Retazos de saber: Rodrigo Jiménez de Rada

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Retazos de saber: Rodrigo Jiménez de Rada

Mensaje  Deliath el Lun Ago 29, 2011 2:18 pm

Rodrigo Jiménez de Rada


“Me enorgullezco de haberle tenido como mentor, nadie pudo haber sido mayor inspiración. Cuando le tuve a mi lado me vi contagiado de su vitalidad y energía, aunque su carácter autoritario y sus continuas exigencias me hacían a veces rehuir su compañía. A ambos nos dio la vida el mismo destino amargo: el de ser miembros de una familia importante, pero no primogénitos. A los segundos se los guarda con celo, no fuera a ocurrirle una catástrofe al mayor. Los demás, sin embargo, dan para mucho menos. A mí, ya que fui el sexto varón, decidieron dedicarme a la Iglesia antes de que siquiera pudiera alcanzarme la vocación, y sospecho que lo mismo le ocurrió a él. Y, no obstante, era la mejor vida que podría esperarme, pues dado mi parentesco con la realeza, mi cuidada educación y las influencias de mi familia, tendría que haber sido muy imbécil o muy rebelde para no llegar a obispo.

Al igual que yo, mi maestro fue llevado a educar a París, con los mejores profesores que sus padres pudieron encontrar. Estudió filosofía, derecho y teología, y jamás oí a nadie hablar un idioma que él no dominase. Cuando por fin volvió de allí, joven y prometedor, consiguió usar la diplomacia y las influencias de su familia para hacer de mediador entre Navarra y Castilla, consiguiendo la confianza de Alfonso VIII de Castilla. Fue la suerte la que quiso que, a punto de hacerle obispo de Osma, falleciera el arzobispo de Toledo, cargo que se le consideró digno de ocupar.


Siempre que miro mi ejemplar de Historia Gótica, el libro que me regaló, escrito por él mismo, pienso que él hizo más que transmitir los heroicos acontecimientos que, gracias a Dios, vimos pasar en esa época. Cuando los castellanos y leoneses veían su moral destruida por el recuerdo de derrotas, la Iglesia infundió el valor en sus corazones. El mismo Santo Padre de Roma nos haría comprender que nuestra lucha no se trataba sólo de un intento vano por recuperar la tierra que los invasores musulmanes nos habían arrebatado. Se trataba de una lucha santa, de una auténtica cruzada en la que, con Dios a nuestro lado y la fuerza de la fe, venceríamos. Cuando el rey Alfonso tuvo constancia de que los almohades planeaban una ofensiva, Don Rodrigo puso a disposición de los cristianos su elocuencia y diplomacia, y consiguió que se unieran aquellos que parecía que nunca se pondrían de acuerdo: Castilla, Navarra, Aragón y Portugal; las Órdenes Militares e, incluso, algunos ultramontanos, que es como llamábamos a las huestes de más allá de los Pirineos.

Y el ejército que así se reunió, mayor que el que pudiera conseguirse con un propósito menos santo, viajó hasta Jaén para encontrarse con los almohades y atacó antes de que ellos lo hicieran. Se echaba de menos a los leoneses, y muchos de los ultramontanos abandonaron, incapaces de soportar el calor y las inclemencias. Pero a pesar de ello, el resto siguió adelante y se enfrentó a los musulmanes, quienes habían también acordado alianzas y eran aún más numerosos.

Cuentan que la lucha fue feroz. Parecía resultar la batalla favorable al sultán Al Nasir, quien lo observaba todo desde su campamento, rodeado de los feroces esclavos llamados imesebelen que formaban un muro a su alrededor. Estos hombres, también conocidos como la Guardia Negra, mostraban su determinación de luchar o morir estando encadenados entre sí y al suelo.


Cuando parecía que la ventaja de los otros nos destrozaría sin remedio, fue la valentía de los reyes de Aragón, Castilla y Navarra, que cargaron espontáneamente con fuerza y valentía desde las últimas filas, lo que les devolvió la moral y, al final, nos hizo ganar. Los que pudieron huyeron para salvar sus vidas, incluido el sultán. La Guardia Negra se convirtió en un montón de cadáveres encadenados.

La campaña aún se alargó dos años, en los que mi maestro dirigía las operaciones militares cuando el rey se hallaba ausente. En Calatrava conoció las penurias, la peste y el hambre; no obstante, cumplió con su obligación tal y como se esperaba de él.

El éxito de la batalla alegró el corazón de los cristianos, y a partir de ahí, el buen hacer de mi maestro Rodrigo se conoció en las cortes y en Roma. Al subir al trono Fernando III le fue otorgado el título de canciller, y se le confió el Adelantamiento de Cazorla, que gobernó él mismo. El Papa le llamó a varios Concilios y, como caudillo de cruzadas, le mandó combatir también la herejía de los albigenses que por entonces azotaba Europa.

Como arzobispo benefició a Toledo dándole dos regalos. El primero fue el reconocimiento de la Primacía de su archidiócesis por parte de Roma, derecho ya olvidado pero sustentado en las raíces de la Iglesia desde la época de los visigodos. El segundo, una catedral para los toledanos que se alzase allá donde había estado la Mezquita Mayor. Hoy soy yo el encargado de velar porque ese proyecto se termine, aunque parece que va bien encaminado. Con valentía he de afrontar el reto que es igualar a un hombre al que he seguido conociendo tras su muerte, a través de su obra, en los libros y en los testimonios de otros.”

Pensamientos privados del Arzobispo de Toledo Sancho.
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Deliath
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