vez majestuoso, presidido por un trono de acero que se yergue en el centro de la sala. Unas garras afianzan su imponente estructura al pétreo suelo, mientras unas fauces se alzan por encima de la cabeza de aquellos que están destinados a ocupar ese lugar de honor.

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"No entonéis canciones a la luz del día, porque el sol es enemigo de los amantes; cantad, en cambio, a las sombras y las tinieblas y a los recuerdos de la medianoche."
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Re: Dríacas: La fortaleza del Dragón

Mensaje  Arnath el Jue Abr 14, 2011 9:49 pm

En la sala reina un incesante murmullo a la espera de que de comienzo la sesión del día. Los muchos habitantes del reino se encuentran arracimados, atentos, al acecho para poder ser los primeros en exponer sus peticiones ante su señora.

Con paso solemne, el chambelán se adelanta para, con dos golpes secos de su bastón, dar comienzo. De entre el gentío, un rostro destaca en demasía. El cabello desaliñado y la barba incipiente. Mirada excitada y movimientos nerviosos. Sus ropajes muestran el polvo adherido de sus muchos días de viaje.

Al no poder dejar la duda en el aire, se le da la palabra. Raro es que alguien de tan baja ralea tenga redaños para presentarse ante el regente del reino. Los asistentes comienzan a separarse para abrirle camino. El extranjero, alzando la cabeza con orgullo, como si de un noble se tratara, comienza a acercarse al trono entonando lo que parece ser una salmodia.

"Ví un Halcón Azul alzando nuevamente el vuelo.
Un Diamante que se contagia como una enfermedad.
Veo al León con alas de dragón, de sus fauces surge un fuego abrasador.
La Serpiente se retuerce atrapada entre tres coronas.
Veo un León cubierto de sangre y oscuridad.
Al Lobo muerto y el Dragón con una cabeza amputada.
Veré un Ser de ojos rojos y máscara dorada.
Y las llamas que nunca se apagan abrasarán toda la Tierra.

Su sombra alcanzará todas las tierras, Él reinará con mano oscura.
El acero será su piel y el fuego su sangre, y su odio conquistará todo lo que se alce ante Él.
Un cometa de fuego marcará el día, abrirá caminos antes cerrados.
Los rayos del Sol se posarán por primera vez sobre la Ciudad.
Un niño nacido en una noche sin estrellas, de las llamas, se enfrentará con Él.
De su lucha se decidirá el dominio de la Tierra y Cielo.
Sólo uno de ellos podrá vivir, las llamas de uno consumirán las del otro.
Y la gloria del verdadero dios se extenderá por toda la Tierra."

El silencio cayó de golpe tras la elevada entonación de los últimos versos. Nadie parecía tener respuesta para aquello que acababan de presenciar. Con tono más neutro, el Profeta volvió a tomar la palabra

- Y vos habéis de elegir el bando, señora- De sus labios brotaban las palabras sin vergüenza, como si estuviera hablando en una plaza pública y no ante un monarca. Incluso uno de sus dedos se alzó y señaló a cada uno de los nobles de aquella sala-. La Oscuridad se cierne sobre todos nosotros. Hemos de dejar de lados las antiguos rencores, los añejos odios. Olvidar quienes fuimos y decidir quienes somos.

Los señores se irritaban con cada una de sus palabras. Algunos de ellos comenzaron a acercarse al hombre con intención de hacerlo callar, pero su señora les hizo una señal para que se detuvieran.

- Esta tierra está maldita, podrida y condenada- prosiguió-. Sólo la muerte habitará en vuestros hermosos palacios. El Ser de ojos rojos regresará, portador de la muerte como lo fue antaño. Su fuego devorará cada pasto. Cada vida será sesgada por su poder, el verdadero poder de la muerte. Wallachia espera el comienzo de la guerra, de su Purga.

Parecía aterrorizado por sus palabras, como si el solo mencionar la llegada del Tiempo de Sangre y Fuego le causara terror, aunque era su sino el anunciarlo.

- Pero escuchadme, pues hay una esperanza. Una criatura dulce nacida en la noche sin estrellas, con el cometa de fuego atravesando el cielo. Ese niño es nuestra oportunidad de vivir- en los ojos del hombre había una extraña fuerza, de la misma forma que en su voz. Un peculiar poder que provocara que fuera escuchado-. Sé que mis palabras son confusas y nada creíbles para vuestras señorías. Aún así, habéis de acudir a la Ciudad Subterránea, a esas ruinas olvidadas por todos hace siglos, donde el cometa ha caído. Allí hallaréis respuestas, allí encontraréis la libertad, y la salvación que esta ofrece.

Después de decir la última de sus palabras, un enérgico viento pasó a través de la sala. El pelo y ropajes del hombre comenzaron a llevarse por él. Y sin que nadie pudiera llegar a explicarlo, el hombre desapareció, como si su propio cuerpo se desvaneciera dentro de la brisa.

El viento dejó la sala de manera tan repentina como había aparecido. En el castillo sólo quedaron gritos de discusión.

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La piedra es fuerte, las raices de los árboles se hunden muy profundas, y bajo la tierra los Reyes del Invierno están sentados en sus tronos. Mientras ellos estuvieran allí, Invernalia perduraría. No estaba muerta, sólo rota. “Como yo -pensó-; yo tampoco estoy muerto.” (Bran Stark)
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