Retazos de saber: Fernando III de Castilla y León

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Retazos de saber: Fernando III de Castilla y León

Mensaje  Deliath el Dom Ago 21, 2011 10:55 am

Fernando III de Castilla y León


"Guarde Dios al Rey que durante treinta y cinco años hubo de llevar sobre sí las dos Coronas. Noble como ninguno, desde el mismo inicio de sus días vieron los sabios en el firmamento que aquel niño sería un gobernante bueno y lleno de virtudes. ¡Cómo habría de ser de otra forma, siendo hijo de la reina Berenguela, la mujer más inteligente que yo haya visto en mi vida! Pues habéis de saber, señores, que yo viví durante años al lado de ambos, como el más humilde de sus sirvientes, aunque no supieran ni mi nombre.


Casi acuden las lágrimas a mis ojos cuando recuerdo la primera vez que estuve frente a él. Le habéis visto en imágenes o escudos, o tal vez alguno en persona. Alto, fuerte, no precisaba adornos para ser majestuoso. De siempre le pintan con su espada Lobera, que a tantas batallas le acompañaría, no con cetro. Nada más verle parecía que la rodilla se te doblaba sola y la nuca buscaba el techo. Sin presunción ni orgullo innecesario, su fortaleza y su temple le hacían válido para afrontar cualquier situación, ya fuera política o militar. Y sin embargo, en más de una ocasión tuvo la previsión de retirarse y enviar a otros que se encontraran en mejor situación que él para que actuaran en su nombre, como hizo con su madre.

Cuentas las Crónicas que su padre, Alfonso XI de León, no fue un hombre tan cabal. Por dos veces el Papa anuló su matrimonio, pues las mujeres con las que lo contrajo eran de sangre demasiado cercana. Del primer casamiento no le sobrevivieron más que hijas, las infantas Dulce y Sancha de Portugal, a las que empeñado quedó en legarles el reino de León. Era su deseo que heredaran ellas por no darle León a Fernando, primer hijo del segundo de los matrimonios. Y como los nobles se sentían irritados por esta decisión tan contraria a la razón y a la costumbre, la guerra civil amenazaba con truncar los deseos de paz de las gentes sencillas. Y ahí tuvo lugar la maravillosa actuación de la reina Berenguela, quien intercedió y negoció por Fernando con la madre de las infantas, y le consiguió la Corona de León tal y como antes le había cedido, abdicando a su favor, la de Castilla.

Muchas otras fueran las ocasiones en las que Berenguela ayudó a su hijo, alguna de ellas igual de memorable. Pero no hablaré más de mi Señora, que en describirla a ella podría gastar lo que queda del día y parte de la noche, y no era el asunto hablar de ella sino de su Majestad Fernando. Son sus acciones mayores elogios que cualquier palabra que yo le pueda dedicar: bajo su mandato en buena hora se tomó Cazorla cuando aún no hacía un año que era Rey, y después, Córdoba, Lucena. Los muy cobardes de Murcia quisieron pagar su seguridad con oro, pero al final contemplaron con ojos llorosos cómo el aún infante Alfonso, en nombre de su padre, ocupaba las tierras murcianas sin que nadie se le osara oponer. Bueno, tal vez Cartagena y Lorca sí que lo intentaron, pero las ganas se les quitaron cuando recibieron el ataque de los cristianos.


Pero ay, no me olvido, tranquilos, que os noto ya impacientes. Que lo que más fama dio a Fernando fue cuando usó las aguas del Guadalquivir para subir y conquistar con su brazo implacable. Mucho más arriba al norte se encontró Fernando un marino que le decían que era el hombre más hábil en la mar que los tiempos habían visto. Su nombre, Ramón de Bonifaz, hoy Almirante de Castilla. A él le encargó el Rey prepararlo todo y fue gracias a él que llegaron las naves por el mar y luego, por la arteria que era el Guadalquivir, hasta el mismo corazón de Sevilla, completando el cerco que tendían los cristianos. Y así Jaén y Sevilla fueron conquistadas, para gloria de Dios, y después otras muchas ciudades y pueblos.

Aún resonaban las trompetas de triunfo por las calles cuando cuatro años después le llegó la muerte a tan soberbio soberano, que hasta el final mantuvo su actitud ejemplar, y murió sobre una montaña de cenizas, con una soga al cuello, pidiendo perdón y orando a Dios. Pidió una sepultura sencilla en la Catedral de Sevilla, y en ella se hizo una inscripción en castellano y latín, y también en hebreo y árabe, para que todo el que pasase pudiera comprenderla.


Fernando III nos dejó sus triunfos y el recuerdo de sus virtudes, y a su hijo, el Rey Alfonso X de Castilla y de León, que hubo de aprender de su padre, y que de él recibió el gusto por las leyes y otros muchos oficios con los que los reyes velan por su pueblo. Yo he tenido la fortuna de haber entrado a su servicio, y en los dos años que lleva de rey puedo deciros que le asoma la sabiduría, como de infante le asomaba el heroísmo. Aún nos quedan muchos años de verle, si Dios quiere. Ya el tiempo lo dirá."
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Deliath
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